Covidiario
13 de julio, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

Silencio. Últimamente, cada que abro los ojos no deja de sorprenderme ese silencio que ahora prevalece hasta por lo menos las 8:30 de la mañana. Vivo rodeada de escuelas, así que entre semana el trajín matutino solía iniciar a las 6:30. Han pasado 4 meses desde que comencé el encierro, por momentos olvido cuánto tiempo llevo exactamente sin salir de casa. Los días parecen iguales pero la realidad es que las cosas han cambiado. Ahora, por ejemplo, disfruto esas mañanas silenciosas donde los pájaros imperan como nunca antes. No hay tráfico, no hay claxonazos de desesperación, no hay esa prisa que se transmite con el ruido.

También mi ritmo ha cambiado. Por momentos siento que alguien metió freno de mano a mi vida. Solía despertar a las 5:30 preparar lunch y desayuno, despertar a los pequeños, bañarme, arreglarme, dejarlos en la escuela a más tardar 7:10 para evitar un poco (solo un poco) el tráfico y estar, por lo menos, 8:30 en Santa Fe, donde se encuentra la universidad en la que trabajo. Ahora me despierto y preparo el café. Desayunamos juntos. Me arreglo y comienzo a trabajar. Todo en poco tiempo, todo a un ritmo en que uno puede apreciar detalles que antes pasaban desapercibidos. A veces me pregunto si podré volver al ritmo de antes.

Ruido. El día a día transcurre sin salir del departamento, pero a partir de cierta hora el ruido de la ciudad penetra la casa, invade mis clases y reuniones virtuales. He aprendido a distinguir entre la corneta del señor que pasa en bicicleta a vender café y pan, de la del que vende las gorditas de nata; el silbato del afilador de cuchillos; la música a todo volumen del camión de la basura. El grito de “se compran, refrigeradores, colchones, …” se escucha por lo menos unas tres veces en el transcurso de la mañana; por la tarde toca el turno al grito de “los ricos tamales oaxaqueños”. A veces me pregunto ¿qué ruidos son los que escuchará mi familia en Villahermosa o los que oirá Jess, una de mis mejores amigas, en Montreal? Es quizás gracias a estos ruidos que no me siento aislada y que mi ciudad se hace presente. Los ruidos también marcan rutinas y horarios. Cuando escucho al camión de la basura, sé que más me vale apurarme, pues se acerca peligrosamente la hora de la comida.

Ilustración: Kathia Recio

Soy historiadora. Migrar la vida académica a lo virtual ha sido todo un reto, he aprendido cosas que ni sabía que existían. Las mañanas las paso en mi estudio y ahí la vida social se hace presente; de pronto dejamos de ser solo yo y mis hijos. Zoom llegó a mi vida y con él mi espacio social. Clases, juntas, charlas ocurren gracias a esa plataforma. No ha sido fácil, en un principio ni compartir pantalla sabía; ahora incluso entiendo la importancia de la sala de espera. Al inicio, sentía que los ruidos de la ciudad interrumpían mis clases, he aprendido que son inevitables, no los controlamos y ahora forman parte de mi mundo.

Todos hemos tenido que desarrollar otras formas de interacción: respetar el que alguien no quiera abrir su cámara y no por ello pensar que no le importa la clase o reunión; escuchar y pedir la palabra de forma clara; apagar micrófono para no interferir mientras alguien más habla. Lo virtual no sustituye el contacto, mucho menos los abrazos, pero he aprendido que se puede transmitir cariño a pesar de no poder ver a las personas.

Luz. Estar enclavada en un mismo espacio implica percatarse de cosas que antes ni siquiera apreciaba, por ejemplo, el que la luz entra por rincones distintos y en tonalidades diversas a lo largo del día. En la cocina hay una luz clara, casi blanca, por las mañanas. A las 4 entra la mejor luz a mi estudio; una luz anaranjada que hace que las plantas del balcón se vean de un verde intenso. Se ha vuelto mi hora favorita para escribir. A partir de las 6, por la sala hay una claridad que poco a poco se va apagando: podemos armar rompecabezas, jugar algún juego de mesa o solo estar en ese espacio mientras se va la luz, mientras se cierra el día.

Vida.  Estar día tras día en un mismo lugar permite conocerlo y habitarlo de otras maneras. La misma intimidad se alcanza con quienes vivimos. Soy mamá de dos niños: Dani (10 años) y Nico (12 años). Darle continuidad a la vida junto con ellos ha sido el mayor reto de este encierro. No ha sido solo compaginar lo laboral con la casa, sino el ser mamá con el ser profesora y necesitar de pronto mis propios espacios. Mantener horarios precisos, rutinas claras, es algo que nos ha funcionado. Comunicarnos lo mejor posible: yo a decir “tengo junta, por favor no hagan ruido porque me distraigo”; Nicolás a decirle a su hermano “ahora quiero jugar solo” y Daniel a expresar “estoy enojado, dejen me calmo”. Cerrar el día haciendo algo juntos es algo que hemos disfrutado. Hemos pasado por cada quien proponer un juego, cada quien una película, cada quien una actividad… digamos que las actividades se nos agotan y el confinamiento continúa.

El encierro me ha hecho estar en el presente como nunca antes. Tener momentos de no hacer nada y disfrutarlos. Cuidar y contemplar mis plantas como parte de la vida, de esa vida de la que los seres humanos solo somos una parte. Procurar que nunca falten flores en casa, como si con ellas les pudiera transmitir a mis hijos que hay vida afuera y algún día volverán a disfrutar de ella.

 

Valeria Sánchez Michel


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Jennifer Clement


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Luisa del Rosario Aguilar Ruz


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Luis Javier Plata Rosas


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Lilian Chapa Koloffon


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José Antonio Aguilar Rivera


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Alma Maldonado-Maldonado


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Sara Hidalgo


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Jorge Landa


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Catalina Aguilar Mastretta


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Sergio Ramírez


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Valeria Villalobos Guízar


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Ariel Rodríguez Kuri


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Raúl Bravo Aduna


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Rafael Pérez Gay


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Marta Lamas


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Roberto Breña


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Karla Zárate


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Hernán Bravo Varela


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Esther Charabati


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Mateo Aguilar Mastretta


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Teresa Zerón-Medina Laris


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Nicolás Medina Mora


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Ricardo Bada


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Publicado en: Covidiario

Un comentario en “Covidiario
13 de julio, 2020

  1. No creo haberme saltado ni un solo día de este Covidiario, y este de hoy me hace ver de manera definitiva quiénes son los protagonistas o las víctimas principales del confinamiento: son los niños. No poder salir a la calle, a la plaza, al jardín de juegos infantiles, al campito de fútbol, no poder intercomunicarse con los demás niños, con los amigos de la escuela, si no es a través de una pantalla…, todo ello me infunde un pavor casi más grande que los refinados tormentos del Big Brother para subyugar a sus súbditos. El mayor daño que infiere el virus es un infanticidio espiritual. «Lo digo y no me corro» (© by César Vallejo).

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