Covidiario
29 de junio, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

20:00
A veces la felicidad es un pedazo de barbacoa y las risas de tus amigos.

00:00
Terminó mi cumpleaños. Cumpleaños pandémico. Cierro la década de los 30 encerrada en casa, con mi hija, mis padres, hermano y pareja; están también los vecinos que se han convertido en familia. Cumpleaños que tiene sabor a lo esencial.

08:30
Suena el despertador. Me cuesta la vida salir de la cama. Siento que pongo el despertador más a manera de recuerdo a tiempos de antes que otra cosa.

08:45
Tenía toda la intención de hacer ejercicio. No lo hice. Para sentirme bien conmigo misma me preparé un jugo de apio. Una amiga me lo recomendó como tratamiento para el vitiligo. Leí un poco al respecto y decían que el apio ayuda a limpiar el hígado; pensé que ya con que me limpie todo el alcohol que he consumido estas semanas me doy por bien servida pero que el vitiligo no lo toque, ese ya es mi marca personal.

09:00
Me meto en la cama de mi hija. Tiene clase a las 10 y no ha despertado. Mientras le acaricio la nariz de arriba abajo y le susurro buenos días ella me quita la mano de un golpe y rápidamente me da la espalda. Me quedo un rato acostada a su lado. Pienso en cómo NO extraño las mañanas apresuradas. La veo dormir y verla me da paz. ¿Cómo recodará ella estos días? Me preocupa mucho poner todo lo que esté a mi alcance para que sus recuerdos de estos tiempos tan inciertos sean lo más luminosos que se pueda.

Tengo apenas 5 años de madre y nada me da mas miedo que pensar que algo de todo este momento me pueda alejar de mi hija. Que algo me impida seguir escuchando sus risas, verla hacer sus pequeños bailes de felicidad cuando la comida le gusta o ver sus ojitos con forma de almendra que me miran como ningunos otros ojos me han mirado antes.

10:00 a 14:00
Clase en Zoom para mi hija. La escucho a lo lejos. Poco a poco el volumen de su voz aumenta porque su maestra les pone en silencio mientras ella da la clase y mi hija termina llorando, gritando a voz en cuello: ¡Quiero hablaaaaar! ¡Quiero que me escucheeeeeeen!
Mientras dejo lo que estoy haciendo para ir a abrazarla, pienso que le envidio no tener filtros para poder gritar a todo pulmón lo que me hace falta. Yo también quiero que me escuchen, quiero salir y filmar y bailar y abrazar a mis padres, irme de fiesta, irme de viaje, beber con los amigos, tener certezas aunque sean falsas.

Lavar platos… lavar platos… lavar platos… hace unos días leía un tuit que decía algo así como: Ya vi todas las películas de pandemia, en ninguna lavan tantos trastes como yo.

Di un par de entrevistas para un proyecto que estrena mañana y en el que varios directores de cine del mundo recibimos una invitación a hacer un cortometraje durante el confinamiento. Para preparar las entrevistas me dieron un enlace privado y vi el resto de los cortos antes de responder preguntas al respecto. Son 17 cortos y como cualquier colección de miradas, siempre hay algunas con las que se espejea más que con otras. Pero no pude evitar terminar de verlos y sentir una nostalgia abrumadora. Paso buena parte de mi día oscilando entre tener miedo de que esto no se acabe nunca y tener miedo de que se acabe.

14:45
Mi novio e hijos volvieron a casa. Somos una tribu. Me sigue resultando duro pasar de ser dos en casa a ser cinco. Igual el espacio se llena de luz —y ruido— cuando estamos todos.

15:00
Comemos. Nunca he sido buena en la cocina. Amo comer, no tanto cocinar. La pandemia no ha cambiado eso pero por lo menos ahora puedo asegurarme de que mi hija crezca con una conexión con la cocina que yo nunca tuve. Tengo la fortuna de tener a un hombre a mi lado que ama cocinar y encuentra placer en cocinarle a los demás.

Yo también hago pequeños bailes de felicidad cuando como algo que me gusta.

Ilustración: Gonzalo Tassier

17:20
Mi amiga, su chico y su bebé pasaron rápidamente por casa. Resulta tan violento no abrazarse. Nos conocemos hace casi 20 años, hemos crecido juntas en muchos aspectos de la vida adulta y hoy no puedo cargar a su hijo en brazos y llenarles de abrazos y cariños. Chingado bicho pandémico.

18:00
Mi hija y la hija de mi chico hacen yoga frente a la computadora. Las miro mientras escribo estas líneas y pienso en la palabra privilegio. Es una palabra que no uso a la ligera ( por aquello del tramposo discurso de querer maquillarnos los derechos por privilegios), pero en este caso no puedo no pensar en el enorme privilegio que me significa tener tanto tiempo para observar la infancia. La de mi hija por supuesto, pero dadas las condiciones en casa, la infancia en general.

20:00
Toca hacer la cena. Hacer la cena para dos no es lo mismo que para cinco. Creo que hemos dicho esto no es un restaurante casi tantas veces como hemos dicho lávense las manos.

No sé en qué momento me convertí en mis padres.

Me dispongo a cerrar la computadora y mandar este recuento de mi día. Me detengo y lo leo antes de enviarlo. ¿Para quién lo he escrito? ¿Hay alguien allá afuera todavía?

 

Natalia Beristain


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Publicado en: Covidiario

Un comentario en “Covidiario
29 de junio, 2020

  1. Lo has escrito para nosotros, Natalia, somos todavía muchos los que aguantamos a pie firme, y si no fuera por educación, hasta le sacaríamos la lengua a Doña Pandemia. Gracias por esta mirada tan documentada a tu día-a-día. Me dejas con el sabor agridulce de tu frase acerca de convertirnos en nuestros padres… Ay…

Comentarios cerrados