En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.
El edificio en el que vivo desde hace más o menos tres años antes era un lavado de autos. Y primero, según sé, un parque. Quizás por eso en una de sus esquinas hay abejas sin panal: un enjambre que se postra a tomar el sol en la pared sin molestar a nadie.
La ventana de mi cuarto da a la calle. A todas horas escucho ruidos a los que me he aprendido a acostumbrar. La motocicleta chopper del mesero de enfrente que sin falla se enciende a la una de la mañana, cuando bajan la cortina; el irritante bullicio de los fines de semana de los turistas que esperan en fila para entrar y comer en otro restaurante, el que sale en todas esas listas de “La Ciudad de México es el nuevo Berlín”.
Pero ningún ruido avasalla más que el de cada martes en la madrugada, cuando una decena de camiones llega de un lugar remoto y arma el tianguis semanal. Seis de la mañana y se oyen los gritos de quienes cuelgan lonas en los árboles; seis y media y a alguien se le cayeron los tubos que sostienen el puesto hechizo; ocho y el primer grito de “pásele, güerita”.
El tianguis, me han explicado quienes llevan toda la vida en este racimo de calles, es de las instituciones más viejas que tenemos. Vecinos van, vecinos vienen. Negocios abren, negocios cierran. Gentrificadores adinerados llaman a la delegación para exigir que lo cierren por el bullicio y la basura. Pero el tianguis persiste.

Ilustración: Estelí Meza
Ahora que estamos en cuarentena quienes tenemos el privilegio de estarlo, el tianguis sigue ahí. Pero su sonido ha cambiado. Antes era inevitable escuchar la tambora que amenizaba la comida a mediodía en el puesto de mixiote; el día laboral cerraba cuando el señor de la gabardina de cuero negro y boina llegaba con su guitarra acústica y se desgarraba la voz cantando canciones de los Bitles ante la sorpresa de quien jamás había escuchado a tan peculiar personaje.
Hace casi 40 días no escucho al señor o a la tambora. Pero el tianguis sigue, más pequeño, más compacto.
La semana pasada hubo música. No en vivo. Su origen era una bocina cuyo wattaje era tan fuerte como el de la alerta sísmica. Dos horas duró.
El primer pensamiento que tuve fue el típico: tanto ruido no me deja trabajar. Me resigné. La música era tan fuerte que se podía escuchar en la cocina. Opté por lavar los trastes, mi nuevo pasatiempo, para aprovechar el ritmo y entrar en el trance de la esponja y el jabón.
Tampoco pude: no sé quién haya elegido la mezcla de canciones, pero su aflicción era palpable. Pop noventero de ése que bien combinado puede pegar duro al ánimo. Eros Ramazzotti con su nasal tonada; el Luis Miguel de Aries. Alguien la estaba pasado mal.
No me gusta extrapolar, pero la bocina capturó el ánimo del día, de la semana, del mes. Luego una vecina se hizo de palabras con su dueño y la música cesó.
Quizás eso es lo que me da más miedo de mañana, martes otra vez. Que no haya música: sea de la tambora, del señor gritón, o de la bocina. Que sólo haya silencio.
Esteban Illades
3 de mayo, 2020
Daniela Tarazona
Nos pasa lo mismo que a todos: sabemos que nos hallamos inmersos en un pozo bajo la tierra, pero le echamos ganas y miramos hacia la luz de su boca. Allá arriba deben estar los laboratoristas que preparan la vacuna. Quieran los dioses que así sea.
2 de mayo, 2020
Álvaro Ruiz Rodilla
Cualquier rutina pierde su norma y su horma cuando una pareja espera un bebé y se acortan las semanas hasta su llegada. Por esa otra impaciente normalidad pensé en escribirle, mejor, al niño que viene en camino.
1.º de mayo, 2020
Kathya Millares
Antes de que suene la melodía del bosque que me obliga a salir de la cama, busco a tientas en la mesa de noche el celular. Hoy no quiero escucharla. Sostengo el teléfono con la mano derecha y concentro mi fuerza en los pies para mover las sábanas. Estoy tumbada boca arriba con los párpados abajo. Lamento haber alterado mi ciclo del sueño: sólo dormí cuatro horas. No fue insomnio, fue voluntad.
30 de abril, 2020
Arnoldo Kraus
Las tragedias retratan nuestras debilidades. Enseñan más que los éxitos. Ahora el turno es el del maestro COVID-19. Zygmunt Bauman cavilaba acerca de “el fin de la era del compromiso mutuo” e invitaba a reflexionar acerca de la capacidad humana para eludir.
29 de abril, 2020
Soledad Loaeza
Hoy fue día de mi cumpleaños. Pensé que no tendría nada de particular, que sería como los otros días de las últimas seis semanas, que no tendría fecha, y tampoco horas, que no dejaría huella a menos de que lo consignara en éste, mi diario.
28 de abril, 2020
Héctor Aguilar Camín
Visito libros y modas de los años sesenta. Me he perdido estos días faltos de forma en la escritura de lo que quizá será una novela cuando el tiempo vuelva.
27 de abril, 2020
Andrea Januta
El sonido que me despierta es el canto de un pájaro cardenal. Así comienzan los días: con pájaros o con sirenas. Esas son las dos melodías que dominan la vida de nuestra ciudad ahora que todo lo demás ha callado. Últimamente me voy a dormir tratando de adivinar qué me traerá la mañana siguiente: pájaros o sirenas. Hoy los pájaros ganaron.
26 de abril, 2020
Ronaldo González Valdés
Me gustan los domingos en casa. Los domingos normales salgo eventualmente a misa con Ana. Ahora ni eso. Y en serio: no es queja. Todo lo contrario. A un lado de mi estudio hay un tejado. Lo puedo alcanzar con un solo paso. Puedo hacerlo, pero no quiero. Aquí estoy bien, confinado.
25 de abril, 2020
Ana Sofía Rodríguez Everaert
Cada quien tiene derecho a elegir su propio viaje al pasado en estos días que duran tanto, sobre todo si, como hoy, llueve a media tarde y la lluvia se detiene un par de horas después para declarar que el día puede seguir. Otras cuatro horas de luz para llenar un sábado que se volvió uno de esos sábados en los que antes hubiera sido una victoria atrincherarse en el sillón y no salir.
24 de abril, 2020
Ricardo Bada
Está por terminar el día, el 38.º de mi confinamiento. Un día sin historia. Ni siquiera llamadas telefónicas, únicamente las que hace Diny apacentando a su grey, ella es la matriarca de los Hansen Kluitman.
23 de abril, 2020
Ángeles Mastretta
Riego las violetas que dan a mi ventana. Hoy es el día mundial del libro. Ayer empezó a llover. Esta noche cumpliremos un mes y una semana de retiro.










