En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.
Notas desde Nueva York
5 A.M.⁓ El sonido que me despierta es el canto de un pájaro cardenal. Así comienzan los días: con pájaros o con sirenas. Esas son las dos melodías que dominan la vida de nuestra ciudad ahora que todo lo demás ha callado. Últimamente me voy a dormir tratando de adivinar qué me traerá la mañana siguiente: pájaros o sirenas. Hoy los pájaros ganaron.
8:45 A.M.⁓ Abro las cortinas y me preparo un desayuno de ermitaña. Mi compañero de piso y buena parte de mis amigos huyeron de la ciudad a principios de marzo, cuando entró en vigor la orden de trabajar en casa. Ahora no tengo otra compañía más que las voces incorpóreas de mi teléfono, el crujir del piso de arriba y los pájaros afuera. Eso y el aullido de las sirenas. Desde que mi compañero de piso se fue sólo he visto a tres amigos en carne y hueso, e incluso a ellos no los ví por completo. Salvo por sus ojos y frentes, sus caras estaban ocultas por los tapabocas que ahora son obligatorios. Caminamos juntos pero no nos tocamos. Han pasado 46 días desde que sentí la piel de otro. Al principio, cuando la ciudad acababa de cerrar, soñaba incesamente con otros cuerpos presionándose contra el mío. Hoy en día mantengo seis pies de distancia incluso en mis sueños.
9 A.M.⁓ Camino los 18 pasos que separan mi cama de mi oficina: una laptop en una mesa de centro. Cuando le echo un vistazo a mi calendario, Microsoft Outlook me informa que debería estar a 2,600 kilómetros de Manhattan, de vacaciones con mis mejores amigos.
“De acuerdo con mi calendario, ahora mismo estoy en la playa”, le escribo a un amigo que quizá sea también mi amante.
“¿Y qué tal?”
“Precioso y muy relajante”, contesto. “Quisiera tenerte conmigo”.
12 P.M.⁓ Según mi teléfono hoy he caminado 200 pasos. El año pasado caminé en promedio 9000 pasos diarios.

Ilustración: Patricio Betteo
12:14 P.M.⁓ Mientras trabajo mi teléfono vibra para avisar que el número de casos confirmados de coronavirus en el mundo llegó hoy a los 3 millones. No tenemos idea de cuántos casos no-confirmados existan. Cuando quedé infectada a finales de marzo decidí avisarle al menor número de amigos y colegas posible, prácticamente solo a aquellos que tendrían que aislarse. No que fueran muchos —para entonces ya casi no salíamos de casa. Pasé el curso de la enfermedad en privado. Hasta el momento no sé a ciencia cierta por qué. ¿Me daba pena, vergüenza, miedo? Durante cuatro días tuve dificultades para respirar. Perdí el 10 % de mi peso corporal. Una noche desperté desorientada a las 3 a.m. Mi anticuado termómetro de mercurio no registraba más allá de los 37.5 ºC, así que fui a buscar mi termómetro de cocina y le tomé una foto: 39.5 ºC. Me dicen que el mío fue un caso leve o tal vez moderado. En esas fechas la ciudad de Nueva York reservaba las pruebas diagnósticas para los pacientes hospitalizados. Mi nombre, por lo tanto, no figura entre los 3 millones.
12:30 P.M.⁓ Almuerzo. Hasta el momento la única voz que he escuchado hoy es la del cardenal.
4:00 P.M.⁓ Ya no leo tanto sobre el coronavirus. Al principio leía estudios médicos, traducciones de crónicas personales desde Wuhan, presentaciones de PowerPoint destinadas a enfermeras de emergencia. Le escribí a doctores y economistas entre mis conocidos pidiéndoles consejo y profecía. Cuando respondieron, le escribí a mis amigos: “Es mucho peor de lo que crees”. Después de cierto tiempo, sin embargo, la atmósfera de la ciudad cambió de una incertidumbre aterradora a una especie de estabilidad-en-la-crisis. Abandoné mis investigaciones el día que vi una foto en la que miles hacían fila para recibir comida. Hoy sólo leí dos articulos: uno sobre el suicidio de una médica de emergencia y otro sobre la escasez nacional de tarjetas de condolencias.
5:45 P.M.⁓ Salgo a dar la vuelta. Tomo mi cubrebocas y mis llaves. Pronto descubro un arrendajo azul entre las ramas del parque. Del otro lado hay una catedral que estos días sirve de hospital de campo. En realidad tengo poco que decir sobre la atmósfera de Nueva York. La ciudad —mi ciudad— se ha encogido al tamaño de mi departamento. Tengo mis caminatas, es cierto, pero éstas empiezan y terminan en mi puerta. De lo que no queda duda es que mi ciudad está vacía y sin embargo llena de luto. Los hospitales y los cementerios están sobrepasados. La energía de las calles, los amigos de todas partes del mundo, los restaurantes que tanto nos gustan, la vida nocturna, los museos, el ballet, la ópera, los conciertos, incluso el deli que nunca cierra: todas las cosas que amamos de Nueva York, las razones por las que nos mudamos aquí en primer lugar, se evaporan de la noche a la mañana. Y con ellas, incontables empleos. Hace tiempo que dejé de preguntarme cuándo terminará la pandemia. Hoy me pregunto qué quedará de Nueva York cuando pase la marea.
7 P.M.⁓ Hora de los aplausos para los esenciales.
Más tarde.⁓ Cierro las cortinas y me preparo para la cama. ¿Qué me traerá la mañana: pájaros o sirenas? Hace dos o tres semanas, durante el pico de la epidemia, las sirenas dominaban. Ahora vienen menos, pero no por mucho. Ojalá que mañana vengan los pájaros.
Andrea Januta
Ensayista y periodista de investigación para la agencia Reuters en Nueva York.
26 de abril, 2020
Ronaldo González Valdés
Me gustan los domingos en casa. Los domingos normales salgo eventualmente a misa con Ana. Ahora ni eso. Y en serio: no es queja. Todo lo contrario. A un lado de mi estudio hay un tejado. Lo puedo alcanzar con un solo paso. Puedo hacerlo, pero no quiero. Aquí estoy bien, confinado.
25 de abril, 2020
Ana Sofía Rodríguez Everaert
Cada quien tiene derecho a elegir su propio viaje al pasado en estos días que duran tanto, sobre todo si, como hoy, llueve a media tarde y la lluvia se detiene un par de horas después para declarar que el día puede seguir. Otras cuatro horas de luz para llenar un sábado que se volvió uno de esos sábados en los que antes hubiera sido una victoria atrincherarse en el sillón y no salir.
24 de abril, 2020
Ricardo Bada
Está por terminar el día, el 38.º de mi confinamiento. Un día sin historia. Ni siquiera llamadas telefónicas, únicamente las que hace Diny apacentando a su grey, ella es la matriarca de los Hansen Kluitman.
23 de abril, 2020
Ángeles Mastretta
Riego las violetas que dan a mi ventana. Hoy es el día mundial del libro. Ayer empezó a llover. Esta noche cumpliremos un mes y una semana de retiro.




Le llegan canto de pájaros; eso hace más tolerable la clausura.
Acabo de bajar al garaje para traer agua mineral a nuestro piso y me he entretenido varios minutos escuchando el canto de un mirlo escondido en la espesura del pinoabeto delante de la fachada de la casa. Como ha estado lloviendo hasta las cinco de la tarde, después de largos días de un sol despistado en esta altura del calendario, el aire está límpido, como recién lavado, así es que oír al mirlo, en esta acústica cristalina, me parece un regalo de los dioses. Y si eso es aquí, ¡qué no será en Nueva York!