Covidiario
25 de Mayo, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

Me gusta pensar en los diarios como confesionales secretos. Frases que una esconde entre sus almohadas de Rosita Fresita, guardadas detrás de un candadito que algún hermano metiche puede romper para citar en la mesa del desayuno los pensamientos más vergonzosos: “Querido diario, me gusta mucho Ricardito el niño de cuarto, ayer soñé que le mordía el codo”.

Así que empezaré este diario de los días que no pasan con una confesión que me avergüenza: estoy disfrutando el encierro. Digo eso con todos los calificativos necesarios: que el mundo nos pesa, que el futuro es incierto y que irremediablemente cargamos con las penas de todos los prójimos que quisiéramos resolver sin ser capaces. Pero tengo que confesar que llevo toda mi vida ensayando para no salir de mi casa. He pasado mi vida adulta asegurándome de que muchos de mis días sean así. Para resumir mi nostalgia por la vieja normalidad solo puedo pensar en un tuit que me encontré por ahí de la semana tres: “Extraño mi vida de antes, cuando yo hacía exactamente lo mismo, pero todos ustedes estaban allá afuera”.

Ilustración: Belén García Monroy

Caí en esta profesión de escritora/directora que es extraña por sus contradicciones. La primera parte del título, demanda encierro. Cuando soy escritora me dedico a inventar cosas desde esta misma computadora frente a la que estoy sentada ahora, frente a la misma ventana que da a la ventana del mismo vecino que me hace ruido ahora. Esos días, me molesta tanto que alguien me invite a una cena, por ejemplo, que me aseguro de agendar el encuentro en un día que ya incluya alguna actividad indeseable, como ir al dentista. Así por lo menos el disgusto de tener que emprenderla hacia la calle se confunde con otro y es posible disfrutar de la famosa cena y su compañía. En cambio, cuando ejerzo la segunda parte del título laboral, entonces sí que hay que salir. Para ser directora hay que andar afuera. Muchas veces hay que cambiarse hasta de país. Hay que levantarse todos los días antes de las seis de la mañana, convivir y brindar con toda clase de extraños y en general andar por el mundo con contundencia.

Creo que he encontrado la manera de cuadrar mis dos personalidades en el encierro. Tengo la suerte de que el señor de la casa me caiga particularmente bien. Es el único ser tangible con el que convivo y no podría pedir uno mejor, pero junto a él, me he armado de varias multitudes con la que convivir detrás de mi puerta. Los fines de semana somos muy argüenderos y convivimos por Zoom con quien se aparezca, desde nuestras familias hasta amigos distanciados en la infancia. Nos bebemos las cervezas que no han escaseado ni un día por milagro de su gran ahínco previsor y la soledad es imposible.

Hoy es lunes y en las mañanas de lunes hay dos protagonistas en mi vida: él y Paty, la mujer cuyas clases virtuales de aerobics hago todas las mañanas. No sé de Paty más que lo que veo en su Instagram. Se resume en que tiene tres hijos crecidos y la panza plana y dura como yo no la he tenido nunca, sin hijo alguno. Ya con eso me basta para concederle carácter de profeta y seguir cada una de sus instrucciones. Me levanto temprano a lo que llamo “dar mis brincos” con ella. Una desconocida que se ha vuelto un fantasma íntimo.

Hoy es un lunes particular para mí, porque es día feriado en Estados Unidos. Memorial Day. Cosa que solo sé y noto porque mucho de mi trabajo está al norte de la frontera y cuando no hay día de asueto, los lunes me atacan mis colaboradores gringos como si fueran mis acreedores. Hoy tendría que leer un guion para poder conversarlo con ellos cuando aparezcan mañana con su característico frenesí. El fantasma de los gringos y los de los personajes del guion que me mandaron se unen a la convivencia.

Duermo muy bien. El insomnio es el único cliché de ansiedad que no he adquirido en estos tiempos complicados. En todos los demás he caído redonda: hago ejercicio que no hacía, cocino cosas que no cocinaba, podría escribir un mediocre poema épico sobre el poder de multiplicación de los platos sucios y hasta horneé un pan de plátano, cómo no. También deambulo por la casa buscando cosas que arreglar. Escombrando clósets y libreros, inventariando las reservas de lechuga y fruta, olfateando cuáles trapos tienen cloro y cuáles se pueden echar a lavar con el resto de la ropa. Riego plantas y me preocupo por su destino. Estoy obsesionada con que no se mueran las orquídeas. Aunque mi obsesión no sirve de mucho. No solo no tengo un pulgar verde, tengo uno negro. He estado cerca de matar a una de esas suculentas que se llaman “siempre vivas”. Quise volar muy alto con las orquídeas. Tengo una en cada rincón sombreado del departamento. Se las compro a una señora que las atiende como a sus hijas en la vitrina de su tienda sobre la calle de Durango. Junto a ella en el lobby del mismo edificio, hay un señor que vende discos compactos, como en otras épocas. ¿Qué será de la señora de las orquídeas y su vitrina? Suelto dos lágrimas de pensarla y vuelvo a rotar las orquídeas de ventana con la esperanza de que floreen. El fantasma de la señora de las orquídeas se une a mi fiesta de lunes. ¿Cómo no le pedí su teléfono? A ella y a don Gerardo, el señor que vende las papayas de la esquina, y por cuyo destino también me pregunto todas las mañanas. Otro más al acompañamiento. Pienso que si le hubiera pedido su teléfono a don Gerardo “para saber qué es de usted en caso de que se acabe el mundo” me hubiera respondido con un muy merecido “siéntese señora”. Entonces, nada. Otro fantasma que anda por acá acompañando los días.

Son las ocho, lo vecinos están en esa calma de tarde en la que todos entramos a estas horas. Dejamos de hacernos ruido un rato. También ellos se vuelven presencias etéreas que acompañan.

Los vecinos callados como milagros, los gringos que aparecerán mañana, los personajes del guion que leí y los del que tengo que seguir escribiendo mañana, Paty, don Gerardo y la señora de las orquídeas, todos nos sentamos en el sillón junto al señor de la casa, a terminar la jornada. Vamos a ver Sixteen Candles, porque me acuerdo de que mañana tengo que hablar de ella con otros gringos. Los añadiremos a ellos, a Molly Ringwald y a John Hughes a la multitud que nos acompaña. A ver mañana quién más se une.

 

Catalina Aguilar Mastretta


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Publicado en: Covidiario