Covidiario
5 de junio, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

Me despierta la docena de gallos de pelea que tiene el vecino y maldigo el momento en que se me ocurrió irme a vivir a un pueblo, pero un momento más tarde, al incorporarme de la cama y ver la montaña y las copas de los árboles del jardín por la ventana, cambio de idea radicalmente. Es tal vez, pienso, el lugar menos malo para capotear las inclemencias de un apocalipsis zombie. Doy gracias por el cielo azulísmo y por el jardín. Voltaire, nunca más acertado como ahora. En el estanque empiezan a abrir los nenúfares de múltiples colores: azules, blancos y rojos. Mientras desayuno reviso el diario en el iPad y me entero de que estar bien con nuestra conciencia, no mentir y no traicionar ayuda a que no nos enfermemos de COVID-19, según el presidente de México. Frunzo el ceño y me rasco la nariz. También descubro que la encargada de la política interior del país no usa cubrebocas porque está “blindada” gracias a unas gotitas de nanomoléculas de las partículas de nanocítricos. Me pregunto si el limón de la entrada de la casa habrá empezado a florear en estos días y si habría forma de convertir los frutos en esa nanopócima tan poderosa.

Comienzo a trabajar y me doy cuenta de que he avanzado poco. Sin embargo, me distraigo muy pronto porque escucho una gallina cacarear en el corral a la vuelta de la biblioteca. Confieso que en estos meses he desarrollado una fascinación morbosa por las gallinas: paso horas observándolas. Hay un gallo que se comporta como un tirano benévolo, algo dado a abusar de las gallinas, las cuales, sin embargo, siempre lo protegen con celo. ¿Es el Leviatán? No: es un machito. En la parvada hay tres gallinas nuevas que traje casi al tiempo que comenzaba la cuarentena. Son más jóvenes que las demás y rápidamente fueron puestas en el fondo de la jerarquía social del gallinero. Parias. La crueldad de las gallinas alfa me sorprende: no dejan comer, dormir, echarse ni beber a las recién llegadas, al grado de hacerles sangrar las crestas a picotazos. Cuando me percaté de tamañas injusticias dejé de ser un observador de la naturaleza y desde entonces me he dedicado, escoba en mano, a ser el Lord Protector de las gallinas benjaminas. Sin embargo, al poco tiempo descubrí que entre las tres gallinas nuevas también había jerarquías: una de ellas era ligeramente más joven que las otras, las cuales rápidamente comenzaron a darle el mismo trato que ellas mismas recibían de las gallinas veteranas. Y entonces me acordé de un pasaje de la novela de la sudafricana Nadine Gordimer, La hija de Burger, en el cual Rosa, la protagonista, ve cómo un viejo negro muele a palos a un burro. No se atreve a contenerlo porque a sus ojos él es la verdadera víctima. Después de eso no pudo volver a su país. Las gallinas jóvenes no eran mejores que las gallinas viejas: sólo esperaban su turno para oprimir. No es una casualidad que el origen de la expresión en inglés pecking order como sinónimo de jerarquía social venga precisamente de las gallinas.

Busqué infructuosamente el huevo faltante y finalmente me puse a trabajar hasta las dos de la tarde. A esa hora, en una librería en Los Ángeles, se llevó a cabo la presentación virtual del libro de Merlin Sheldrake, Entangled Life: How Fungi Make Our Worlds, Change Our Minds & Shape our Futures (Random House, 2020). Lo presentaba la extraordinaria escritora y naturalista inglesa Helen McDonald (H is for Hawk). El libro es una notable  historia natural de los hongos: desde sus propiedades psicodélicas hasta su ubicuidad en prácticamente todo el planeta. Al parecer sólo los líquenes son capaces de sobrevivir en el espacio, expuestos a la radiación solar. Son los mejores candidatos a colonizar otros planetas. Sin embargo, lo que me sacó de la modorra que comenzaba a apoderarse de mí fue el descubrimiento de los hongos Ophiocordyceps unilateralis que habitan en los trópicos. Tendré pesadillas esta noche, pensé mientras escuchaba a Merlin. Esos hongos convierten a las hormigas en zombies. Cuando una espora cae en el exoesqueleto de una de ellas y germina, el cordyceps echa raíces que penetran en los miembros del insecto. El hongo toma el control de su cuerpo y obliga a la hormiga a buscar un lugar sombreado y con la humedad propicia. Una vez ahí, la hace trepar por un árbol o arbusto hasta cierta altura donde hace que la hormiga muerda con sus mandíbulas el tallo de una hoja y quede así anclada. Al paso del tiempo muere devorada por el hongo que, al final, emerge de la parte trasera de la cabeza en la forma de un pedúnculo, para liberar miles de esporas. Quedé tan impresionado que lo busqué en Google y hallé un video donde se puede ver a las hormigas infectadas por el hongo.

El bochorno de la tarde no me pudo hacer olvidar a Ophiocordyceps unilateralis. ¿Habría un equivalente político de la infección por cordyceps? ¿Una espora que nos colonice el juicio? Mientras se hacía de noche pensé en mil formas de escapar al bochorno. Finalmente di con una y olvidé por un rato al hongo. Mas por la noche pensé que la subversión, la infección, del virus que tiene a la humanidad en jaque no es nada nueva en el mundo natural. Lo nuevo es nuestra inteligencia que nos separa de las gallinas y las hormigas. Una nota de aliento. Sin embargo, cerré la ventana antes de acostarme, por aquello de la esporas…

 

José Antonio Aguilar Rivera


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