Covidiario
27 de mayo, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

Hoy fue miércoles y los miércoles hay mucho trabajo. Son días de hacer y pensar, pero no de sentir.

Los miércoles son el indicador de que estoy logrando sobrevivir una semana más.

A diferencia de quienes no distinguen ya entre horas de vigilia y de sueño, o entre días laborales y de descanso, yo sé perfectamente en qué día de la semana voy porque ya pasó el miércoles, o porque faltan uno o dos días para el siguiente miércoles. Y es que los miércoles son el día más pesado de mis semanas —semanas que en mi encierro tienen dos lunes, un miércoles, dos jueves y medio, medio sábado y un domingo.

Como madre de familia, proveedora, profesionista, mujer ambiciosa, mis listas de pendientes son interminables cualquier día de la semana. Pero los miércoles son días en los que generalmente logro hacer muchas cosas, incluyendo pedir el súper, lavar la ropa y hacer agua de jamaica. Así que los miércoles me llenan de terror, pero también de satisfacciones. Aún así, los miércoles son los días más difíciles de cada semana.

En mi encierro, los miércoles son un recordatorio de mis temores más profundos, como el miedo a fallar en mi(s) trabajo(s). Verán, entre los grandes placeres que me ha dejado este encierro está acompañar a mis hijos a merendar, lavarles los dientes, contarles un cuento y platicar con ellos sobre lo más destacado de su día: “hoy brinqué la cuerda”, “hoy hice una fiesta de té y galletas con mis juguetes”, “hoy aprendí que los ácaros viven en mi cabeza y quiero bañarme ahorita”. También platicamos sobre sus frustraciones: “ya no me gustan las clases por Zoom”, “no quiero hacer tanta tarea”, “no puedo escribir tan rápido como Antonia”.

Ilustración: Estelí Meza

Pero los miércoles no los acuesto yo porque en la noche salgo cuatro minutos en la tele (sí, cuatro minutos) y nunca me siento lo suficientemente preparada para ello… o para prácticamente nada. Y como son sólo cuatro minutos no puedo —no quiero— equivocarme. El problema es que no importa si empiezo a prepararme a las nueve de la mañana o a las tres de la tarde, siempre intento aprovechar hasta el último segundo antes de salir al aire para, según mis fanatismos, seguir preparándome. Esto implica que miércoles tras miércoles —hoy incluido— sacrifico lo más importante de mi día (que es acostar a mis hijos) para seguir preparando mi brevísima intervención en el noticiero de las nueve.

Si yo era ya así de aprensiva antes del encierro, antes de la pandemia, ¿por qué me preocupo justo ahora, que son tiempos de temores existenciales más profundos, por algo que no es nuevo? Porque el silencio del encierro me obliga a observarme, sobre todo los miércoles. Esta cuarentena interminable se encarga de hacerme ver cada miércoles lo obsesiva, perfeccionista e insegura que soy respecto a la calidad de mi trabajo.

Los miércoles son, por definición, por agenda y por ritual, días de pensar; no son días en los que haya tiempo para sentir. Pero justo hoy me tomó por sorpresa un sentimiento: el desconcierto ante la idea de que los miércoles son realmente una bendición.

Hace unos días, mi madre me dijo que ella ya no reconocía diferencias entre los lunes y los sábados, que estaba confundida y sentía que estaba desperdiciando sus días, su vida, encerrada.

Mi madre, invencible y solidaria, invita cada miércoles a mis hijos a comer a su departamento (al lado) para que yo pueda trabajar a mis anchas. Escucharla hablar de su aturdimiento sobre el tiempo fue algo novedoso y ajeno a mi propia experiencia. Durante las diez (¿o doce?) semanas de confinamiento me he sentido triste, enojada, frustrada, harta y muy cansada, pero siempre sé cuántos días faltan para el siguiente miércoles. Fue entonces que me di cuenta de lo afortunada que soy al tener, una vez por semana, un miércoles que ordene el tiempo para mí; porque los miércoles son mi anclaje.

Hoy fue un miércoles diferente: me sentí conmovida ante la desorientación de mi madre. A pesar del encierro y aunque técnicamente no tengo tiempo de sentir nada, descubrí que los miércoles también siento cosas: cansancio, angustia y agradecimiento. Los miércoles me recuerdan que me tocó vivir aquí y ahora.

 

Sofía Ramírez Aguilar


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Publicado en: Covidiario