En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.
No tengo miedo de morir. Un paso y se acabó, todo empieza y termina. No voy a presumir: ver de cerca a la Muerte te transforma en otra persona. En cambio, temo al dolor, a los pasillos de los hospitales, a la soledad del camastro, a la tristeza de las despedidas, al balance de la vida, al cuerpo herido. Por esta razón hace años firmé mi “voluntad anticipada” ante un notario, un documento en el cual quien firma se niega a la obstinación médica, se trata, por cierto, de uno de los grandes avances bioéticos de la Ciudad de México. No quiero que me den vida artificial y no quiero dolor innecesario.
Estoy convencido de que todos pensamos cosas parecidas en estos días. La angustia nos ronda porque la Muerte se pasea por las calles, ya no digamos hospitales y alrededores. Me cuido como un laboratorista: uso tapabocas, careta, guantes quirúrgicos, sanitizo todo lo que pasa por mis manos. Me paso de la raya. No quisiera contagiarme de COVID-19, pero si una tarde de invierno un viajero, ni modo, así pasa. Por eso nos encerramos, nos ocultamos de la Muerte. Si viene una señora y pregunta por mí, no estoy.
Con las debidas precauciones me doy mis licencias, salgo disfrazado a deshoras y camino un poco, hablo con un amigo, miro calles desiertas y estoy persuadido de que la ciudad nunca volverá a ser la misma. Extraño pasear a la Moska, mi perra, pero no se puede, aún hay quien corre y podría pasar bufando a tu lado. ¿Qué les pasa?
En estos días oscuros buscaba un tema para grabar La otra aventura, el programa de libros que conduzco desde hace años en el Canal 40. Les dije a mis coguionistas: “Encierro: escritores y escritoras confinados de forma voluntaria u obligada”. Les traigo esto de una pluma colectiva, tres casos de encierro y confinamiento:
El escritor Robert Louis Stevenson no sólo dejó dos historias arquetípicas inigualables en la literatura universal: La isla del tesoro y El extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde, sino que su calidad de viajero incansable y su decisión de morir en la isla de Samoa lo convirtieron en un mito literario. Uno de sus grandes admiradores, Jorge Luis Borges, incluye al autor en una de las descripciones personales más íntimas de toda su obra. En su poema “Borges y yo”, el escritor argentino dice de sí mismo: “Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson”. De su obra, escribió en la “Introducción a la literatura inglesa” que no contiene ni una sola hoja descuidada y sí muchas espléndidas y explica que, como Rudyard Kipling, el hecho de haber escrito para niños opacó su vasta obra ensayística y narrativa.
Proveniente de una familia de constructores de faros, la soledad y la noche tuvieron una presencia fundamental en la literatura de Stevenson. La tuberculosis que lo acechó durante toda su vida lo obligó a pasar largas tempradas en confinamiento y con la necesidad de alguien que viera por él constantemente. El extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde es un novela central en el género de horror y, desde su publicación, deslumbró a mentes como la de Sigmund Freud por su intensa descripción sobre los trastornos psiquiátricos y su trama trepidante. Ahora sabemos por una carta de su esposa descubierta hace unos años, que el primer manuscrito de ese libro fue quemado por ella, obligando a Stevenson a rescribirlo entero. Fue así como, saliendo apenas de su habitación y consumiendo grandes cantidades de cocaína, droga entonces recetada para las dolencias de la tuberculosis, logró uno de los relatos de terror psicológico más inquietantes jamás escritos.

Ilustración: Adrián Pérez
Otro encierro:
La figura de Emily Dickinson en la literatura es la de la mujer voluntariamente enclaustrada. Biógrafos y lectores de la escritora inglesa han perfilado su historia a partir del encierro. En el prólogo a los poemas compilados y traducidos por la escritora argentina Silvina Ocampo, Borges comenta que no existió nadie, al menos nadie que él haya leído o conocido, que haya tenido una vida más apasionada y solitaria que Dickinson. Para Borges, Dickinson “prefirió soñar el amor y acaso imaginarlo y temerlo, pues en su recluida aldea de Amherst buscó la reclusión de casa y, en su casa, la reclusión del color blanco (el color que siempre vestía) y la de no dejarse ver por los pocos amigos que recibía”.
Dickinson, a pesar de su disciplina y pasión por la escritura, no tuvo mayor interés en publicar su obra. Una buena parte de sus poemas se ha localizado en la correspondencia que mantuvo con algunas de sus amistades en el encierro. En ese mundo personal que construyó en su casa y en su alcoba, Dickinson se abocó a la más profunda búsqueda de los misterios del amor, de la muerte, de la mente y de la locura. La lejanía de la vida social le permitió acercarse a las preguntas fundamentales.
Uno de los encierros más productivos fue el que tuvieron Mary y Percy Shelley, Lord Byron y John Polidori. 1816 se recuerda como “El año sin verano”, cuando ocurrió uno de los fenómenos naturales más escalofriantes de la humanidad: el monte Tambora hizo erupción en Indonesia con tanta furia que millones de cenizas se esparcieron por todo el planeta, el cielo oscureció y el clima cambió drásticamente. La humanidad quedó desprotegida, hambrienta y completamente desamparada. Miles de personas murieron de hambre y enfermedad. Hubo escasez de alimentos, se dificultaron las comunicaciones, el temor ante el inminente fin del mundo provocó fanatismo religioso, los problemas sociales se agudizaron, hubo enormes migraciones. Durante este terrible año, Mary Shelley, su marido Percy Bysshe Shelley y John Polidori se quedaron con su amigo Lord Byron que entonces residía en Villa Diodati, Suiza. Byron, después de leer una antología alemana de historias de fantasmas, retó a sus amigos a escribir una historia de terror. Él mismo escribió un fragmento basado en las leyendas sobre vampiros que había oído durante sus viajes a través de los Balcanes. Polidori utilizó este fragmento para crear la novela El vampiro y Mary Shelley concibió la idea de un cadáver que revive con electricidad y aunque no terminó la novela en ese encierro, sin duda ahí germinó una de las grandes historias de la literatura; sí, Frankestein.
Mientras montaba la versión final del guion me olvidé del covid. No sé qué hacer para olvidar de nuevo. A la cinco de la mañana abro un ojo y tengo pensamientos nefandos, no todos ellos de contagio, el peor, el que me persigue como un fantasma me grita que desperdicié mi vida, que la tiré por la ventana y que el tiempo no regresa. Le pregunté a mi amigo Bruno Estañol del tiempo y me escribió esto: “En física existe la escala cosmogónica del tiempo. Existe la escala biológica del tiempo. Ahora nuestro tiempo es subjetivo, la escala psicológica del tiempo. Por eso el tiempo es tan variable para nosotros. De ahí se desprende que la memoria también sea variable. Voilá, Rafa”. Pues eso, precisamente, es el encierro.
Rafael Pérez Gay
16 de mayo, 2020
Hernán Bravo Varela
15 de mayo, 2020
Esther Charabati
14 de mayo, 2020
Mateo Aguilar Mastretta
13 de mayo, 2020
Teresa Zerón-Medina Laris
12 de mayo, 2020
José Woldenberg
11 de mayo, 2020
Melissa Cassab
10 de mayo, 2020
Guillermo Fadanelli
9 de mayo, 2020
Delia Juárez G.
8 de mayo, 2020
Nicolás Medina Mora
7 de mayo, 2020
Natalia Mendoza
6 de mayo, 2020
Juan Pablo García Moreno
4 de mayo, 2020
Esteban Illades
3 de mayo, 2020
Daniela Tarazona
2 de mayo, 2020
Álvaro Ruiz Rodilla
1 de mayo, 2020
Kathya Millares
30 de abril, 2020
Arnoldo Kraus
29 de abril, 2020
Soledad Loaeza
28 de abril, 2020
Héctor Aguilar Camín
27 de abril, 2020
Andrea Januta
26 de abril, 2020
Ronaldo González Valdés
25 de abril, 2020
Ana Sofía Rodríguez Everaert
23 de abril, 2020
Ángeles Mastretta



























Por mi parte recomendaría, como lecturas de confinamiento, una de alguien confinado como alternativa a la pena de muerte que pesaba sobre su persona, me refiero a una obra maestra de la literatura italiana, “Mis prisiones”, de Silvio Pellico. Y otra de alguien que se confinó por su cuenta, como posible remedio a la tisis que pondría fin a sus días, demasiado joven: en este caso se trata de “Cartas desde mi celda”, de Gustavo Adolfo Bécquer, que acabo de releer al cabo de los años mil, y son una lectura deleitosa como pocas. Tan sólo la primera carta, con el relato de su viaje desde Madrid al convento de Veruela, en la provincia de Zaragoza, no le cede en interés a una novela de Julio Verne