En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.
He estado guardada noventa días que me han sacado un tanto igual de canas pero, comparados con los 14 600 albores que lleva mi vida, este aislamiento no tendría que caber ni como margen de error. Me he convertido en una cuarentona en cuarentena. He perdido más de una quiniela apostando para ver cuándo ya estaríamos fuera; me consuela saber que la falta de acierto no ha sido mi exclusividad porque estos tres meses nos han hecho contar el tiempo como si fuera el evento. Y quizás. Lo indudable es la paradoja de que uno de los sucesos más socializados de la humanidad nos haya distanciado socialmente. Distancia física, afirman los optimistas, pero a mí luego sí me da por extrañar estar con más gente, aunque las mías sean quejas por convivir, si gracias a las reuniones en línea mi vida social se ha incrementado de forma considerable. Mis lamentos, si acaso, son por mi cincoañero que añora saltar encima de sus amigos, corretear y jugar con sus coetáneos. ¿Hacemos videoconferencia con Mateo, quieres hablar con los demás amigos para contarles cómo ya tiene flores el jitomatito que sembramos al inicio de este confinamiento sin fin? Platícales tú, responde zanjando cualquier otro incordio de su madre mientras se aprovecha de la coyuntura para recordarme a cada instante que ya no es un bebé: no se pueden dar besos, mami.

Ilustración: Víctor Solís
Mi hijo entra a sus clases virtuales en desorden: responde cuando le toca estar silenciado y se queda callado en su turno de hablar. Y, aunque a mí me confiesa (en su nuevo e infame horario para dormir) a las diez de la noche que su número favorito es el infinito y que seis cabe tres veces en dieciocho, a sus maestras les responde que lo que más ha hecho durante la contingencia ha sido echarse gases. La casa, por donde se inspeccione, tiene resquicios de niños confinados y yo, por más que he intentado militarizar mis horarios, me he convertido en una fábrica a deshoras de sándwiches, manzanas cortadas y molletes. Aun así, tener hijos aclarándome a cada segundo que la vida continúa ha sido estabilizador porque no me da para enfocarme en el mañana, sólo en la mañana que tengo presente y que me recuerda que no hay tiempo suficiente: necesito hornear todos los pasteles que jamás me he comido, porque eso nos mantiene en el momento mientras el desorden de mesas enharinadas y aspas chupadas me avizora un futuro de limpieza nocturna —y de otros tantos kilos extra que me esperan bajo los pants.
Mientras mi yo prerreproductiva me ve con cara de fuchi y se escandaliza porque mis hijos son educados por Nickelodeon, mi yo en tiempos de coronavirus, cuando no es árbitro del cuadrilátero en el que se ha convertido mi sala, se dirige a la frontera del ocio que no sólo es vicio, sino también desesperación. Allí me voy, a veces, a husmear en redes sociales las publicaciones de cachorros en adopción y me imagino abrazando a un bichito que salta divertido con sus hermanos humanos. Después entro en razón y dejo de guardar el anuncio porque, ya se me advirtió, traer otro animal a esta casa podría ser causal de divorcio y, francamente, superar la pandemia del siglo para terminar divorciada por un perro sería un reto al destino digno del Siglo de Oro del cine mexicano. Así que me concentro en un estrés a la vez: coronavirus-coronavirus-lávate-las-manos-haz-lo-que-te-digo, canta mi hijo y yo suspiro porque ya vamos a la mitad, creo, aunque no entiendo bien las gráficas de las siete de la noche con campanas de Gauss superpuestas como los sellos que coloca mi hija y luego colorea desbordándose. Me dan ganas de aleccionar al subsecretario como lo hago con mi tresañera: se están saliendo mucho de la línea, yo creo que no están tomando bien la crayola, y ya mejor me concentro en mi propia preescolar a quien sí le aplico la López-Gatellina: #QuédateEnCama. Igual no entiende, como los que organizan sus fiestas en el pico eterno del contagio que ya nos ha durado más de un mes. Así mi hija, una noche sí y la otra quizás se pasa a mi cama. Tal vez, como al gobierno, me falta el posesivo: en tu cama, niña, quédate en TU cama. Igual los pobres chamacos están desconcertados, pues quién no.
El mundo está desbocado y sé que no soy la única que viendo el panorama agradece su circunstancia aunque viva perseguida por la sensación ominosa, la ropa oxidada en cloro, las manos quebradas en detergente y el porvenir incierto. El coronavirus llegó a nuestras vidas con el halo de amenaza como una versión alfa del Coco, por eso mis hijos juegan a perseguirse a las nuevas “trais”, riéndose mientras gritan eufóricos que ya se contagiaron cuando su congénere lo alcanza y su mamá vocifera, sin autoridad, que ni de broma. Las serenatas constantes de cilindreros, marimbas y bandas traducen lo que me dice mi estado de cuenta: la crisis económica es tan palpable como los rumores de las ambulancias. La ilusión de la certidumbre (¿de qué?) se esfumó y cuesta trabajo asirse a la nueva normalidad que quién sabe qué sea. Subí al cuarto piso y mi probabilidad de agravamiento de enfermedad ante un posible contagio de COVID-19 escaló a 52 %, me informa una calculadora del IMSS a la que ingresé por chismosa y solté por miedosa, porque es cierto que el tiempo es oro, pero la salud tesoro y no quiero ni analizar los números de mis seres queridos. Así que mejor me concentro en lo que tengo enfrente: buscar recetas de pasteles para mis hijos que, con certeza, también cumplirán años durante esta cuarentena centenaria.
Ana Lucía Guerrero
15 de junio, 2020
José Manuel Velasco
14 de junio, 2020
Mercedes Aguilar Soto
13 de junio, 2020
Margarito Cuéllar
12 de junio, 2020
José Ignacio Lanzagorta García
11 de junio, 2020
Mary Carmen Sánchez Ambriz
10 de junio, 2020
Jennifer Clement
9 de junio, 2020
Felipe Aguilar
8 de junio, 2020
Luisa del Rosario Aguilar Ruz
7 de junio, 2020
Luis Javier Plata Rosas
6 de junio, 2020
Lilian Chapa Koloffon
5 de junio, 2020
José Antonio Aguilar Rivera
4 de junio, 2020
Alma Maldonado-Maldonado
3 de junio, 2020
Latife Salame Khouri
1 de junio, 2020
Carlos Eduardo López Cafaggi
31 de mayo, 2020
Yolanda Soler Onís
28 de mayo, 2020
Luis Miguel Aguilar
27 de mayo, 2020
Sofía Ramírez Aguilar
25 de mayo, 2020
Catalina Aguilar Mastretta
24 de mayo, 2020
Sergio Ramírez
23 de mayo, 2020
Valeria Villalobos Guízar
22 de mayo, 2020
Ariel Rodríguez Kuri
21 de mayo, 2020
Raúl Bravo Aduna
20 de mayo, 2020
Rafael Pérez Gay
16 de mayo, 2020
Hernán Bravo Varela
15 de mayo, 2020
Esther Charabati
14 de mayo, 2020
Mateo Aguilar Mastretta
13 de mayo, 2020
Teresa Zerón-Medina Laris
12 de mayo, 2020
José Woldenberg
11 de mayo, 2020
Melissa Cassab
10 de mayo, 2020
Guillermo Fadanelli
9 de mayo, 2020
Delia Juárez G.
8 de mayo, 2020
Nicolás Medina Mora
7 de mayo, 2020
Natalia Mendoza
6 de mayo, 2020
Juan Pablo García Moreno
4 de mayo, 2020
Esteban Illades
3 de mayo, 2020
Daniela Tarazona
2 de mayo, 2020
Álvaro Ruiz Rodilla
1 de mayo, 2020
Kathya Millares
30 de abril, 2020
Arnoldo Kraus
29 de abril, 2020
Soledad Loaeza
28 de abril, 2020
Héctor Aguilar Camín
27 de abril, 2020
Andrea Januta
26 de abril, 2020
Ronaldo González Valdés
25 de abril, 2020
Ana Sofía Rodríguez Everaert
23 de abril, 2020
Ángeles Mastretta
