En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.
Se me salió el corazón por el pie izquierdo. Por alguno de los dedos, el anular, creo. Tenía una ampolla como cilindro, rodeaba por completo la yema y buena parte de la uña. Apretaba la pústula con fuerza, me dolía, ardía; el líquido expulsado salpicaba a la persona a mi lado (¿una amiga?, ¿mi hermano?, ¿alguien que no conozco?) Después, el corazón evacuaba por ahí, por el hueco de la ampolla del dedo de mi pie izquierdo.
Recordé a Zeus. Él parió a uno de sus hijos por el muslo; yo, tan terrenal y mortal, di a luz un órgano a través de una falange. Era una masa sin forma, no chorreaba sangre ni tenía válvulas o ventrículos, puro tejido muscular. Lo tomaba entre las manos con cuidado, como una flor, un pedazo de gelatina o un bebé recién nacido. Me preguntaba si era otro corazón, la réplica, el siamés o el gemelo idéntico del mío, del original, ese que palpita entre mi pecho. La verdad, sino fuera por las arritmias efecto de un susto o de cuando me ve a los ojos el que me gusta (síndrome del miocardio festivo), no estaría consciente de su existencia. Bum, bum, bum.

Ilustración: Oldemar González
Pensé en llevarlo con un cardiólogo a analizar, quizás así podría curar de una vez por todas el mal de amores que me aqueja desde siempre, o regular la presión arterial anormalmente baja que padezco, también desde siempre. Se lo entregaba en una bolsita con hielos, bien frío; el médico, con tapabocas y uniforme azul, lo partía en dos o en cuatro con un bisturí filoso, entonces sí sangraba, mucho, coágulos, costras, sanguaza. Con otro instrumento metálico expurgaba en las cavidades, a lo mejor adentro encontraría una piedra, un hielo, un zafiro en estado natural. Un novio enterrado. O nada.
Eso soñé hace apenas unos días, en plena cuarentena.
Cada mañana, desde hace mucho, anoto mis sueños en un diario. Tengo páginas y páginas repletas de representaciones oníricas que me divierten, asustan e intrigan. Ahí los minutos corren lento, otras veces rápido, los espacios toman nuevas dimensiones, se me desbordan los deseos reprimidos, se me desfigura el inconsciente.
George Perec, en La cámara oscura: 124 sueños, dice que cuando uno empieza a documentar los sucesos que nuestra mente fantaseó o imaginó por las noches, cae en la tendencia de soñar para escribirlos; el hecho se convierte en un ejercicio literario. Sé de lo que habla Perec. ¿Qué voy a hacer con esos retoños del inconsciente, con todas sus incoherencias, súbitos saltos en el tiempo y espacio, con los personajes sacados de la realidad, que son pero no son? ¿Los sigo transcribiendo hasta que me muera? Al despertar, les doy una forma narrativa, una secuencia. Ojalá pudiera crear, a partir de ellos, cuentos o incluso fragmentos de novelas, pero no me funciona, el resultado son relatos sin pies ni cabeza, nadie querría leerlos, ni yo. Si acaso Andrés, mi psicoanalista, es el único interesado en ellos. Juntos los interpretamos, desmenuzamos, hacemos sorpresivas asociaciones para intentar llegar al contenido latente, ligar lo que no quiero saber, encontrar “mi falla” y descubrir mi origen. Hace varias noches soñé que su tocayo, André Gide, era quien me analizaba; su consultorio era la sala de mi casa, afuera llovía. Con los años y tres sesiones por semana, he llegado a entender que lo que importa no es tanto el sueño sino cómo se narra, qué imágenes u objetos quedan grabados en el recuerdo, qué sensaciones nos transmiten al rememorarlos, qué sentimos en el cuerpo y cómo los ponemos en palabras ordenadas, en un proceso secundario.
Recuerdo mi primera pesadilla: un hombre le comía los brazos a los niños, quería atraparme a mí, me perseguía por unas calles empedradas. La recurrente es un tsunami o una gran ola que no puedo surfear y que me ahoga. A veces me siento igual: fugitiva, asfixiada.
Todos son raros, pero últimamente mis sueños resultan más verosímiles que lo que está ocurriendo en los ya dos meses que ha durado la pandemia: me casé con el Príncipe William; compartí celda con Charlie Manson; maté a Trump, y salí en una película de Wes Anderson. Fui policía y perseguí a los villanos; fui una bailarina exótica en paños menores; conversé con Josefina la cantora y chillamos juntas; estuve a la vez en Chipilo vendiendo crema y quesos y en el Palacio de Invierno bebiendo vodka y comiendo caviar con Pedro El Grande.
“He tenido sueños extrañísimos”, me dijo un paciente en una conversación virtual. Me gustaría contestarle, pero no debo, que en esta surrealista época de encierro yo ya no sé si lo que me pasa es real o imaginado, si estoy en la vigilia o dormida, soñando, alucinando o escribiendo, que es casi lo mismo.
Karla Zárate
15 de mayo, 2020
Esther Charabati
14 de mayo, 2020
Mateo Aguilar Mastretta
13 de mayo, 2020
Teresa Zerón-Medina Laris
12 de mayo, 2020
José Woldenberg
11 de mayo, 2020
Melissa Cassab
10 de mayo, 2020
Guillermo Fadanelli
9 de mayo, 2020
Delia Juárez G.
8 de mayo, 2020
Nicolás Medina Mora
7 de mayo, 2020
Natalia Mendoza
6 de mayo, 2020
Juan Pablo García Moreno
4 de mayo, 2020
Esteban Illades
3 de mayo, 2020
Daniela Tarazona
2 de mayo, 2020
Álvaro Ruiz Rodilla
1 de mayo, 2020
Kathya Millares
30 de abril, 2020
Arnoldo Kraus
29 de abril, 2020
Soledad Loaeza
28 de abril, 2020
Héctor Aguilar Camín
27 de abril, 2020
Andrea Januta
26 de abril, 2020
Ronaldo González Valdés
25 de abril, 2020
Ana Sofía Rodríguez Everaert
23 de abril, 2020
Ángeles Mastretta






















