Covidiario
9 de junio, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

Suena el despertador exactamente a las 7:50. Mi jornada laboral empieza a las 8:00, pero como todos los días abuso del snooze y logro acomodar unos nueve minutos más de sueño. Algo que nos ha ocurrido inevitablemente durante el aislamiento es ese cambio de horarios donde estamos despiertos hasta tarde en la madrugada y despertamos justo a la hora para iniciar el día laboral. En el caso de Pao es hasta las 8:30, le doy un beso en la frente y la dejo sola con sus sueños hasta que sea su hora de levantarse.

Lo primero que hago todos los días es abrir la puerta del cuarto de Magaña, el conejo que nos regalaron y que ha dedicado su vida a mordisquear el departamento completo. Él ya conoce la rutina: cuando abro la puerta ya está ansioso del otro lado esperando para salir corriendo.

Magaña me acompaña a la cocina a preparar una jarra de café. Paso por la tarja y veo que quedan algunos platos sucios. Me extraña porque estaba seguro de que todo estaba limpio desde la noche anterior, pero aprovecho y lavo lo que quedó pendiente antes de empezar con el café.

Cerca de las 8:30, Pao se despierta y empezamos los dos con llamadas y conferencias desde temprano. La mesa del comedor se ha convertido en la oficina de ambos; media mesa la usamos para comer y la otra mitad para trabajar. Ambos tenemos la fortuna de poder realizar nuestro trabajo desde casa, pero esta nueva dinámica ha sido complicada. En el entendido de que nadie puede salir de su casa y las facilidades tecnológicas hacen que el día se convierta en una jornada laboral casi permanente, los horarios laborales se extienden y las juntas se pueden agendar a cualquier hora.

Entre llamadas y juntas, voy a servirme más café. Al llegar a la cocina me encuentro con más platos sucios en la tarja, de nuevo me extraño porque estaba seguro de que no había nada pendiente por lavar. Me resigno y lavo los platos que quedan. Mientras, el conejo aprovecha las horas de la mañana para recorrer el departamento: se sube a la cama a morder su almohada favorita, luego la cambia por las esquinas de algunas paredes y remata con los pies de Pao mientras ella habla por teléfono.

Después de un rato, Pao siente la necesidad barrer el departamento, parte de los síntomas del encierro. La barrida sólo desata la ira del conejo, que odia la escoba como pocas cosas en el mundo. Luego de pelear un rato con la escoba, nos muestra su indignación dándonos la espalda.

Entrada la noche, sigo en lo que espero sea una de las últimas llamadas del día y escucho que Pao se va a la cocina. Entre el sonido del agua corriendo, de los platos golpeándose y de Magaña atacando su plato de comida, me pregunta desde lejos: “¿en qué momento se nos juntaron tantos platos sucios?”.

 

Felipe Aguilar


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Publicado en: Covidiario

Un comentario en “Covidiario
9 de junio, 2020

  1. Ustedes están padeciendo con los platos sucios algo que en alemán se conoce como «die Tücken des Objekts», las trampas que nos ponen los objetos. Son una absoluta chingadera, para decirlo derecho viejo. Cuanto más caso les hagan, más platos sucios habrá. No les hagan caso. Terminan por cansarse. Lo digo por experiencia propia.

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