En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.
Confinamiento también significa destierro o reclusión. Así nos sentimos a veces, así seguiremos por un tiempo. Hoy es jueves y es casi igual a los otros jueves. Para empezar, mi lucha diaria es contra el insomnio. Dormir es una batalla. Vivo la pandemia del insomnio. O a lo mejor esto es el insomnio de la pandemia porque nadie sabe cuándo se va a ir a dormir por fin, a aplacar y a dejarnos en paz.
Por recomendación de un amigo, estos días leo el entretenido diario de Samuel Pepys. Ya llegué al año 1665, momento en que la peste bubónica azotó al Reino Unido. El autor va describiendo la aproximación de la plaga a Londres y el desconocimiento que existía sobre ella. A diferencia de entonces, ahora contamos con información mucho más precisa y aun así la angustia que describe Pepys me recordó a la desgastante espera que vivimos desde enero.

Ilustración: Augusto Mora
Levantarse por las mañanas para mí siempre es difícil —con pandemia o sin pandemia— con o sin cuarentena. Es un momento de lucha entre la cama y mi voluntad que amanece vencida. Me preparo para salir a correr los ocho kilómetros que me tocan, corro en el patio de mi unidad habitacional, un lugar cerrado donde no me encuentro con prácticamente nadie. Uso cubrebocas aunque siento que me asfixio, pero creo que ya me acostumbré a sentirme sofocada. Luego sigue subir y bajar las escaleras de tres pisos de mi edificio. Ahora son 510 escalones en total (en intervalos de 51). Cada semana aumento un piso. Extraño nadar.
Vuelvo a mi casa y me baño. Estar “lista” me toma cinco minutos. Desayuno lo de siempre y me preparo para dar mi clase de licenciatura en línea de la UNAM. Lo más difícil de dar clase a través de una plataforma son los silencios que uno experimenta en la pantalla; extraño ver las caras de mis estudiantes; echo de menos el contacto humano en el salón de clases. Me incomodan las pausas de la clase en línea; no les veo las caras porque: 1) no quieren, o 2) ello requeriría contar con internet en casa y una computadora y no es el caso de todos mis estudiantes. Es difícil acostumbrarse a enseñar así. Me resisto a pensar que tendremos que seguir enseñando en estas condiciones por mucho más tiempo. Aunque también es un experimento que dejará buenas lecciones: la primera es que actualmente se busca dirigir la demanda de educación superior con programas a distancia, en línea o mixtos. Ahora que no hay remedio y tenemos que dar y recibir clases así, es un excelente pretexto para vivir en carne propia sus grandes limitaciones y posibilidades. Creo que la educación en línea no es para todas las personas.
Toda mi vida he sido muy inútil en las labores domésticas. Nunca aprendí a cocinar y ya es tarde para eso. Así que todos los días como con mis padres. Tomo mi bicicleta, es un trayecto muy corto, me pongo mi máscara, careta, casco y emprendo el viaje. Mis padres en todo este tiempo sólo me ven a mí y por eso el espacio de comida también les sirve para tener a alguien más con quien hablar y que los distraiga. Hago lo que puedo.
Cada persona encuentra formas para enfrentar la pandemia, el encierro y la rutina. La mía es haciendo ejercicio y cuidando a Matías, mi sobrino de siete años, durante dos días y medio. Por diferentes razones Mat —como pide que le llamen desde los tres años— está al cuidado de sus abuelas y mío. Juntos hacemos las tareas de inglés; se conecta a clases; nos entretenemos con juegos de mesa; construimos una gran ciudad de lego; dibujamos; comemos papitas con chile; me hace berrinches y yo exploro mis límites de tolerancia. Vemos una película, platicamos de ciencia, es amigo de mis amigos y habla por teléfono con ellos o saluda en las conferencias de Zoom cuando me toca estar con él. Cuidar a otra persona también le da sentido a estas horas y a estos días.
Los jueves queda poco tiempo para mis pendientes académicos, pero atiendo lo urgente: correos electrónicos de estudiantes y colegas, tuitear y también es casi inevitable que un día sí y otro también tenga que ocuparme de reuniones, redacciones colectivas de cartas o discusiones sobre posicionamientos para salir en defensa de nuestras instituciones científicas. El día que no nos amenazan de muerte, nos perdonan la vida y entonces hay que decidir si es mejor dar las gracias, enojarse o sólo jalarse las largas greñas que ahora tenemos.
Es de noche. El día concluye con un libro infantil leído y la esperanza de que Mat se duerma pronto. Mi batalla para dormir está por comenzar y no será sencilla. Termino otro jueves de pandemia.
Alma Maldonado-Maldonado
3 de junio, 2020
Latife Salame Khouri
1 de junio, 2020
Carlos Eduardo López Cafaggi
31 de mayo, 2020
Yolanda Soler Onís
28 de mayo, 2020
Luis Miguel Aguilar
27 de mayo, 2020
Sofía Ramírez Aguilar
25 de mayo, 2020
Catalina Aguilar Mastretta
24 de mayo, 2020
Sergio Ramírez
23 de mayo, 2020
Valeria Villalobos Guízar
22 de mayo, 2020
Ariel Rodríguez Kuri
21 de mayo, 2020
Raúl Bravo Aduna
20 de mayo, 2020
Rafael Pérez Gay
16 de mayo, 2020
Hernán Bravo Varela
15 de mayo, 2020
Esther Charabati
14 de mayo, 2020
Mateo Aguilar Mastretta
13 de mayo, 2020
Teresa Zerón-Medina Laris
12 de mayo, 2020
José Woldenberg
11 de mayo, 2020
Melissa Cassab
10 de mayo, 2020
Guillermo Fadanelli
9 de mayo, 2020
Delia Juárez G.
8 de mayo, 2020
Nicolás Medina Mora
7 de mayo, 2020
Natalia Mendoza
6 de mayo, 2020
Juan Pablo García Moreno
4 de mayo, 2020
Esteban Illades
3 de mayo, 2020
Daniela Tarazona
2 de mayo, 2020
Álvaro Ruiz Rodilla
1 de mayo, 2020
Kathya Millares
30 de abril, 2020
Arnoldo Kraus
29 de abril, 2020
Soledad Loaeza
28 de abril, 2020
Héctor Aguilar Camín
27 de abril, 2020
Andrea Januta
26 de abril, 2020
Ronaldo González Valdés
25 de abril, 2020
Ana Sofía Rodríguez Everaert
23 de abril, 2020
Ángeles Mastretta

Los diarios secretos de Pepys son una lectura deliciosa en cualquier momento. En plena epidemia de cólera, el 20 de junio de 1665, anota lo siguiente (y pongo entre comillas lo que Pepys escribió directamente en «su» español:
«Después del almuerzo, con la carroza de Sir W. Berkeley a Whitehall. Allí fuí a [el pub] El Cisne y estuve disfrutando un rato «avec la mosa, sin hazer algo con ella que» besarla y «tocar ses mamelles, que me haza la cosa a mi mismo con gran plaisir»». ¡Menudo golfo este don Samuel Pepys!