Covidiario
30 de junio, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

Creo que mi gata está aprendiendo a hablar. Intentaré explicarlo.

Teníamos un trato antes, supongo. O, al menos, busco creer que teníamos un trato. Por supuesto, en ese momento, mi gata no hablaba y no tenía la más remota posibilidad de saber que había accedido a un trato.

De cualquier manera nos entendíamos. Yo la protegía, le daba de comer, le daba abrigo y le ofrecía toda la seguridad de mi cariño. Ella, a cambio, tal vez sin saberlo, me daba una cierta confianza en mi capacidad de cuidar algo más allá que de mí mismo.

No es que me cuide mucho, la verdad. Al contrario, lo mío es una veta clásica de autodestrucción constante disfrazada de hedonismo mal argumentado. Es más fácil destruirse que asumir que uno va a morir.

Las primeras sospechas de las palabras de mi gata vinieron del contacto visual que acompañaba sus maullidos.

De pronto, no maullaba al aire, a la nada, a la pared sospechosa de moscas o a la ansiedad interna, sino que se sentaba, muy tranquila, erguida, estoica, junto a mí, lista para aceptar lo que fuera a pasar y me maullaba mirándome fijamente.

Cuando un gato te ve fijamente y maúlla, activas los reflejos, dices una palabra distraída de cariño, haces una caricia de reojo, no dejas de preocuparte por lo que estás haciendo. Pero el maullido se repite y la mirada de la gata sigue fija.

Me di cuenta de que no nada más estaba maullando por una necesidad primaria de atención, comida o cariño; había algo más ahí, algo que se encierra en mi gata, algo que está tratando de decirse. La presencia que me exigía esta mirada interrogante pedía que le regresara la mirada, que le prestara verdadera atención al maullido, que intentara entender una frase secreta para romper la barrera de nuestra imposible situación.

Esto no se desarrolló de la noche a la mañana, claro.

Cuando firmamos ese contrato, cuando la recogí de un refugio improvisado en una caja de cartón y era demasiado chiquita para mantenerse en pie, cuando llegó a mi casa y estaba un poco enferma porque alguien había permitido que se comiera una bolsa de maíz pozolero del tamaño de su cabeza, no teníamos esta relación complicada. Eran tiempos sencillos.

Te sientes mal, hago lo posible para que vomites ese maíz pozolero, te alimentas más o menos bien, me preocupas, por qué demonios hice esto, quién me dijo que yo podía ser responsable, carajo qué presión, un animal está vivo dependiendo de mi afecto y mi atención y yo sólo sé autodestruirme, creo que me voy a servir otro vaso de whisky.

Contra todos los pronósticos, mi gata sobrevivió a los embates del maíz pozolero y a mi estúpida necesidad de escapar a la responsabilidad previamente aceptada.

Ilustración: Estelí Meza

Pero todavía no formábamos este extraño vínculo.

En ese momento, teníamos un parachoques; un horario de separación cotidiana que pautaba nuestras necesidades y nuestro cariño.

Me voy a trabajar, mi vida, cuidas mucho la casa —claro, si llega un ladrón le vas a arrancar la cara a arañazos y no vas a huir a esconderte temblando a la parte más alta de un clóset polvoso—, aquí te dejo croquetas, no te las acabes todas, toma agüita —eso de los riñones de los gatos es un verdadero desmadre—, regreso en una cuantas horas —no tengo un reloj de pared, supongo que eso es algo generacional, pero siempre he creído que los gatos sienten el paso del tiempo a través de las siestas y algún cosquilleo extraño en el equilibrio interno de los bigotes—, te quiero mucho, eres mi vida, carajo cómo odio ir a trabajar.

Me encanta mi trabajo. Me gusta estar en mi trabajo y hacerlo. Pero no me gusta ir a trabajar. Ustedes ven la diferencia: cuando te vas a bañar, a veces no puedes soportar la tarea de desvestirte. El trayecto me impone, qué quieren. La fuerza de la megalópolis: buenos días, tardes ya.

En ese equilibrio, mi gata no tenía mucha necesidad de hablarme. Claro, nos veíamos poco y aprovechábamos al máximo nuestras horas juntos sabiéndonos seres limitados, trabajadores cada uno en lo suyo y, de cierta manera, independientes. Cumplíamos nuestra parte del trato y se acabó. Chequeo de tarjeta efectivo, sin variación.

Entonces llegaron las amenazas externas.

Se nos dijo que teníamos que quedarnos en casa. Nos empezaron a hablar de estadísticas. Todos hablando de números y se instauró el miedo a las superficies, se creó un nuevo amor por el cloro y la sensación del gel antibacterial concentración de 70% de alcohol mínimo en el frotado maníaco de las manos —la necesidad paralela de cremas humectantes. ¿Funciona el agua oxigenada? ¿Cómo pedir comida para evitar lavar los trastes? ¿Son seguras las bolsas de cartón, los embalajes?

Me quedé encerrado con mi gata, y empezamos a preocuparnos por otras cosas. Yo me preocupaba por las superficies asesinas, por la idea de no poder dejar de fumar en una época tan estresante; esta comorbilidad me va matar. Si no es que otra. ¿Cuál otra será? Las comorbilidades se prevén y después se juegan como ruleta.

Me empecé a preocupar por la estadística y los números y los humectantes de manos y la frágil integridad de mis pantuflas. Y ella, mi gata, empezó a preocuparse por mi presencia.

Teníamos un trato, viejo. Te ibas un rato y yo tenía este circo para mí. Nunca te pedí que me dejaras un reloj empotrado en la pared, yo me encargo de esto, ya sabes, sé medir el tiempo con mis bigotes. Pero este tiempo era mío y lo acomodaba sin la necesidad de reclamarte nada, sin tener que hacer nada con tu presencia.

Ahora pasas todas las horas del día aquí y eso me hace sentirme más cerca de ti y más desesperada por tu presencia.

El asunto no se puede quedar así. Ya no podemos mantener el mismo trato que aceptaste, tal vez sin saberlo, en el que yo te hago el favor de acabarme esas extrañas píldoras nutricionales secas como la chingada que me pones en el plato y yo te hago sentir como algo que merece autodestruirse. No puedo ser lo único que se interpone, ahora, entre tu vida y tu miedo a morir. Ve mi tamaño. Tiene que cambiar esta relación. No más checar tarjeta sin variación.

Entonces, mientras el ruido de las teclas me arrulla para poner una idea tras otra y repetir; mientras las llamadas aparecen en mi pantalla con caras que hablan entrecortado y mi olor empieza a impregnar esta casa como una maldición; la gata se sienta junto a mí, viéndome seriamente a los ojos, para entablar una conversación.

Lejos quedaron las respuestas rápidas de reflejo paternalista. Algo aquí pedía otra reacción.

El niño llora y los adultos reaccionan. El neonato chilla y alguien descubre entre un charco limitado de significados llenos de olores y premura, qué es lo que exige. Pavlov jodía con sus metrónomos y esos aparatos quirúrgicos insertados en la boca de pobres perros que tuvieron un muy mal contrato.

Esta vez, el estímulo es más complejo. El maullido de la gata que me está viendo fijamente me hace saber que, en un tiempo más de cuarentena, vamos a mantener conversaciones inevitables sobre el paso del tiempo y la confianza en los contratos tácitos y el mal que puede representar para el mundo el maíz pozolero.

O, tal vez, el sendero natural del cariño que tengo por mi gata, el miedo a la muerte y la necesidad de autodestrucción me llevaron a escribir algo, como un estímulo hacia afuera, para causar una reacción. Mi gata maúlla mirándome a los ojos como yo escribo una página algo inútil para que alguien más me mire fijamente.

Éste no fue el trato —¿cuál fue el trato? ¿en qué quedamos al principio de todo esto? La estadística no me sirve de consuelo. ¿Han escuchado de la paradoja de Monte Carlo? Cuando las bombas alemanas se perfeccionaron podían caer sin que nadie las escuchara en Londres. No sabemos lo que nos va a tocar y por más que haya un mar de cubrebocas en mi horizonte, tal vez, lo único que quiero es seguir mandando señales al exterior desde la ansiedad de mi encierro y tener, por fin, una conversación real con mi gata.

Creo que mi gata está aprendiendo a hablar.

No sé si estoy listo para empezar las negociaciones.

 

Nicolás Ruiz Berruecos


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Publicado en: Covidiario

Un comentario en “Covidiario
30 de junio, 2020

  1. Bello Covidiario. Y sí, los gatos disponen de un lenguaje de gestos. Cuando mi vecina alemana me regaló su precioso gato (mezcla de angora y persa) y lo tuve en mis brazos, le dije: «No puede ser que te llames Nikki, eres tan hermoso. Para mí vas a ser Nicolás Fernández de Moratín». Y mis tres hijos, pequeñuelos entonces, se desvivían por jugar con él, pero él prefería aovillarse en mi regazo y ronronear ahí, al calor de quien le daba el trato que merecía su belleza. Sí, los gatos hablan, a su manera.

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