Covidiario
14 de julio, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

Tuve que ir al dentista y me acompañó mi papá. Antes de tocar el timbre nos aseguramos de tener bien acomodados los cubrebocas. Tocamos la puerta del edificio-cubo-de-cristal donde está el consultorio dental y fuimos recibidos por una señorita que nos hizo señales desde dentro comunicándonos que no entráramos hasta que salieran dos personas. No sé ni cómo la entendimos a través de su uniforme: cubrebocas, guantes y bata sanitaria. En cuanto abrimos la puerta para entrar nos recibió la misma señorita con una pistolita de temperatura apuntada a la frente. El termómetro marcó 36.0 grados. Pude pasar.

Una vez dentro, la misma persona nos guio a un extrañísimo ritual de sanitización. Primero que nada, los zapatos. Evidentemente, pues hay que desinfectar y aislar los zapatos para lograr un adecuado lavado dental. El proceso es el siguiente: se debe poner el zapato en el ya cotidiano tapetito mojado con desinfectante, para después pisar con fuerza una máquina que expulsa láminas de plástico que se adhieren a la suela de los zapatos por medio de aire caliente. Lo tuve que hacer dos veces con uno de mis pies porque no me quedaba claro el proceso. Una vez aislados los zapatos, lavé mis manos con gel antibacterial y las envolví en guantes quirúrgicos. Cuota de plásticos totales no reciclables: de 4 a 5 por persona. Como último paso, llené un formulario con información personal que pudiera ser de utilidad en caso de un brote.

Pasamos y muy cuidadosamente nos sentamos a metro y medio de la única otra persona que estaba en el lugar. Las sillas eran pequeñas, azules y bajas y su objetivo no era ser útiles, sino verse modernas. Mientras esperábamos a que me llamaran, me percaté de que el último disco de Nicolas Jaar estaba armonizando una absurda composición de videos en alta definición que estaba en proyección constante detrás de los escritorios de las recepcionistas. No pasó mucho tiempo hasta que una nueva persona, pero ahora vestida con un traje completo, goggles y tapabocas, dijo mi nombre. No me quedó más que seguirla y confiar en que este lugar sí seguía siendo un consultorio dental y no una estación para enviarme a Marte. Me guio a una sala rodeada de acuarios con pececitos que solía ser el cuarto de juegos para los niños y que ahora funciona como una estación de higienización más. Pasé y me pusieron una bata azul de hospital que sacaron de una bolsa de plástico no reciclable. Cuota: seis plásticos de un solo uso.

Ilustración: Víctor Solís

Vestida de ese modo seguí a la señorita y me pasó a una sala en la que nunca había estado, en donde todas las paredes estaban decoradas con una mala copia descolorida del universo de la caricatura Adventure Time. Me recosté en el sillón dental y vi que directamente en mi línea ocular había una televisión pasando un programa español cuya premisa parecía indicar que alguien se había robado un tesoro de la Compañía de Jesús. A diferencia de la trama de este drama, mi lavado de dientes fue rápido y sencillo. Duró sólo veinte minutos y no tuve dolencias.

Al salir, me encontré con mi padre en la sala de espera, donde había nuevas personas, y nos dirigimos a pagar el servicio. Mientras esperábamos a que pasara el pago noté que un niño se acercó a la sala de juegos y una de las recepcionistas le decía que no, que ahí ya no se podía jugar. A mí, como al niño, también me dieron ganas de llorar. La pandemia nos quitó a los dos el juego.

Nos dirigimos al vestíbulo donde nos lavamos los pies y la cara y, no sin culpa, tiramos a la basura, como nos indicaron, el plástico de los zapatos y los guantes y la bata azul que yo usé. A nuestra salida entraron dos nuevas personas que fueron recibidas con la pistola de temperatura en la frente y una explicación sobre el funcionamiento del ritual de higiene. Una vez en el coche mi papá se volteó y me dijo: “Oye y para esto, a ver cómo te quedaron los dientes”. Me quité el cubrebocas y le sonreí, una sonrisa que hoy nadie puede ni debe ver en la calle.

 

Camila Ordorica


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Publicado en: Covidiario

Un comentario en “Covidiario
14 de julio, 2020

  1. Muy bien narrado el episodio, y sí, la cantidad de plástico desechable de un solo uso que se está tirando a la basura durante la pandemia es uno de los mejores índices para calibrar la enfermedad mental que padece la Humanidad. Hubo una época en que a la apendicitis la llamaban «el cólico miserere» porque te llevaba derecho a la tumba y a que te cantasen el gorigori lúgubre de los entierros. Lo del Covid19 va camino de convertirse en el plástico miserere; terminará ahogándonos el plástico desechado, antes que el virus.

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