Covidiario
3 de mayo, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

Me levanté de la cama después que José. No es raro, aunque tampoco algo que ocurra a menudo. Solemos ponernos de pie al mismo tiempo. Cuando bajé el café estaba hecho. Podría haber parecido un sueño. Otro día inmerso en el día anterior. Pero si me fijo bien, los días sí son diferentes, a pesar del encierro. Algunos tienen espuelas y me maltratan el cuerpo, otros son aburridos y me descomponen la alegría. ¿De qué se podría estar alegre ahora? Si uno lo piensa, hay poco de qué alegrarse en el registro cotidiano de la pandemia. Sin embargo, yo me entusiasmo con la fuerza que muestran las plantas en la casa, su crecimiento ha sido casi tan evidente como el de mi pelo. Eso no suele notarse. Las plantas crecen en silencio, como los niños y, cuando las vuelves a medir, ocupan un espacio mayor. Estoy a punto de tomar unas tijeras y hacer mi propia peluquería en el baño, pero no me atrevo. He visto en mis pasos por las redes sociales a personas recién rapadas. Me llama la atención. Decidir que es mejor sobrevivir rasurado debe ser metáfora de algo.

Salimos al mercado con tapabocas y miedo. El puesto de carnitas estaba bastante concurrido. Íbamos caminando aferrados a la ignorancia, quizá, con cierta inclinación irresponsable hacia nuestros propios cuerpos. Porque en el mercado del barrio había bastante gente. Y nosotros no somos inmunes al virus.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Regresamos a casa a hacernos de desayunar, ya un poco tarde. Nos salva la mañana y el porvenir el sabor de las naranjas en jugo. Su consistente vitamina C nos lleva a creer en el futuro. Hicimos huevos revueltos con longaniza y frijoles. Estuvimos siendo felices en medio de la decadencia mundial.

Nuestro egoísmo es puro. Creemos que esto sólo nos ocurre a nosotros. Cada quién vive la pandemia como puede. Nos pasa lo mismo que a todos: sabemos que nos hallamos inmersos en un pozo bajo la tierra, pero le echamos ganas y miramos hacia la luz de su boca. Allá arriba deben estar los laboratoristas que preparan la vacuna. Quieran los dioses que así sea.

Me senté a hacer el supermercado. Los que podemos, hacemos casi todo a través de nuestras computadoras. Intenté en tres supermercados virtuales, pero no me dejaron entrar porque no llevaba tapabocas. Fue hasta el cuarto intento que conseguí comprar la comida de la semana y, de paso, enterarme que llegará en tres días.

Se trata de la peor fase de la pandemia de estos meses. Por eso, ya cuando caía el sol, me aventuré a hacer el recorrido de las tres farmacias, para conseguir vitamina D que no había encontrado en el supermercado, porque me dijeron que el virus daña menos los pulmones de quienes se hayan zambutido 1200 UI de vitamina D a la semana. La encontré gracias a que el señor que me atendió en la farmacia, con voz de locutor de radio bajo el azulado tapabocas, me contó que acababa de recordar que había llegado una nueva marca con el preparado fabuloso, entonces me dio una cajita azul cobalto y me dio también las buenas noches.

Hace muchos meses que no escribía una página de diario. Se me disolvió el deseo de hacer un registro de mis días. Nada importa, en realidad, bajo el cielo. Nada es nuevo bajo el sol, aunque la pandemia se parezca tanto a la historia que jamás pensamos vivir.

Hay un mes y medio por delante. Cuarenta y cinco días, cuando menos, de encierro. Es una eternidad comparada con la duración del minuto en que podamos anunciar que esto se terminó. Los que saben dicen que el virus regresará para la Navidad. Santa Claus vendrá higienizado. Veremos la estela de las luces tintineantes con desesperación y buscaremos que su brillo nos otorgue la paciencia para vivir en este mundo inhabitable.

 

Daniela Tarazona


 

2 de mayo, 2020
Álvaro Ruiz Rodilla

Cualquier rutina pierde su norma y su horma cuando una pareja espera un bebé y se acortan las semanas hasta su llegada. Por esa otra impaciente normalidad pensé en escribirle, mejor, al niño que viene en camino.

 


 

1.º de mayo, 2020
Kathya Millares

Antes de que suene la melodía del bosque que me obliga a salir de la cama, busco a tientas en la mesa de noche el celular. Hoy no quiero escucharla. Sostengo el teléfono con la mano derecha y concentro mi fuerza en los pies para mover las sábanas. Estoy tumbada boca arriba con los párpados abajo. Lamento haber alterado mi ciclo del sueño: sólo dormí cuatro horas. No fue insomnio, fue voluntad.

 


 

30 de abril, 2020
Arnoldo Kraus

Las tragedias retratan nuestras debilidades. Enseñan más que los éxitos. Ahora el turno es el del maestro COVID-19. Zygmunt Bauman cavilaba acerca de “el fin de la era del compromiso mutuo” e invitaba a reflexionar acerca de la capacidad humana para eludir.

 


 

29 de abril, 2020
Soledad Loaeza

Hoy fue día de mi cumpleaños. Pensé que no tendría nada de particular, que sería como los otros días de las últimas seis semanas, que no tendría fecha, y tampoco horas, que no dejaría huella a menos de que lo consignara en éste, mi diario.

 


 

28 de abril, 2020
Héctor Aguilar Camín

Visito libros y modas de los años sesenta. Me he perdido estos días faltos de forma en la escritura de lo que quizá será una novela cuando el tiempo vuelva.

 


 

27 de abril, 2020
Andrea Januta

El sonido que me despierta es el canto de un pájaro cardenal. Así comienzan los días: con pájaros o con sirenas. Esas son las dos melodías que dominan la vida de nuestra ciudad ahora que todo lo demás ha callado. Últimamente me voy a dormir tratando de adivinar qué me traerá la mañana siguiente: pájaros o sirenas. Hoy los pájaros ganaron.

 


 

26 de abril, 2020
Ronaldo González Valdés

Me gustan los domingos en casa. Los domingos normales salgo eventualmente a misa con Ana. Ahora ni eso. Y en serio: no es queja. Todo lo contrario. A un lado de mi estudio hay un tejado. Lo puedo alcanzar con un solo paso. Puedo hacerlo, pero no quiero. Aquí estoy bien, confinado.


 

25 de abril, 2020
Ana Sofía Rodríguez Everaert

Cada quien tiene derecho a elegir su propio viaje al pasado en estos días que duran tanto, sobre todo si, como hoy, llueve a media tarde y la lluvia se detiene un par de horas después para declarar que el día puede seguir. Otras cuatro horas de luz para llenar un sábado que se volvió uno de esos sábados en los que antes hubiera sido una victoria atrincherarse en el sillón y no salir.


 

24 de abril, 2020
Ricardo Bada

Está por terminar el día, el 38.º de mi confinamiento. Un día sin historia. Ni siquiera llamadas telefónicas, únicamente las que hace Diny apacentando a su grey, ella es la matriarca de los Hansen Kluitman.


 

23 de abril, 2020
Ángeles Mastretta

Riego las violetas que dan a mi ventana. Hoy es el día mundial del libro. Ayer empezó a llover. Esta noche cumpliremos un mes y una semana de retiro.

 

 

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Publicado en: Covidiario

Un comentario en “Covidiario
3 de mayo, 2020

  1. Cuando se escribe como usted sabe hacerlo es un pecado que no siga su diario, que se le disuelva el deseo de hacer un registro de sus días. Porque ahora todo importa, en realidad, bajo el cielo. Todo está siendo nuevo bajo el sol, porque la pandemia se parece tanto a la historia que jamás pensamos vivir. Y debemos dejar un registro de ese hecho, del hecho de ser a la vez espectadores y protagonistas de algo que nadie ha vivivdo en su vida. Nuestra situación ni siquiera puede compararse con la de los presos en las cárceles. Ellos están allí para protección de la sociedad. Nosotros estamos confinados para nuestra propia protección. Somos presos y carceleros al mismo tiempo. Ánimo, pues, y a reemprender la escritura de su diario. Scripturi te salutant!

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