Covidiario
28 de junio, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

Después de veintiún días sin síntomas de covid-19, volví a tener un poquito de fiebre. Esto más las punzadas que he estado sintiendo en el pulmón: un tren exprés sin escalas a Villa Malviaje. El covid es un virus; para algunos, un bicho, un ser mitológico. Es la relación que tienes con tu cuerpo, con la vida, con tu futuro y con la muerte; con la sociedad, con tus padres, con tus hijos y con tus hermanos. Está allá afuera pero sobre todo está acá, muy adentro. He intentado resistir a las ataduras que el pavor de haberme infectado ha amenazado hacer con mis cables emocionales. Me he resistido a la segregación simbólica; me he resistido a echar culpas, también a recibirlas: “¿Te dio?, ¿pues qué habrás hecho?, ¿dónde te habrás metido?”. ¿Qué habré hecho y dónde me habré metido? He estado aquí, siendo humana, en el planeta Tierra, nada más. He fallado, es imposible resistirse por completo a los reveses emocionales que la sopa malhabida le soltó al mundo; al sentirse confinada, la mente corre salvaje, como un potro, o una potra, recién liberada.

Ilustración: David Peón

Me tomo la temperatura obsesivamente mientras escribo esto. Pienso: "Voy a escribir estrictamente lo que se me cruce por la mente, quiero hacer de este Covidiario la crónica de un viaje en tren a Villa Malviaje". Aunque el termómetro tiene los suyo, el oxímetro y yo nos tomamos de la mano como novios adolescentes. Pita y parpadea, se comunica conmigo. Mi termómetro curiosamente tiene un gran parecido a otro aparato que tuvo mucho furor esta primavera: el Satisfyer. "Cómo ha cambiado esta nueva normalidad nuestra relación afectiva con los objetos", pienso. Hemos cambiado las respiraciones, los silencios presenciales, las mentadas, ¿los gemidos? por sonidos electrónicos, pitidos, notificaciones, vibraciones, voces robotizadas. Pienso: "Es ridícula mi fiebre, no es fiebre; para la experiencia de mi cuerpo hipersensible, lo es; ¿o será SPM?, ¿será que este bicho no va dejar este cuerpo pecador jamás? De Wuhan a los tugurios discotequeros que deben ser mis entrañas. ¿Será que el bicho me bajó las defensas? ¿Ha vuelto por mí en venganza por haberlo librado tan poco épicamente?". Busco: “Síntomas de covid después de covid”. El internet me tira cualquier cosa horrenda, ¿debo tomar vitaminas?, ¿será mi alergia?, ¿la sinusitis?, ¿será esa molesta infeccioncita? 37.4 – 97 % de oxigenación. Pienso: "¿Será la MUERTE? ¿Será que se repite la historia y yo también, como hizo mi madre, dejaré este mundo antes de que empiece el espectáculo principal? No, no, no. NO. Todo está en la mente". “Estás somatizando”, me dice mi hermano desde la salud y me cae fatal. Esa frase siempre me ha caído fatal. Cuando uno somatiza no significa que el síntoma no exista, justamente significa que está puesto en el cuerpo. Los síntomas son inteligentes, saben colocarse en el punto donde coinciden varias posibilidades, varias explicaciones. Que la mente corra como potra y se vaya lejos a territorios físicos, perfectos para sus dolencias lo vuelve todo más complejo. Me tomo la temperatura otra vez: 36.9, pero me siento rara. Oxigenación 98 %, esas dos cifras me llenan de orgullo, ¡qué alveolos!, ¡bravo campeones!, otra vez en un gesto político-teatral les quiero decir alveolas por overachievers.

El otro día llamé a mi médico para que me explicara lo de las punzadas en el pulmón. "¿Qué onda con eso, doc?". “Alejandra: El covid destruye los pulmones. En los peores casos, los deja como queso gruyer”. Los doctores y sus analogías, recuerdo una buenísima: “Mira, esto es como un vuelo a Acapulco. Es cerquita, pero el avión igual puede caerse”. Sigue mi tratante: “Tus pulmones están bien, estás oxigenando como una reina, pero seguramente también tendrás alguna lesión y eso es lo que te molesta”. ¡Tren a Villa Malviaje de alta velocidad!, este tren no se ha visto ni en Japón, señor doctor. Sigue: “Si extendiéramos todos tus alveolos cubrirían una cancha de tenis, piensa que 5 cm de esa área pueden haberse afectado… Es tan grave como una cortadita de papel”. Fuuuuf, tranquila, respira, no vaya a ser que dejes de oxigenar como reina, piensa en el mar, olas que vienen y van, olas que vienen y van.

Tal cual, esto se siente como una gran resaca. Se lo digo a mi marido y entiende “resaca” en su acepción posetílica. “No, güey”, como el mar, como la resaca del mar. La ola que se va, que te recuerda que todo desaparece violentamente, que la vida no es más que un enjuague, un revoltijo, un revolcadero de los mismos dolores. Unos ojos de plato de científico me miran detrás de unos anteojos de hípster sabihondo. Bueno, ok, también puede ser como una cruda. Pienso: "¿Habrá barbacoa para esto?, ¿es de señoritas hablar de barbacoa?". 38.8 pita el impostor de Satisfyer en un rojo sirena de ambulancia. Chu chu, última estación. Conéctenme al ventilador. Dios, siempre creí en ti, Satán y sus canciones de rock fueron una fase adolescente que se extendió demasiado. Error, el termómetro falla como todas las almas mortales electrónicas, corrige: 36.7; oxígeno 97 %. Pienso en algo que se me olvida porque mi cerebro materno escucha el llanto de mi hija menor, bebé de un año que despierta de su siesta. Quiero abrazarla, pero estos días, por si acaso, sólo lo hago con las piernas, como las yeguas a sus potras, mientras la halago con palabras: Preciosidad. Ídola de masas. Genia descomunal. Humorista Keatoniana. "Ya me quiero sentir bien", digo en voz alta. Mi hijo mayor me contesta que él también espera que eso pase pronto. Hoy me despertó con un dibujo de niños confinados, muy apretados en casas-cajón con techos de dos aguas. Nunca vi obra pictórica más angustiante. Pero me alecciona, por su habilidad de llevar a otros territorios físicos sus dolencias. El papel y la grasa de la crayola como ritual exorcizante, como estación definitiva de su tren. 36.7 – 96 %, tengo videoconsulta con el médico, hablaremos de canchas de tenis, de trenes, de las olas del mar y de aviones con destino a Acapulco.

 

Alejandra Márquez Abella


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