Covidiario
23 de julio, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

Inicia el día alrededor de las 6 de la mañana, al grito de nuestra hija J, de dos años: “¡Mamá, los píos!”. Los pájaros del entorno, en efecto, ya cantan en el albor. Cuesta arriba, Paola y yo acabamos de despertar. J se pasó a nuestra cama en algún punto de la madrugada, como suele suceder desde el inicio del confinamiento. Ya bien despierta, J baja de la cama y busca a Hamilton, un malhumorado y obstinado bulldog inglés. Le pica la panza, le jala una oreja, le estira un cachete… y de repente nos anuncia con sorpresa: “¡Guagua ya despertó!”. Resignado, Hamilton se sacude e inicia también el día.

Hemos hecho un esfuerzo por mantener la rutina previa a la pandemia; de tal manera que en una caótica logística nos acicalamos lo más pronto posible. No sin antes sortear la primera serie de negociaciones del día con J: “Fuera pijama; ahora muda de ropa limpia; es importante ponerte bloqueador; hay que peinar tus rulos”.

Mientras desayunamos, tratamos de leer el periódico y escuchar las noticias por radio al ritmo de las carcajadas de Gabriela Warkentin. De repente, J me invita a uno de sus juegos favoritos: perseguirme por el departamento. Sin titubear, iniciamos la lúdica actividad, cuyo principal aliciente son las carcajadas de J; en particular, cuando grito: “Auxilio, ayuda, la chiquitina me persigue”.

A las 8:30 de la mañana llega Irene, una de las profesoras de la guardería de J, que ahora ofrece este servicio a domicilio. Consideramos que se trata de un riesgo calculado. Salvo Hamilton, la recibimos todos con tapabocas y careta; antes de ingresar al departamento, esteriliza las suelas de sus zapatos; luego, pasa al baño para cambiarse de ropa, lavarse las manos, ponerse guantes, tapabocas y careta. Inicia la rutina con J al aire libre, en la terraza que tiene nuestro departamento y que ha sido un bálsamo en este confinamiento para jugar con ella, leer, trabajar, dormir siestas, comer y un largo etcétera.

Si bien estamos de vacaciones, Pao y yo aprovechamos para avanzar en nuestros respectivos pendientes laborales. Ella se queda en el comedor; yo me voy al estudio. Antes de la pandemia yo era el favorito de Hamilton; ahora, sin embargo, no se despega de Pao. No tengo pruebas, pero estoy convencido de que este cambio se debe a que alguien está aprovechando el punto débil de nuestro perrito: las salchichas.

Es difícil caminar por el estudio: hay diez torres de libros y textos académicos, cada una reúne la bibliografía de los capítulos que integrarán el libro que estoy escribiendo; una reflexión sobre la libertad de expresión en tiempos de algoritmos, plataformas e Internet. Mi ritmo de trabajo es lento pero constante; estoy satisfecho, en estos días, concluyo el borrador del tercer capítulo.

La maestra Irene se va poco antes de la hora de comer, aprovechamos que J continúa en su siesta y comemos con calma. Nuestro vecino Horacio Franco ensaya el instrumento que lo hizo famoso, la flauta de pico. Abrimos más la ventana del balcón para escuchar mejor. Luego de comer, uniformados con la protección covid-19, salimos los cuatro a caminar. Trazamos una ruta a partir de las calles más tranquilas del barrio. Esto no evita, sin embargo, encontrarnos a un grupo de extranjeros que no llevan ninguna medida de protección. Mientras nos alejamos de ellos, comentamos nuestra sorpresa de encontrar en las últimas semanas tantos extranjeros que no usan tapabocas y lo incompresible de su estupidez.

Por la tarde, intento avanzar en la lectura de Decadencia y caída del imperio romano de Edward Gibbon. Pero pronto se acerca J: “Papá, ¿qué haces?”. Le respondo y de inmediato me revira con una de sus expresiones predilectas: “¡¿En serio?!”. Antes de que acabe de reír, me pide participar en su segundo juego preferido: escondidillas. Me escondo en un pequeño hueco del clóset de Pao. Es muy incómodo, pero vale la pena: es un escondite genial. J no logra encontrarme, le pide ayuda a su mamá. Después de un rato, me encuentran. Al salir de mi escondite, gano la admiración de mi hija: “¡Ohhh, papá!”, pero también un dolor en la espalda baja que aún no cede. Sin demora, saltamos a su tercer juego favorito. Perseguir todos a Hamilton, bajo su liderazgo y su grito: “¡No huyas, guagua!”; para propinarle, una vez que lo atrapamos, un ataque de cosquillas.

Viene la noche y, con ella, otra caótica logística: baño de J, pijama, cena, leer cuentos, ordenar juguetes, dormirla en su cuarto.

Estamos encerrados desde el 12 de marzo; extrañamos ir al cine, llevar a J a parques con juegos, conversar por horas con los amigos en un buen restaurante, dar clases presenciales, recorrer librerías. El día a día con una niña de dos años no siempre es sencillo, más si lo combinas con las responsabilidades laborales y con un carismático aunque caprichudo perro. Pero también este encierro nos ha permitido atestiguar, sin perdernos prácticamente ningún detalle, algo que Pao y yo valoramos muchísimo: el surgimiento del lenguaje en nuestra hija. Es decir, observar cómo J se empieza a convertir en persona, circunstancia e historia.

 

Saúl López Noriega


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Publicado en: Covidiario

4 comentarios en “Covidiario
23 de julio, 2020

  1. Veo que está metido en una empresa mayúscula (esas torres de libros y legajos en su estudio) y que al mismo tiempo está leyendo la «Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano», de Gibbon, no sé si en el original inglés o en la traducción de don José Mor de Fuentes, peculiar por su ortografía a contrapelo de la Academia y precursora de la de Juan Ramón Jiménez. Yo vuelvo una y otra vez a esos ocho tomos, que considero una de las cumbres de la literatura universal, y leyendo ahora su Covidiario y enterándome de su empresa, busco las palabras finales de la obra de Gibbon: «Entre los mismos escombros del Capitolio me sobrevino el repentino arranque de una empresa, que por cerca de veinte años ha estado entreteniendo y afanando mi vida, la cual, muy ajena del complemento que ansiaba mi ánimo, logro por fin ponerla en manos de un público solícito y candoroso». ¡Quieran los dioses, don Saúl, que su empresa no le robe veinte años de su vida!

    1. Estimado Ricardo, muchas gracias por tu mensaje. En efecto, apenas estoy iniciando este proyecto y, confieso, que en ocasiones me abruma. Estoy leyendo la edición de Atalanta, cuya traducción estuvo a cargo de José Sánchez de León Menduiña. Y entiendo que se trata de apenas la segunda traducción al español. Ya te contaré el desenlace de esta aventura. Saludos!

  2. Encantado de saber de ti a través de este medio, Saúl. Para que me cuentes el desenlace de la aventura mejor te recomiendo mi dirección email: r.bada.hansen@gmail.com // Por lo demás, el tema de la libertad de expresión en estos tiempo de algoritmos, plataformas e Internert es muy peludo, como lo llamaría Julio Cortázar. Suerte, pues, en la empresa. Eso es todo, y por ahora te deseo un feliz fin de semana y el deseo de que se cuiden: bleibt gesund! [=¡sigan sanos!], el nuevo Auf Wiedersehen! alemán.

  3. Más. A propósito de la libertad de expresión en la nube te copio dos fragmentos de mi diario en esta semana:
    «Le regalé ayer a Andrés Hoyos un tuit donde digo que «la tolerancia es una virtud inventada por los neerlandeses para camuflar su calvinismo», y él, que tantos tuits míos ha subido a su cuenta de Twitter, me escribió para decirme que éste no, puesto que contradice en parte su columna de mañana en EE. Leo hoy su columna, y tiene razón, pero también yo, por más que yo también crea en la tolerancia… pero no en la de cuño neerlandés, que «si le arrascas un poco la cal del blanqueo», como diría mi abuela Remedios, se le ve la cara a Calvino».
    «Pilar me publica en su cuenta este tuit: «La Casa Blanca confirma que a the fake president, durante su test cognitivo, no se le hicieron preguntas cuyas respuestas no hubiesen sido ensayadas antes en el despacho oval. ‘Aún así, comentó lacónica la portavoz, estábamos inquietos por el resultado'». Una tuitera le deja un comentario escandalizado: «Pero eso es ilegal. ¿Ensayar o darle las respuestas al paciente? O my God! ¿hasta dónde va a llegar esta Administración?» O my God, digo yo también, sin mesarme los cabellos porque soy calvo
    con mancha, a lo Gorbachov: lo que revela este comentario es que la cizaña sembrada desde la Casa Blanca a lo largo de casi cuatro años parece que ya nubla el entendimiento de muchos ciudadanos, hasta el punto de no saber distinguir una noticia de una sátira. Pobres gringos… ¡Tan lejos de Dios y tan cerca de la Casa Blanca! Si por lo menos fuera de Casablanca…»
    Vale.

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