Covidario
29 de mayo, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

Mi día es un vaivén desbalanceado de emociones y estados de ánimo, y reconozco nuevos sentimientos tanto como espacios polvorientos en mi hogar. Hoy desperté con la fuerza de reconocer a dos compañeras que se alojan en mi casa, que me son incómodas y he evitado a ultranza: la angustia y la melancolía. Cada una tiene un rincón asignado, nos saludamos vagamente y por lo general nos ignoramos. Nosotras ya practicábamos la “sana distancia” antes de que se volviera popular.

En la vida cotidiana las mantengo en la oscuridad: el ajetreo, el cansancio y el ruido las apagan. Se aparecen ocasionalmente como luciérnagas en las noches de insomnio y los domingos, ahí cuando el tiempo es largo e irreconocible. A veces nos topamos, y cuando no las puedo evitar, me siento acorralada e inmovilizada por ellas. Así fue hace dos días, mientras estaba arrodillada en la cocina tratando de quitar una cáscara de mango seca con las uñas, pensando en lo mucho que falta para la próxima primavera de mangos y jacarandas. Sentí los cuchillos que recién había lavado encajados y fríos sobre mi espalda, como una dolorosa noche de estrellas sobre mi piel, de esas que tengo tantas semanas sin ver.

Ilustración: Kathia Recio

Estos días la angustia y la melancolía cada vez ocupan más espacio y su presencia se vuelve inevitable. Así que hoy es un buen día para repensar mi relación con ellas. Las quiero escuchar, aunque sus verdades me resulten tan aplastantes como estas paredes que me rodean. Hoy les pediré que me hablen de este mundo cruel e injusto, y que me recuerden de esas relaciones que tenemos que retomar y procurar. Ahora sí estoy dispuesta a que me sacudan con la consigna de que la vida es corta e incierta y que siempre es una buena ocasión para decir “te quiero” y “te extraño”.

No sé por qué las he ignorado tanto, si son ellas quienes me han hecho lanzar desde mi ventana una serie de promesas que me dan fuerza para seguir. De pronto las veo guapas. Ya no me apetece esconderlas y prensarlas como a las flores que uso como marcador, las quiero llevar como una corona en este pelo que crece tanto como mis ganas de salir. Así que hoy por la noche les invitaré unos vinos y me haré su amiga. Les preguntaré si quieren que nos acompañemos en nuestras soledades. Acariciaré su rostro, les hablaré al oído y bailaré con ellas. Hoy me las llevaré a la cama.

Ya no quiero saber qué es tenerlas ausentes, las quiero como un recordatorio permanente que sacuda y agite cada uno de los días cuando regresemos a la “normalidad”.  Entiendo que estar cerca de ellas no es negar la vida, sino abrazarla. Y es que ahora que hablamos más que nunca de fortalecer nuestras defensas, pienso sobre todo aquello de lo que no me quiero inmunizar. Quizá de la melancolía y de la angustia no hay vacuna por una buena razón.

 

Ana De Luca


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Publicado en: Covidiario