Covidiario
8 de junio, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

Lunes, 5:50 h. Me levanté con el habitual entusiasmo madrugador, organicé el mejor outfit deportivo posible —porque “mamá, aunque sea temprano y no haya luz te van a ver los vecinos”— y subí a la azotea: una de las novedades de la cuarentena que se ha convertido en parte esencial de mis días en casa. Subí, decía, y me encontré con la magnífica sensación de respirar el aire del nuevo día antes que muchos. Comencé mi caminata cuidando no pisar con demasiado énfasis para no despertar a mis hijos antes de tiempo y acompañada de la selección musical de hoy: “El malo”, el primero de varios álbumes en los que colaboraron Willie Colón y Héctor Lavoe, lanzado en 1967. En contraste con el título, la música es muy buena, buenísima y sorprendente diría yo: un pedazo del mundo sonoro de los inmigrantes puertorriqueños en el Nueva York de finales de los años sesenta, el fermento de eso que hoy llamamos “salsa”, guardado en ocho canciones. Por más de media hora el trombón de Willie y la voz de Héctor llenaron mi mañana de ritmo y una factura musical extraordinaria. Y así, casi sin darme cuenta, llegó la hora de comenzar la siguiente etapa de mi mañana de cuarentena: la escuela en línea. Mis hijos son cuates, tienen trece años y están estudiando el segundo de secundaria en escuelas distintas. Eso que normalmente no me causa mayor conflicto que el de confundir los nombres de los maestros, ha sido un reto en el encierro al que nos ha obligado el COVID-19, porque mis hijos son tan distintos como los sistemas a distancia de sus escuelas.

Ilustración: Estelí Meza

El colegio de Eugenia maneja una plataforma de mensajes, sin video, que no ha fallado ni por error; pero hay que decir que si no fuera así Eugenia encontraría la manera de estar conectada todos los días, porque en su cabeza no hay la menor duda de la conveniencia de tomar sus clases. José María, en cambio, lidia cotidianamente con los reveses de la amigable pero endeble aplicación de reuniones grupales elegida por su escuela para conectarse, y con su propias dudas —las mismas que yo tuve a su edad— respecto de la utilidad práctica de estudiar la secundaria: una combinación complicada, por decir lo menos, sobre todo a las siete de la mañana de un lunes que parece domingo, o sábado o cualquier otro día.

7:00 h:
—Mijito, ya conéctate.
—Mamá, ya puse todo y no me deja entrar.
—Pero ya tenías la clave de Zoom, ¿no? Ayer la revisamos.
—Sí, pero no es. Me dice que “el anfitrión está en otra reunión”.
—Bueno, ahorita pido la clave en el chat de papás.
—No, mamá, mira qué hora es; mejor ya entro a la siguiente.

Chat de papás de segundo:
—Hola, buen día a todos. ¿Alguien tiene la clave para entrar a la clase de las siete?
—Hola, sí. Hoy tienen clase de matemáticas a las siete y a las nueve. Te mando las dos claves.
—¡Mil gracias!
—¡De nada! Para eso estamos. Cualquier cosa me avisas. Lindo día
 
Una vez salvado el tropiezo de la clase de matemáticas gracias a ese paracaídas llamado WhatsApp, el día transcurrió en alegre normalidad: tareas, colaciones varias para todos, música, videos, clases de ballet y de jazz, más colaciones y entrenamiento de natación al estilo cuarentena: por Zoom y sin agua.

20:00 h. Eugenia, que no había parado en todo el día porque sus maestros son implacables, tenía que entregar su examen de música. Llevaba días trabajando en el proyecto: una composición de dieciséis compases en doce octavos que tenía que escribir en Sibelius 7, un sofisticado programa de edición musical. Me emociona que mi hija esté aprendiendo cosas tan útiles, pero reconozco que el nivel de exigencia de este examen es muy serio. El profesor, con un compromiso extraordinario, envió a todo el grupo patrones melódicos y rítmicos para facilitar el trabajo; pero Eugenia, siendo Eugenia, decidió irse por la libre y trabajar la pieza desde cero. Hizo bien. Me pidió ayuda para detallar el puente que lleva a la reexposición del tema y para que escuchara con ella la versión final. “Composición Eugenia” se terminó y envió en tiempo y forma. Pero, como era de esperarse, son las diez de la noche, las dos estamos muertas de sueño y aún falta limpiar la mesa, acomodar los cuadernos y todos los lápices, plumas, plumones, gomas, reglas y correctores que serán profusamente utilizados en las clases de mañana. Ante el panorama no se me ocurrió mejor cosa que sugerirle que dejara todo y se acostara:

—Mijita, ya descansa.
—¡Mamá! ¡No puedo! ¡Estoy trabajando más ahora que cuando iba a la escuela! ¡No he descansado desde que empezó la cuarentena!

Suscribo cada palabra.

 

Luisa del Rosario Aguilar Ruz


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Publicado en: Covidiario

Un comentario en “Covidiario
8 de junio, 2020

  1. Entiendo perfectamente la frase de Eugenia. Yo me jubilé el 31.12.1999, y en estos veinte años, cinco meses y nueve días he trabajado muchísimo más que en todos los 37 años de mi vida laboral activa. Casi me atrevo a decir que mi cuarentena comenzó el 1.1.2000.

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