Covidiario
18 de junio, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

Al inicio de la cuarentena empecé a vivir con mi novia, cuyo departamento es una cochera renovada que se esconde  en un triángulo de cuadras donde se juntan la Condesa, la Escandón y la Roma Sur. También compartimos el espacio con un perro de la calle que ella adoptó hace cinco años, un medio-galgo, negro y guapísimo, con barbas y patas cafés. Más que otra cosa, su necesidad de salir a la calle organizó mi experiencia de la pandemia. Sin él, fácilmente hubiera podido pasar dos meses sentada frente a Zoom, con los ojos ardiendo.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Me acostumbré rápidamente al ritmo de vida más lento. Mariana y yo ajustamos nuestros ritmos para alinearnos con el de Lázaro, el perro: aprovechando su calma matutina nos quedábamos en cama, todos sosegados, para tomar café y leer; después de desayunar, salíamos para pasear y tomar un poco de aire fresco; cuando nos tocaba la “fiebre de cabaña” (o en este caso, de cochera), subíamos a la azotea para sacar energía corriendo en cuadrados. Cuando nos aburría el día, tomábamos siestas.

Una noche, Mariana y Lázaro me llevaron al Ecoducto, un parque-sendero construido sobre la divisora del tráfico del viaducto Miguel Alemán. El Ecoducto está bordeado de lavanda, romero, cidronela y otras yerbas. Sus fragancias cortan el smog mejor que nada en la ciudad. Pero también sirven para purificar la lluvia que cae: las aguas pasan por las chinampas del ecoducto en camino al Río de la Piedad, que desde 1942 se encuentra entubado entre los sentidos de circulación —un dato insignificante para miles de los conductores que todos los días pasan por allí—.

Los días de la cuarentena están llenos de rituales que tienen que ver con el agua. Arrodillarse frente al boiler, abrir la válvula de gas, encender la luz piloto. El whoosh cuando se incendia. Los veinte minutos de espera antes de bañarte. Agregar tres gotitas de yodo al agua de la llave, y entonces hervirla, de tal suerte que uno siempre termina tomándola tibia. El agua de la llave era deliciosa antes de que le agregaran el cloro, dice Mariana. Rociar el patio con la boquilla de pulverización para limpiar la caca de perro. Llenar su tazón de agua con la misma manguera, la misma agua de alta presión.

Si bien es cierto que cada megalópolis borra su entorno natural, México lo hace más que las otras. Entre la llegada de los españoles y mediados del siglo XX, el agua de siete lagos que existían en el Valle de México fue drenada. Durante la mayoría de ese periodo, inundaciones y tormentas de polvo constantes todavía recordaban a los defeños que vivían en una cuenca endorreica. Pero, irónicamente, solucionar el problema —acabar con los diluvios y las polvaredas— terminó también con los últimos rastros de ese ambiente acuático. El Ecoducto me parece una de las últimas astillas que nos obliga a  pensar en la ecología acuática que subyace debajo del cemento y del tráfico.

El 15 de mayo, la casi invisible red de drenaje cambió mi cuarentena completamente. En un instante eterno la rueda de mi bicicleta cayó en una escotilla; yo volé por el manubrio y aterricé sobre mi hombro izquierdo, accidente que resultó en una luxación de grado tres —una ruptura de los ligamentos del articulado y una separación de la clavícula—. A mi plácida rutina de cuarentena se sumaron frecuentes visitas al fisioterapéuta, todo con la ambición de recuperar un máximo de ochenta por ciento del uso de mi hombro. Para mi sorpresa, el accidente volvió la fusión del ritmo de mi vida con el de Lázaro aún más intensa. Al pobre perro le tocó esperar mientras yo tomaba prestados sus juguetes para hacer mis ejercicios en casa: empujar su pelota de tenis por la pared con mis dedos; poner su mordedera en forma de androide en mi axila para apretarlo.

El día de hoy, además de pasear a Lázaro por el ecoducto, además de ir al hospital para levantar un bastón en repeticiones de diez, me puse a revisar un artículo sobre el concepto de ecología queer para una revista sobre ciencias. En las entrevistas que hice para el artículo me dijeron que una parte clave de adoptar la postura filosófica de ecología queer consiste repensar cómo nos relacionamos con las otras especies del mundo e intentar hacer esos lazos más considerados, más horizontales.

El confinamiento de la cuarentena me ha hecho experimentar la vida en una escala tan pequeña que me permite ver esos vínculos más allá de lo humano en que se fijan las ecologistas queer. En estos meses mi vida se volvió multiespecie. Mis patrones domésticos cambiaron para ser paralelos y atentos con los de un canino. Coseché lavanda de un viaducto para hacerme té. La desaparición mítica del agua se imprimió en mi cuerpo. Pero esto no debería sorprenderme: la cuarententa en sí es un evento precipitado por el enlace inevitable entre lo humano y lo animal, lo ecológico. Cuando la vida se acelere de nuevo, cuando abran los espacios que hacen la vida más divertida, espero seguir llevando conmigo esta nueva consciencia pequeña, enredada.

 

Caroline Tracey


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