Covidiario
14 de junio, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

Mis días son como un casete que podría titularse Pandemia blues. Tiene dos lados. El lado A, cuando siento que inicia el ciclo, son los días de guardia; el lado B es el día libre.

El lado A comienza temprano, me despierta el sonido de la alarma para meterme a bañar, casi siempre después de una noche de sueño deficiente. Me baño, desayuno algo ligero y salgo a la guardia. Por supuesto que el desayuno incluye café, sustancia a la que me hice dependiente para funcionar hace ya algunos años, bajo el riesgo de que me den ganas de ir al baño y tenga que esperar hasta la hora de comer para quitarme el equipo de protección.

Ilustración: José María Martínez

Llego al hospital y me cambio, siempre en el mismo orden, la misma rutina. Empieza el día. Atender a los pacientes, revisarlos; ver, dentro de lo que uno puede revisar con una barrera física gigante, que el paciente no se esté deteriorando. Acompañarlos en la angustia de estar hospitalizados por una enfermedad incierta.

La guardia dura doce horas, menos que una guardia convencional, pero creo que no aguantaría más tiempo con el traje de protección. Esas doce horas no me alcanzan para terminar el trabajo y siempre me voy más tarde. A veces los pacientes se complican y esos son los días más difíciles. Los residentes de medicina interna no manejamos ventiladores, aunque sí identificamos a aquellos pacientes que requieren ser intubados.

Desde muy primeriza en la vida médica siempre me he involucrado de más con los pacientes. Me afectan sus historias de vida, sus historias médicas y cuando no tenemos más que ofrecer. Mucho he debatido conmigo misma si está bien o mal; una discusión que aún no concluye. Creo que me ayuda a ser más responsable, pero también me derrota cuando un paciente llora al oír que lo vas a llevar a terapia intensiva porque sabe que lo van a intubar, o cuando el paciente ve su saturación de oxígeno obsesivamente porque su tía falleció hace dos días en su casa por la misma enfermedad que ahora lo afecta a él.

Por fin llega la hora de la comida. Lo primero que hago al quitarme el traje es correr a hacer pipí. Comemos tranquilos, disfrutamos respirar sin el N95 aunque con las caras rojas e irritadas. Entre residentes platicamos sobre las cosas no médicas que hacemos en el día libre, el lado B del casete. Durante un momento se nos olvida que estamos en una realidad alterna, que este año de residencia cada uno tenía expectativas muy distintas y que ahora nos hemos adaptado a una vida nueva. Dentro del desorden de la pandemia ver caras distintas a aquellas con las que pasas el encierro es un privilegio.

Hablando de privilegios: siempre me recuerdo a mí misma que vivo en el privilegio. Tengo a dónde llegar, me ha recibido un primo para no exponer a mis papás. Tengo comida y techo. Como médico tengo equipo de protección y suficientes recursos para poder vigilar y atender a los pacientes. Me da culpa cuando me siento triste o frustrada porque siguen siendo una tristeza y una frustración que vienen desde el mayor privilegio.

Se acaba la guardia, sin falta antes de irnos hay que bañarnos. Las regaderas están llenas a la hora del cambio de turno, pero, como siempre se me hace tarde, a la hora que salgo ya no hay tanta gente. Llego a casa, me preparo la cena y veo algo en Netflix o leo la autobiografía de Oliver Sacks, que con su claridad de mente y manera de ver el mundo me da calorcito en el corazón. Aunque llego cansada, no puedo dormir inmediatamente, supongo que por las emociones acumuladas en el día.

El lado B empieza tarde, me cuesta trabajo despertar y cuando lo logro es porque ya tengo suficiente culpa respecto a mi falta de productividad. Me obligo a hacer ejercicio; tengo éxito más veces de las que hubiera pensado. El primo prepara de comer y yo lavo los trastes que se acumulan de manera exponencial. Intento leer algo de medicina distinto al covid y alguna cosa de covid, aunque de esta enfermedad lo que lees hoy mañana ya cambió. Después veo un rato Netflix o leo alguna cosa en internet. De repente, en el lado B me da por sentirme triste o angustiada. Me abruma todo lo que no procesé durante el lado A, toda la carga de emociones, la sensación de que nunca voy a regresar a mi vida como era. Pasan las horas y logro regresar a un estado de ánimo más neutral, sólo para tratar de mal dormir y empezar el lado A. Una vez más.

 

Mercedes Aguilar Soto


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