Covidiario
2 de junio, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

Los días pasan lento. En marzo, cuando inició la cuarentena y todavía creía que el encierro implicaría sólo algunas modificaciones temporales a mi vida “normal”, los días eran todavía más largos. Mi changuita, que entonces tenía 15 meses, comenzó a despertarse a las 5 a. m. todos los días y, por obvias razones, no del mejor humor. Yo, con algo de culpa, desde que despertaba contaba el tiempo que faltaba para su siesta del mediodía. Apenas son las 7. Ya llevo dos horas despierta y todavía faltan cinco horas para que se duerma. Cuando finalmente se dormía, en vez de sentarme a escribir, limpiar la casa, e intentar hacer ese curry que me había aparecido en Instagram, yo también caía como tabla, tratando de reponerme del insomnio y la desmañanada. Por ahí de las 2 de la tarde que despertábamos las dos, mi cabeza se enfocaba en encontrar actividades para entretenerla hasta las 8 de la noche que se iría a dormir. En realidad solo hasta las 6:30, que viene la cena, y después el baño, cuento y dormir.

Debo confesar que antes de la cuarentena no sabía arrullar a la changa (el experto en dormirla era su papá, seguido por su niñera, quien desde inicios de marzo se quedó en su casa). Así, la expectativa de que finalmente se durmiera y pudiera yo tener un par de horas para mí estaba mezclada con una gran ansiedad de si lograría dormirla. Empecé a cantarle canciones de cuna. Mi repertorio se amplió de una a ocho. Un día, no sé por qué, le canté “El piojo y la pulga” de Pedro Infante y me di cuenta de que cualquier canción funcionaba. Ahora su favorita para dormir es “Mujer divina”, en la versión de Natalia Lafourcade, a quien mi hija se refiere con toda naturalidad como “Natalia”, como si se tratara de otro de sus familiares a los que, ahora, también ve sólo a través de una pantalla.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Desde esas primeras semanas, al principio por desesperación y ahora por una suerte de ritual, cuando siento que finalmente logró dormirse le pregunto, susurrando: “¿estás dormida o despierta?”. Si no contesta la pongo en su cuna. Si me contesta, también susurrando, “apeeeeta”, me echo otra vez la canción entera, ahora en voz más bajita. A veces, por pasar el rato, a plena luz del día le pregunto si está dormida o despierta, y siempre responde “apeeeta”, susurrando: como si esa palabra se dijera así, en quedito.

Al cabo de pocas semanas superé al papá como la arrulladora oficial, mi hija regresó a despertar a su hora de siempre, y yo renuncié a la fantasía de que lo que había sido mi vida hasta entonces podía continuar más o menos igual durante las dos horas de su siesta.

Si los días, con todo, suelen ser lentos, las semanas se pasaron sorprendentemente rápido desde el inicio de la cuarentena. En algún momento de abril me di cuenta que las horas y las semanas se comieron a los días. Lentamente, veía cómo de las 7 daban las 8, luego las 9, luego las 10 (la hora de mojarse con la cubeta), luego las 11 (colación), y de ahí las 12 (siesta). En cambio, de un viernes pasábamos vertiginosamente al otro, y llegaba de nuevo el momento de planear actividades para sentir que el fin de semana era un auténtico fin de semana. Paseamos a los perros, comemos pizza, germinamos plantitas. Una vez trepamos un árbol. Hace dos o tres semanas volamos un papalote. No tuvimos mucho éxito, pero ella se emocionó igual. También hemos tratado de atrapar pajaritos. Desde entonces todo lo que pierde de vista “voló”. ("¿Dónde quedó el pañal sucio?". "Voló", me contesta con cierta resignación.)

Casi todos los sábados empiezan con hot cakes y siguen con un paseo en bicicleta. La changuita empareja a cada uno con su respectivo casco, y después con su respectiva bicicleta (o, en su caso, la sillita para la bicicleta). Creo que todos los niños de esta edad tienen una suerte de impulso aristotélico, la necesidad de saber que los objetos que componen el mundo tienen una función esencial, constitutiva, o por lo menos una relación estable con las otras cosas o personas. Los zapatos tienen que estar en su pie (aunque ya tenga puestos otros zapatos), mi celular tiene que estar conmigo, el de su papá con su papá. Si estamos en la cama tengo que estar de mi lado y acostada sobre mi almohada.

Ahora el tiempo parece no pasar en semanas, sino en meses. Empezamos junio y me doy cuenta de que la changa empezó a caminar a principios de marzo, el fin de semana antes del encierro. Me da algo de tristeza pensar que nunca ha estado suelta por el parque, por las calles, por el mundo. No he tenido que perseguirla para que no la atropelle un coche, ni para que no se me pierda entre la gente —algo que vi a tantos amigos hacer y que, yo también pensaba, era algo constitutivo de ser padre de un niño que empezaba a caminar.

Pero hoy, 2 de junio, pienso que si algo nos ha enseñado esta cuarentena es que quizás no haya nada constitutivo, ni natural. Para mi hija, lo natural es convivir con sus parientes a través de una pantalla, salir a pasear y que las calles estén vacías, que todos los humanos vengan con casco (o mascarilla), y que la palabra despierta se diga, siempre, en voz baja.

 

Sara Hidalgo


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