Covidiario
3 de junio, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

Con profunda admiración y agradecimiento a todos los que tienen que salir para que los demás puedan quedarse en casa.

La pandemia llegó en un momento irrepetible de mi formación médica: la residencia. Como residentes, los médicos somos estudiantes de posgrado que trabajamos en un hospital para obtener una especialidad. Las experiencias que vivimos durante este periodo son esenciales para definirnos profesionalmente.

Cuando decidimos hacer una especialidad, sabemos que nos enfrentaremos a días de frustración, a largas noches sin dormir, a turnos de más de 24 horas, a vivir de una beca (y a veces, sin beca). Sabemos, también, que son los años en los que más aprenderemos lo que nos apasiona, que habrá momentos muy gratificantes y que cada minuto valdrá la pena. Entramos a la residencia, voluntariamente, sabiendo lo que nos espera; jamás nos imaginamos que lo que nos esperaba es una pandemia.

A pesar de que los científicos llevan años advirtiéndonos, la pandemia sorprendió a todo el mundo. La rutina de todos, en cada esquina del planeta, cambió de un día para otro.

Mi programa anual fue planeado varios meses antes de que iniciara el año académico. Sabíamos con antelación qué servicio cubriríamos cada mes, qué día estaríamos de guardia, cuándo nos tocaría dar clase. Desde el primer día de la residencia, sabíamos, grosso modo, cómo sería cada año desde el primero hasta el cuarto. Sabíamos lo que nos esperaba. Cuando empezó la reconversión del hospital, no sabíamos ni cómo sería la semana siguiente. La incertidumbre nos invadía. La medicina no es una ciencia exacta, los médicos trabajamos codo a codo con la incertidumbre, y a pesar de esto, resentimos profundamente los cambios que infundió la pandemia sobre nuestra rutina.

Ilustración: Estelí Meza

Nuestros turnos se han extendido. Antes de la pandemia, hacíamos guardias dos veces por semana. Ahora hacemos guardias cada segundo día; cuatro noches por semana estoy fuera de casa.

No sólo ha cambiado el tiempo de trabajo, también ha cambiado la forma en la que trabajamos. Para reducir nuestro riesgo de contagio, usamos un equipo de protección personal que, aunque necesario, es terriblemente incómodo. Nos lastima, nos deshidrata, nos despersonaliza, pero nos salva la vida. Lo usamos todo el tiempo, casi doce horas seguidas, por nuestra seguridad, la de nuestros compañeros y la de las personas con las que vivimos. Nos lo quitamos por unos minutos, para descansar, tomar agua y comer. Al principio, el miedo de contagiarme era tal que no me quitaba el equipo en toda la guardia.

Como muchos, quise irme de mi casa para no contagiar a mi familia. No pude hacerlo, necesitaba su apoyo. Han pasado casi tres meses y ninguno de ellos se ha enfermado. Me da tranquilidad pensar que nuestras medidas de higiene han funcionado. Me aterra pensar que aún faltan meses para que esto termine y que siguen siendo vulnerables.

En el hospital, no sobrevives sin tus compañeros. Estos meses, más que nunca, han sido indispensables todos los residentes para mantener a flote el barco. El esfuerzo de cada uno es invaluable no sólo para cuidar de los pacientes, también para cuidarnos entre nosotros. Entre residentes nos organizamos, nos animamos, nos enseñamos.

Desde hace tres meses he navegado en un mar de emociones, desde la alegría hasta la tristeza, pasando por el miedo y el enojo.

Por supuesto que no me alegra la desgracia que genera la pandemia y mucho menos las innumerables crisis que se avecinan. Sin embargo, como amante de las ciencias biológicas y sociales, vivir este episodio de la humanidad me parece fascinante y una oportunidad única de aprendizaje.

Me alegra saber que cuento con una familia en el hospital y otra en casa. Me alegra aprender día con día al lado de mis compañeros. Me alegran las pequeñas y grandes muestras de humanismo. Me alegra la solidaridad con la que trabajamos a pesar de las trabas administrativas. Me alegran los pacientes que se recuperan a pesar de tener las probabilidades en contra. Me alegra ser médica.

Pero también tengo miedo. Tengo miedo de contagiar a mis seres queridos. Tengo miedo de que mis amigos se contagien trabajando y no alcancen un ventilador. Tengo miedo de la crisis económica y las olas de violencia. Tengo miedo de los ataques al personal de salud.

Me duele y me frustra cuando un enfermo tarda horas buscando un hospital y no sé si sobrevivirá su peregrinar.

Me enoja la campaña de desinformación de ciertos políticos y algunos medios de comunicación. Me enoja que ni en momentos de angustia y dolor nacional puedan trabajar juntos por el país. Me enoja ver a alguien que no trata pacientes dando entrevistas con un cubrebocas de uso intrahospitalario, mientras mis colegas compran su propio equipo de protección y, algunos, ni tienen.

¿Se darán cuenta los que se paran el cuello en cadena nacional del daño que nos hacen? ¿Les importará?

Nos hacen daño destrozando un sistema de salud que lleva décadas fracturado y acostumbrado a la falta de insumos, y nos hacen daño con sus discursos y metáforas.

Hablar de la pandemia como si fuera una guerra, nos convierte en soldados. No somos soldados y mucho menos héroes. Somos profesionales de la salud, seres humanos que se enferman y mueren como los demás. Cuando uno de tus amigos contrae la enfermedad, recuerdas tu fragilidad, te das cuenta de que tu juventud no te hace inmune, te da pavor.

¿Por qué nos parece normal que una persona muera cumpliendo con su labor? El discurso de la vocación y el heroísmo normaliza las muertes del personal de salud. Esto no es nuevo ni propio de la pandemia; en el Palacio de Medicina hay una placa en honor a los médicos que murieron durante el servicio.

Extorsiones, torturas, secuestros y asesinatos, los médicos somos blanco del crimen organizado.

Parecería que la vocación te dota de poderes sobrenaturales que te convierten en héroe; todos sabemos cómo suelen terminar los héroes en la mitología: muertos. Si Ulises, Hércules y Perseo murieron, el héroe médico también debe morir. Nada más anacrónico.

La idea romántica de la vocación como un llamado divino viene de una época en la que prevalecían las ideas mágico-religiosas en la práctica de la medicina. En ese entonces, con los conocimientos e ignorancia propios de la época, el médico era visto como un ser con habilidades sobrehumanas. Esa idea ha prevalecido hasta nuestros días y nos hace mucho daño. Estas falsas expectativas, aunadas a malas condiciones laborales, explican, en parte, que el síndrome de burnout sea mucho más común entre los médicos que en la población general. Con la pandemia, su incidencia aumentará. Este y otros trastornos relacionados con el desgaste profesional se acompañan de una tasa de suicidios que también es más alta en nuestro gremio. Hoy sabemos de once suicidios de médicos y enfermeras relacionados con la pandemia alrededor del mundo.

Los médicos mexicanos nos entrenamos en un sistema de salud enfermo y saturado. Sabemos hacer mucho con poco, nos gusta lo que hacemos y lo hacemos con responsabilidad. Como dicta la Declaración de Ginebra, prometimos “solemnemente dedicar nuestra vida al servicio de la humanidad y velar ante todo por la salud y el bienestar de nuestros pacientes”, y también prometimos “cuidar nuestra propia salud, bienestar y capacidades para prestar una atención médica del más alto nivel”.

Sabemos que nuestra profesión conlleva siempre el riesgo de infectarnos, pero es inhumano que nos expongan en nombre de la vocación cuando es posible reducir el riesgo de contagio (por ejemplo, con un uso adecuado del equipo de protección personal y turnos más cortos). Que sigamos trabajando a pesar de la explotación a la que ha sido sometido el gremio por años, no significa que el sistema esté bien.

Esto no es una guerra y los hospitales no son trincheras. Dejemos de glorificar la guerra. Me parece incluso una falta de respeto para las víctimas de los enfrentamientos bélicos que se compare su sufrimiento con la cuarentena.

Esto es una pandemia y las tragedias se pueden prevenir. Planeemos un sistema de salud que proteja a sus trabajadores y no necesite ni héroes ni mártires.

 

Latife Salame Khouri


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Publicado en: Covidiario

Un comentario en “Covidiario
3 de junio, 2020

  1. Por fin el Covidiario que estaba esperando casi desde el comienzo de esta sección. Me parece espléndida la argumentación de Latife Salame Khouri. Solo disiento de ella es que no sea heroico el trabajo que llevan a cabo ella y sus colegas: no hay heroicidad mayor que cumplir abnegadamente con la propia vocación en las más adversas de las circunstancias. Las que no son heroicas son las acciones sable en mano, como retando al futuro para que se le levanten estatuas. Los héroes verdaderos no las necesitan para nada.

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