En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.
La primera alarma suena a las 6:31 de la mañana. La segunda, en caso de que algo falle, está programada quince minutos después. El teléfono me hace saber que he fallado en mi meta de dormir seis horas diarias, mi tiempo promedio de sueño es de tres horas y cincuenta minutos. Yo tengo otros datos.
En un estado muy lejano a la conciencia, estoy en mi “estación de trabajo” antes de las siete para revisar las publicaciones del día en nexos, las primeras planas en los diarios, las columnas de opinión, los aniversarios enlistados en la Wikipedia y las tendencias en Twitter. De fondo suena la voz pausada del presidente López Obrador que pocas veces dice algo realmente nuevo; hoy ha anunciado su intención de salir de gira por seis estados. No sé cómo interpretarlo, pero creo que habrá quien piense que si el presidente lo hace, es seguro salir. No es mi caso.
Media taza de cereal, el primer cigarro del día y una ducha muy larga marcan la primera pausa del día. Mientras me cepillo los dientes pienso de nuevo en quitarme la barba de náufrago que me ha crecido en estos días. Calcular que me llevará más de cinco minutos me hace abandonar la idea.

Ilustración: Gonzalo Tassier
Al regresar me encuentro con los primeros mensajes y correos electrónicos. Siempre hay algo que corregir. La reproducción automática de YouTube continúa en el fondo con insufribles panegíricos disfrazados de mesas de análisis de los discursos del presidente. Tampoco sé cómo interpretarlos. Cambio YouTube por la mezcla del día hecha por Spotify. Cualquier cosa está bien mientras no tenga que pensar en ella.
Salgo al patio a fumar un cigarro más antes de la junta en video de los martes. Tengo que contar los cigarros, no me quedan muchos y no tengo intención de salir a comprar. He fumado más durante este encierro. También he dejado de tomar agua. Ni pensar en hacer ejercicio.
Después de atender los mensajes y los memes acumulados durante la reunión virtual, abandono la red un rato para comer. Sí, también he caído en la trampa de la cocina —ya preparé pan con masa madre y no encontré nada para enorgullecerme—. Pienso un rato en la gente con la que extraño comer.
Antes de que el sueño de la tarde logre vencerme, las notificaciones de mensajes han vuelto a llegar. Hay trabajo pendiente: revisar los artículos que se han acumulado en distintas ventanas en la pantalla, nada complicado pero suficiente para ocuparme hasta las siete de la tarde, momento en que regreso a YouTube para escuchar al subsecretario López-Gatell anunciar cuántas personas han muerto y mostrar las respectivas gráficas “en un tono naranja” —que yo siempre he visto amarillo— que no dejan de crecer. Hoy nos dicen que han muerto 8134 personas aunque también sobre esto hay otros datos.
Afuera se escucha la grabación del vendedor de tamales que ha recorrido estas calles desde hace años. Me pregunto cómo lo estará pasando estos días y eso me rompe un poco. Otro cigarro.
Al anochecer me alejo nuevamente de la realidad que filtra la computadora, es hora de las mascotas, la duración de su compañía depende, desde luego, del humor que tengan cada día; saber que esperan esta hora para destrozar cualquier caja de cartón a su alcance o quedarse dormidos sobre mí me rompe un poco más.
Alrededor de las nueve queda tiempo para trabajar un poco en los proyectos largos, esos que no terminarán hoy ni al siguiente día. Esos que requieren más nicotina. Fumo el séptimo cigarro a la una de la mañana.
Ya en la cama escucho Life Goes On —de Carla Bley, Andy Sheppard y Steve Swallow— y me digo que todo estará bien. No me lo creo, pero me lo digo.
Después de cincuenta minutos es momento de aceptar otra noche de insomnio. Salgo a caminar para relajarme, recorro el patio una y otra vez, decidido a no ver ninguna pantalla ni fumar más por hoy, sólo por racionar.
He olvidado de nuevo el poema de F. Estábamos leyendo a Gilberto Owen pero ya es muy tarde.
Preparo un poco de té que aún tiene tiempo de enfriarse mientras yo sigo recorriendo una y otra vez el patio. Después de las cuatro pienso que lo prudente sería continuar sin dormir y llegar despierto a las primeras actividades de la mañana.
En algún momento alrededor de las cinco me he quedado dormido en el sillón.
La alarma sonará a las 6:31. He dejado este texto programado para publicarse hace treinta y un minutos.
Jorge Landa
25 de mayo, 2020
Catalina Aguilar Mastretta
24 de mayo, 2020
Sergio Ramírez
23 de mayo, 2020
Valeria Villalobos Guízar
22 de mayo, 2020
Ariel Rodríguez Kuri
21 de mayo, 2020
Raúl Bravo Aduna
20 de mayo, 2020
Rafael Pérez Gay
16 de mayo, 2020
Hernán Bravo Varela
15 de mayo, 2020
Esther Charabati
14 de mayo, 2020
Mateo Aguilar Mastretta
13 de mayo, 2020
Teresa Zerón-Medina Laris
12 de mayo, 2020
José Woldenberg
11 de mayo, 2020
Melissa Cassab
10 de mayo, 2020
Guillermo Fadanelli
9 de mayo, 2020
Delia Juárez G.
8 de mayo, 2020
Nicolás Medina Mora
7 de mayo, 2020
Natalia Mendoza
6 de mayo, 2020
Juan Pablo García Moreno
4 de mayo, 2020
Esteban Illades
3 de mayo, 2020
Daniela Tarazona
2 de mayo, 2020
Álvaro Ruiz Rodilla
1 de mayo, 2020
Kathya Millares
30 de abril, 2020
Arnoldo Kraus
29 de abril, 2020
Soledad Loaeza
28 de abril, 2020
Héctor Aguilar Camín
27 de abril, 2020
Andrea Januta
26 de abril, 2020
Ronaldo González Valdés
25 de abril, 2020
Ana Sofía Rodríguez Everaert
23 de abril, 2020
Ángeles Mastretta

































¡Bravo, Jorge! Un Covidiario como la pescadilla que se muerde la cola, o quién sabe si como la cinta de Moebius. Por lo que veo, estamos casi en las mismas condiciones, sólo que yo no fumo desde el 11.6.2006 (¡pronto catorce años ya!) y naturalmente me sacas una ventaja en años que ya quisiera yo encontrarme con el Mefistófeles del «Fausto» de Goethe para que hiciéramos un pacto comm’il faut, esto es, un gentlemen’s agreement. Porque el Diablo, no te quepa duda, es un caballero. No tanto el Yavé (o Jehová de la Biblia), capaz de chingarle la vida a un bendito como Job. Me ha encantado tu Covidiario porque creo que es eso lo que hay que escribir en estos casos. Y dejarse de querer hacer literatura. Vale.
Don Jorge Landa le saludo, Leo y veo que sigue la vida con un ritmo marcado de muchos años. Sin duda, este encierro modifica mucho la vida y las costumbres para quienes no habían probado el famoso “HomeOffice”, para muchos como usted y un servidor, simplemente se vive normal y se programan muchas más reuniones virtuales y quizá se fuma más o tal vez menos.
Un saludo y abrazo con sana distancia.
Jorge:
Hermoso y pertinente texto. Cambia la vida, no tu vida, Se modifica el tempo, no tu esencia. Amén de las evocaciones del diario, contagiosas y universales, nuestras muchas de tus palabras, nuestras muchos de tus encuentros y tus desencuentros, tus dependientes, yo en primer lugar, oraremos para que tu despertador -el nuestro- nunca se descomponga.
Abrazo afectuoso.