Covidiario
1 de junio, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

Afuera, las vitrinas tienen letreros con variaciones de dos temas: Closed for now o Closed for an unknown period of time. Juntos sugieren que el “ahora” es un misterio y que, bien dice un poema griego, nada es más permanente que lo temporal. En otras capitales europeas ya abrió un puñado de restaurantes, sus comensales están separados por pantallas de acrílico. Aquí la fauna urbana se adapta para sobrevivir: la comida es ambulante, los cursos están en línea y yo me disfrazaba de jogger porque el ejercicio era la única actividad autorizada para salir a tomar aire. Entre risas, comenzamos a saludarnos con los pies y los codos, y ahora lo hacemos por reflejo, aunque de pronto se escapa un ademán de abrazo, o un beso. Una amiga pregunta si, cuando todo esto pase, nos habremos acostumbrado a platicar como en Zoom: cada uno esperando a que el otro acabe de hablar. De ser así, la catástrofe nos habría dado una lección de prudencia, aunque probablemente sean muchas más.

Ilustración: Patricio Betteo

En el limbo los días son largos, pero las semanas cortas. El celular me reclama que lo uso demasiado (lo sustenta con cifras, que es más de lo que hace la mayoría). Y mi computadora es mi mundo: aquí tomo clases y entrego exámenes, leo las noticias, escucho música, veo series o voy al cine, hablo con mis padres y amigos, aquí archivo mi vida, aquí yacen la intimidad y la pornografía, sólo aquí existo. Lo que antes era insufrible hoy es rutina, pero si había un año ideal para estudiar en el extranjero, no era éste. La mala noticia es que las evaluaciones serán en línea; la buena es que hay más tela de donde cortar: en el curso de Economía Política anunciaron que podemos analizar cualquiera de “las dos crisis”, la de la década pasada o la que vendrá. Me recuerda al chiste funesto que contaba mi hermano. Está Napoleón varado a medio invierno ruso, sus tropas diezmadas por hipotermia e inanición, y llega un mensajero: “Mi general, le traigo dos noticias, una buena y una mala: la mala es que ya solo hay mierda para comer. La buena es que hay muchísima”.

Cuando empezó la cuarentena me sentía como en aquel ensayo de Charles Lamb, donde explica haberse vuelto “rico en tiempo” un día fortuito, luego de haber pasado la vida entera a las prisas, mendigando segundos a cada día: It was like passing out of Time into Eternity —for it is a sort of Eternity for a man to have all his Time to himself. Según decía, el tiempo que uno vive para sí mismo es el único verdadero, aquel que es realmente suyo y no ajeno. La paradoja de la cuarentena es que la abundancia de tiempo desentona con la carencia de espacio y provoca impotencia. Como decir que uno es libre de visitar cualquier lugar, siempre y cuando éste se halle en su habitación. En las primeras semanas me aconsejó un profesor, que más sabe por viejo: “Es importante hacer al menos una cosa al día, puede ser mediana o más grande, pero basta una para mantener el ritmo, la sensación de control. Incluso podría ser sólo un evento, algo pequeño”.

Un día se acabó el jabón, el papel higiénico y la pasta en los supermercados.

Un día visité una exposición temporal de temas eternos. “Tiziano: love desire death”. Al día siguiente cerró la National Gallery.

Un día mi sobrino aprendió a caminar y mi mamá lo vio desde el otro lado del mundo.

Un día Damien Hirst me respondió en Instagram.

Un día compré dos mancuernas de seis kilos y a la semana las revendí.

Un día me enamoré.

Un día sólo estudié.

Un día descubrí la canción “Bright Eyes” de Anoushka Shankar, mientras buscaba nostálgico la banda del mismo nombre.

Un día stalkeé a mis exnovias y vi, en sus fotografías, vidas contrafactuales.

Una noche cené en casa de un amigo y sentí haber cometido un crimen.

Un día “asistí” a un recital de poesía en línea y el autor tuvo problemas de conexión; su imagen desfasada, sus palabras cortadas. It’s alright, no worries. My art is already fragmentary —and right now the world reflects it. Como todo, la literatura está en crisis: hay que saber venderse.

Un día amenazaron con desalojarnos. La mayoría se fue, pero los necios seguimos aquí, renuentes a admitir que el año terminó.

El jueves mi papá me convenció de sintonizar el lanzamiento espacial, que la lluvia impidió. Fue el sábado. A la distancia aprendimos que reanudar nos exige permanecer. La espera es la esencia del año —sperare significa “tener esperanza”. Aunque uno se sienta en pausa, la historia no se cancela ni se posterga: acontece ahora mismo. Lo sé porque esta mañana recorrí la calle de siempre y vi, sobre la ventana del café que extrañaba, el futuro conjugado en presente: We’re open on Tuesday.

 

Eduardo López Cafaggi


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Publicado en: Covidiario