En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.
No tenemos cortinas y la persiana está en lo alto desde que nos mudamos para poder ver el mar desde la cama, como cuando vivía en Lanzarote a finales del siglo pasado. Casi quince años sin mar, en Mánchester, Varsovia y Marrakech, hacen que merezca la pena que la luz nos despierte a las cinco de la mañana; por eso nuestros días terminan también temprano. El canto de los pájaros llena el silencio del dormitorio. No los recuerdo en los amaneceres previos a la pandemia y al encierro, cuando cada mañana, desde la del 18 de octubre, el cielo se teñía de negro por el humo de las ruedas quemándose en las barricadas. Ha desaparecido la contaminación y el skyline de Beirut resulta más nítido, pero no lo han hecho los motivos de las protestas: la corrupción, el corralito impuesto por los bancos, la emergencia energética…
Ojalá, al menos, los pájaros se hayan multiplicado para quedarse. Sus trinos me acompañan mientras atravieso la casa, en dirección a la cocina, echando de menos a nuestra gata; una ausencia que aún conserva su hueco en el cojín del cuarto de estar desde el que observaba el mar, que flota en el aire como la incertidumbre o ese desasosiego que la irrupción de la pandemia ha provocado. Con el primer té de la mañana se van apagando las luces de la bahía de Jounieh.

Ilustración: Kathia Recio
En el WhatsApp aguardan decenas de fotos de nuestra familia canaria, compartidas anoche, después de que nos retiráramos a descansar; aunque Luis no durmió bien. Le pesaba haber faltado, por primera vez, a la celebración familiar del 30 de mayo en la finca La Cruz, estar lejos de los hijos, los nietos y de las familias de sus once hermanos. Este año la bandera naranja y blanca de la finca ondeó a media asta y el encuentro fue virtual.
Llega el Doble envío de Ricardo Bada, que reservo para la noche, y noticias de que Elicura Chiualaf, que había quedado atrapado en Barcelona, pasea ya por los prados de Asturias como un anticipo del regreso a sus montañas chilenas. Eso me recuerda que Sindo Roca me espera en un rato en un escenario similar, aunque en 1987. Sindo ha regresado a la vida pública con la edición electrónica y gratuita de Malpaís, en español y polaco de Hora Antes editorial, distribuida para entretener el aislamiento, y que ha traído de vuelta viejos amigos y nuevos contactos.
La mañana y la tarde del domingo transcurren sin sobresaltos. El viento del Oeste nos desaloja de la terraza sin terminar de comer. Se calmará con la marea. Celia retoma un rompecabezas de la Dama y el unicornio, que ha concluido ya varias veces, como antídoto a la sobredosis de actividades multimedia, Luis lee un libro sobre la Guerra del Líbano, y yo buceo en los poemas del Baúl de voces de Enclave de Libros.
Se pone el sol, con el viento y el mar ya en calma y con carta de Rosabetty Muñoz, en soporte e-mail, pero sin perder el tono epistolar de una correspondencia iniciada con un encuentro en Isla Negra en julio del 90. Hoy celebrará con Juan su 34.º aniversario de boda, los dos solos, sin hijos ni nietos, en la casa de Los Caracoles. Comparte temores desde Chiloé por el número de casos de COVID-19 en la isla. Me cuenta que desaparecieron las termas del Amarillo en Chaitén, aunque eso sucedió hace unos días coincidiendo con la llegada del khamsin al Líbano, acompañado por una plaga de escarabajos negros, y el repunte de los casos de COVID-19 que volvió a encerrarnos a cal y canto durante cuatro días y con toque de queda las veinticuatro horas.
Aquí el horizonte se despejó de polvo e insectos, pero los casos de coronavirus siguen creciendo, y también las protestas, que desde Trípoli vuelven a denunciar la caótica situación de un país en el que se teme más a la miseria que al virus.
Cuando apaguemos la luz, en pocos minutos, veremos brillar las barcas de los pescadores en la bahía; como ellos hemos ido aprendiendo a hacer planes que se quedan en eso.
Beirut, 31 de mayo de 2020.
Yolanda Soler Onís
28 de mayo, 2020
Luis Miguel Aguilar
27 de mayo, 2020
Sofía Ramírez Aguilar
25 de mayo, 2020
Catalina Aguilar Mastretta
24 de mayo, 2020
Sergio Ramírez
23 de mayo, 2020
Valeria Villalobos Guízar
22 de mayo, 2020
Ariel Rodríguez Kuri
21 de mayo, 2020
Raúl Bravo Aduna
20 de mayo, 2020
Rafael Pérez Gay
16 de mayo, 2020
Hernán Bravo Varela
15 de mayo, 2020
Esther Charabati
14 de mayo, 2020
Mateo Aguilar Mastretta
13 de mayo, 2020
Teresa Zerón-Medina Laris
12 de mayo, 2020
José Woldenberg
11 de mayo, 2020
Melissa Cassab
10 de mayo, 2020
Guillermo Fadanelli
9 de mayo, 2020
Delia Juárez G.
8 de mayo, 2020
Nicolás Medina Mora
7 de mayo, 2020
Natalia Mendoza
6 de mayo, 2020
Juan Pablo García Moreno
4 de mayo, 2020
Esteban Illades
3 de mayo, 2020
Daniela Tarazona
2 de mayo, 2020
Álvaro Ruiz Rodilla
1 de mayo, 2020
Kathya Millares
30 de abril, 2020
Arnoldo Kraus
29 de abril, 2020
Soledad Loaeza
28 de abril, 2020
Héctor Aguilar Camín
27 de abril, 2020
Andrea Januta
26 de abril, 2020
Ronaldo González Valdés
25 de abril, 2020
Ana Sofía Rodríguez Everaert
23 de abril, 2020
Ángeles Mastretta






































¡Qué bueno que hayas incluido el hipervínculo para acceder a la lectura de «Malpaís»! Es una novela que merece muchos más lectores de los que ha tenido hasta la fecha, y sabes de sobra lo grato que me resultó leerla. Por lo demás, muy elocuente el desarrollo de esas 24 horas dominicales en un Beirut donde la sístole del coronavirus y la diástole de la violencia política se reparten los latidos de la ciudad. Menos mal quedan los pescadores y su aprendizaje de hacer planes que se quedan en eso, pero quién sabe, tal vez algún día… Soñar es gratis, Yolanda.