Covidiario
11 de junio, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

La vida detrás de las cortinas nos hace imaginar que hoy somos larvas de mariposa.

Hace cuánto que el viento no despeina nuestros cabellos y la piel no recibe el sol de manera directa.

Nos resguardamos detrás de los muros. Afuera hay una guerra silenciosa, el enemigo a vencer es invisible y puede acabar con nuestras vidas porque no somos deportistas de tiempo completo; vivimos a salto de mata, consiguiendo lo necesario para sobrevivir a las embestidas de las deudas, la renta del departamento, la colegiatura y la subsistencia diaria.

Leemos, escribimos, releemos.

Limpiamos, cocinamos, lavamos.

La vida no está en otra parte, está aquí.

Escuchamos a Paganini, a Scorpions —tareas escolares de la clase de música— y a la banda con tambora que se coloca en el camellón una vez a la semana. “Take me to the magic of the moment/ On a glory night/ Where the children of tomorrow dream away/ In the wind of change”, canta nuestra hija para un video que debe grabar.

Sonreímos cada vez que pensamos que ha muerto la prisa y tratamos de reconciliarnos con la idea de que todos los días parecen domingo.

Armamos rompecabezas en equipo. Invadimos con las piezas la mesa del comedor y eso nos exige a recurrir a una mesita improvisada o a organizar un picnic en la sala. No nos preocupa si se riegan migajas porque uno de nosotros ha demostrado tener mucha pericia con la aspiradora y hasta parece no disgustarle cada vez que le toca entrar al ruedo.

Tenemos sitios preferidos del departamento: mientras él prefiere resguardarse en la sala-biblioteca, ella en la cocina y un escritorio, y la niña en su recámara.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Ha habido días en esta pandemia que nos hemos sentido acalorados, enojados, creativos, tristes, cobijados, apoyados, asertivos, divertidos, inquietos, agobiados, tranquilos, postergados, festejados, acompañados, sorprendidos, ávidos y con la necesidad de hablar con alguien más que no seamos nosotros, siempre nosotros.

Los gatos nos miran un tanto confundidos. No los hemos dejado solos, hace semanas que no salimos del departamento. Han perdido bastante de su intimidad o tal vez ya nos han asignado un lugar dentro de la pequeña manada.

El silencio que gobierna en las noches hace tiempo que no era parte de la ciudad. Tampoco se oyen rechinidos de llantas ni música a todo volumen que delata a los jóvenes cuando van a una fiesta. No hay nada que celebrar.

Cada día nos parecemos más a los jóvenes japoneses, los hikikomori, que dejan de salir de sus habitaciones y pueden permanecer ahí por más de seis meses, un año o tal vez más. La vida de ellos es virtual y así evitan cualquier contacto físico con el mundo que en algún momento de su vida fue hostil con ellos. Hartos de tener que cumplir con determinadas expectativas que sus padres y la sociedad tiene destinado para ellos, quieren ser libres —paradójicamente— en el confinamiento.

La primera vez que leí de los hikikomori fue en un cuento de Mariana Enríquez, incluido en Las cosas que perdimos en el fuego. En el relato “Verde rojo anaranjado”, una chica se relaciona, a través de internet, con un amigo que se encuentra aislado en su habitación. También Enrique Vila-Matas en Dublinesca habla de los hikikomori, quienes tienen en Samuel Riba, un editor retirado, a un cómplice de esta tristeza prolongada que se acentúa por su negativa a salir de su departamento y la necesidad imperiosa de estar conectados días y noche a la red.

Construimos rompecabezas de 100 y 300 piezas o en realidad intentamos no fragmentarnos.

Escuchamos, desciframos, experimentamos nuevos sabores.

Recorremos nuestros pasos, callamos, añoramos.

Soñamos y recordamos las secuencias como si al narrarlas se exorcizaran y jamás pudieran realizarse.

Cuando Paganini tenía cinco años, su madre soñó que el diablo le decía que su hijo sería un gran violinista. Desde entonces su padre lo obligó a practicar el violín diez horas diarias.

Klaus Meine escribió “Wind of change” en 1990, motivado por los cambios políticos que ocurrieron en Europa del este como la caída del muro de Berlín, la caída de la URSS y el fin de la Guerra Fría. La pieza ha sido empleada como himno de paz y libertad.

Encierro es una palabra que es mejor desterrar de la cotidianeidad. Nos protegemos, cuidamos. Los presos viven un encierro. Los enfermos pasan por un internamiento. Los vivos permanecemos confinados, disfrazados de misántropos.

La gata vio la puerta abierta del departamento y salió. Su destierro duró menos de ocho minutos. Bajó y subió, y con eso bastó para provocar alarma en el rostro de la niña. Llegó, nos miró, mas la felina estaba más serena que cualquiera de nosotros.

Una sonrisa de alivio se nos dibuja en el rostro. Pronto terminarán las tareas escolares e iniciarán las vacaciones de verano. Menos batallas diarias.

Nunca faltan dos o tres personas que piensan que necesitamos acabar con el ocio y nos recomiendan una serie de actividades que jamás realizaremos: ver teatro musical desde Broadway, tomar clases de danza hawaiana o de cómo congelar los alimentos.

Dice Baudelaire que habría que añadir dos derechos a la lista de los derechos del hombre: el derecho al desorden y el derecho de marcharse. Sobrevivimos en el autoexilio, separados del resto de la familia, irredentos.

Se calcula que hay un hikikomori por cada diez jóvenes en Japón; en total, más de un millón de hikikomoris. “Un índice muy alto de fantasmas tumbados, de ensimismados tristes, de muertos en vida”, refiere Vila-Matas.

Nos soñamos fuera del aislamiento, caminamos por la ciudad. En nuestros sueños no existe la epidemia.

Nos crece el cabello, las insolentes canas.

Nos atrapa el sedentarismo, el tiempo, el repiqueteo de las teclas en la computadora, la ventana del Zoom al zoológico de seres vivos.

Mientras él duerme, la niña organiza un partido de futbol con los gatos, y ella elabora un recuento de los días inusuales.

Somos larvas en permanente introspección.

La vida detrás de las cortinas nos hace imaginar.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz


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