Covidiario
15 de junio, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

Los primeros días de 2020, cuando regresé del retiro de silencio, L me dijo que el mundo estaba —por enésima ocasión— al borde de la guerra. Estados Unidos había matado a un importante líder Iraní y este hecho había desencadenado una serie de amenazas y bravatas en el tablero geopolítico. Algunas voces aseguraban que la década del veinte sería la del derrumbe del sistema capitalista como lo conocíamos. El modelo chino —con su control omnímodo y su hipervigilancia— acabaría por implantarse en el resto del mundo. Antes de despedirse, L me sugirió ver los videos conspiranoicos del escritor David Icke y me regañó por usar microdyn para limpiar mis verduras. “¡Aguas!, que esa chingadera da cáncer”, ladró.

Mi único propósito de Año Nuevo fue hacer las paces conmigo mismo. Acabar con una década de estar yendo y viniendo de los pantanos de la depresión. En enero decidí abandonar los viejos hábitos: dejé las pastillas, el café, el alcohol y las drogas de fin de semana. Cambié a una dieta vegetariana e hice también otros cambios significativos: cerrar las redes sociales, lavar cada noche los platos sucios, bañarme a diario con agua fría y zanjar con la inercia de la queja. En la inminencia del colapso debía buscar un renacimiento.

Ilustración: David Peón

En febrero, C (hermano de L) me dijo que el día dos de ese mismo mes se abriría un portal energético, y que valía la pena estar atentos a esa coyuntura de transmutación kármica. El 02-02-2020 (cifra capicúa) era una oportunidad para tomar fuerza de los planos sutiles y volver a la cotidianidad armado de fe y confianza en el futuro. Un tanto escéptico de los avances en mi búsqueda de paz (y para desintoxicarme del microdyn), acepté la invitación a participar en un temascal en las faldas de la Peña de Bernal. Al terminar la ceremonia, C me aseguró con una sonrisa de entusiasmo: “¡Este año vamos a despegar!”.

Dos años antes había volado ya en las montañas de Oaxaca. Mi camino de sanación había iniciado con un viaje de hongos del que salí con un diagnóstico revelador: no estaba respirando bien. Durante años, el miedo y la angustia me habían robado el aliento; si quería sanar debía aprender a respirar otra vez y para lograrlo existía un camino: meditar. El retiro a principios de año significó un parteaguas: diez días para batirse a puño limpio con los fantasmas. Después de leer mi hoja de aplicación, el maestro me advirtió: “Si has padecido depresión, es muy probable que te enfrentes a ella al meditar. No te angusties: respira”.

El día del amor y la amistad, una sensación de ahogo y fuertes dolores en el pecho me arrastraron al consultorio del psiquiatra. Con un nudo en la garganta le pedí una receta para volver a mis cocteles de fluoxetina y clonazepam. El doctor F (un hipnotista Eriksoniano tan sereno como el Dalai Lama) me pidió que tuviera paciencia: “Estás a toda madre”, me dijo, “Sigue meditando y no escuches pendejadas: respira”. Al son de este mantra llegó marzo; la Secretaría de Salud anunció la implementación de la sana distancia como medida preventiva. El coronavirus estaba entre nosotros. Como hipocondríaco en rehabilitación, viviendo solo con dos perros, evité la tentación de los termómetros y juré no interpretar ningún estornudo; asumí que la sana distancia que debía procurar era frente a mis pensamientos.

Redoblé la disciplina y juré estar a la altura de las circunstancias. Incorporé a mi dieta los preparados alcalinos de limón y jengibre; atendí puntualmente a mis horarios de meditación; compré aceite de lavanda; preparé un curso monográfico sobre la vida y obra de Lev Tolstói; y tramité un permiso para ir a caminar a los jardines de un residencial lujoso. Como era de esperarse, en los senderos por donde antes ocasionalmente aparecía algún caminante, ahora podían verse pequeñas manadas de corredores y ciclistas. Por momentos, aquellos jardines idílicos recordaban a las áreas verdes de algunos centros psiquiátricos.

Una tarde fui a caminar con D y acordamos que la sociedad entera estaba experimentando un intenso “centrifugado psicológico”. Hablamos de la gente enfrascada en sus teléfonos, opinando a toda hora y padeciendo fuertes delirios de rivalidad política. Establecimos una escala del 0 al 12 en la que el 12 representaba el colapso de la civilización. A finales de mayo nos pareció que la cifra alcanzaba el 2.5. Lo peculiar de esta crisis, concluimos, era su persistencia de baja intensidad, semejante a un tinnitus que poco a poco iría aumentando su agudeza. Naturalmente, esa noche me zumbaron los oídos.

Otro día me llamó R. “¡José! Mis amigos de la Cruz necesitan ayuda. No tienen nada qué comer”. R trabaja en un bazar en el centro de la ciudad. A sus cincuenta y seis años, con veinticinco sesiones de quimioterapia encima y un cáncer que no la suelta, R atiende a la población en situación de calle que sobrevive en el Barrio de la Cruz. A causa del cierre de las plazas públicas y del descenso del flujo peatonal, me explicó R, los pepenadores se las estaban viendo negras para sobrevivir comiendo de la basura. Otros se habían negado a desplazarse al albergue que el gobierno municipal instaló en el Parque los Alcanfores y se guarecían dondequiera que Dios les hiciera un campito.

Ese día conocí a Juliana, una señora de cien años originaria de Amealco, que estaba trasnochando en la banqueta de Avenida Independencia; conocí a Gerardo, un tornero cubano desempleado, que a sus sesenta años enfrentaba por primera vez la desolación de dormir en la calle; conocí al “Baby”, mi tocayo, que tenía los pies llagados y sólo quería conseguir una colcha sin piojos; conocí a Juanita, a Flavio y a Pedro, a quienes les urgían unas monedas para comprar cigarritos. Los otros desplazados del coronavirus. Los desheredados de mi ciudad para quienes la tos, la fiebre y el mentado virus eran la última de sus preocupaciones.

A finales de mayo, la suma de los días de encierro comenzó a hacer mella en mi estado anímico. La rutina repetida en bucle (meditar, barrer, cocinar, lavar platos, dar clases en Zoom, caminar, trapear, lavar ropa, cocinar, lavar platos, Zoom) me arrastró por segunda ocasión al consultorio del psiquiatra. Esta vez iba decidido: tres noches de insomnio consecutivas, una creciente animadversión hacia mis perros y un sentimiento profundo de desesperanza requerían tratarse con un subidón farmacológico.

Después de escucharme, el doctor F me aseguró que lo más conveniente era no medicarme. Con mucha razón alegó que mi desánimo era natural y que —en su opinión— yo estaba sobrellevando bastante bien estos días de aislamiento e incertidumbre. Tal vez no me vio muy convencido de sus palabras o sólo creyó que —para darme algo de perspectiva— era oportuno compartir conmigo el historial de uno de sus pacientes.

“No me lo vas a creer”, me dijo. “A este consultorio viene un torero famoso que está sufriendo muchísimo con este asunto del coronavirus. Está aterrado: no quiere salir de su casa y está padeciendo un cuadro agudo de angustia y claustrofobia. Yo no entiendo cómo es posible que una persona que es capaz de torear a una bestia de quinientos kilogramos esté tan atemorizada por un virus invisible. ¿Sabes qué me dijo cuando le recordé lo riesgoso que era su trabajo? Me respondió que él sentía que el coronavirus era como cincuenta toros que salían al ruedo al mismo tiempo”.

Esas fueron, más o menos, las palabras del doctor. Para rematar agregó que el “torero famoso” le había llamado en dos ocasiones al teléfono, desesperado y desecho en lágrimas. “Es un misterio”, dijo el doctor. “Nunca sabes quiénes son los más susceptibles de quebrarse en una crisis”. Se acarició el bigote y añadió que le daba gusto saludarme. Pasando por alto cualquier medida de sana distancia, nos dimos un fuerte abrazo.

Salí del consultorio sintiéndome estupendamente bien. A pesar de las recaídas, mi vida pintaba mejor que en años anteriores. En otras circunstancias probablemente estaría medicado y haciendo cábalas sobre el fin de los tiempos, obsesionado con mi pequeño drama. Cuando la sensación de bienestar comenzó a transformarse en jactancia, recordé a los amigos de R durmiendo en la calle; recordé a los paseantes ansiosos de los jardines privados y a los pepenadores que en estos días ya no encuentran comida ni en la basura; imaginé al torero famoso a mitad de una crisis nerviosa; y a L trenzando los hilos de una conspiración Illuminati. Bastó mirar alrededor para comprobar que el contagio y el malestar son compartidos. No existe inmunidad contra esta tristeza, pensé. Los epidemiólogos tendrían que hablar de ese otro cuerpo, del organismo universal que integramos todos y al que nunca le alcanzarán las dietas ni las pastillas ni los baños de agua fría. Un cuerpo colectivo, lleno de miedos y angustias, al que parece quedarle una sola alternativa: aprender a respirar.

 

José Manuel Velasco


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