Covidiario
22 de mayo, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

Soñé un lenguaje nuevo que no significaba. Quiero decir: unos hombres sin rostro, etéreos, caminaban, flotaban, vigilando unos signos que iban a ser identificados por mí, y justo en ese momento eran corrompidos hasta llegar a ser absurdos —pero sin dejar de ser algo, algo que yo no entendía radicalmente, algo que solo contemplaba, un mirar estéril. Los signos estaban ahí, absurdos ante mis ojos, pero materiales, una cosa bosquejada y de furores evanescentes, ineludibles, flotando en un éter calmo y depositándose con suavidad de pluma sobre una superficie de papel cuché, para esclarecerse y estallar en un gráfico sin mensaje, prístino no obstante, un absurdo legible que yo miraba sin entender, un concepto sin bordes, una sinrazón en fragmentos color pastel. Soñaba que era un dios, y de todos modos no entendía nada. Caminaba un territorio de signos inútiles, creados por mí.

Ilustración: David Peón

Ese sueño vuelve de muchas maneras en las noches de la pandemia. No son los delirios del insomnio porque he dormido bien, a veces un tanto desajustado de mis horarios anteriores. Sin ser pesado, mortal, mi dormir es homogéneo, acolchado y envolvente. Supongo que toda mi angustia se dirige a ese juego de signos y pasiones estrictamente definidas que es soñar. Me obsesiona entender el acto de soñar: sé que éste es contraintuitivo en el sentido de que ninguna pasión está desbocada, si entendemos al respecto una fuerza sin contornos y sin sentido. Soñar, para mí, es siempre la invención de un alfabeto nuevo que unas doce horas después debo reinventar. Pero soñar no es jamás —¿cómo decir?— una experiencia abstracta. Hay algo salvajemente concreto, de entrada una familiaridad cósmica: soy yo, no tengo duda, ese demiurgo un tanto cobarde que habita mi sueño. Tal certeza, tal desmesura, me sorprende. ¿Quién, y cómo, hace el pase de lista en un sueño? ¿Quién certifica una identidad? ¿Por qué, en el sueño, uno es uno?

Me horrorizan los códigos fijos de interpretación: en un sueño tal cosa significa tal otra, como si fuera un telegrama cifrado. Supongo, no sé por qué, que toda configuración es propia, intransferible. ¿Será eso el famoso inconsciente (ese que nos frecuenta y del cual no sabemos ni su nombre)? Soñé una caminata un tanto ansiosa que desembocó en una avenida: ¿qué lado tomar? Entiendo que si giro a la izquierda seguiré una calle ancha al principio, que se estrecha según se acerca al mar (al que jamás miro, una intuición, el a priori invisible de todo el sueño); si tomo el lado contrario, recalaré en un edificio sin gracia, como esos que rematan algunas estaciones del metro, y más allá en un conjunto de casas hermosísimas, impuestas con cierto desorden en anchos paseos de árboles enormes y antiguos (en el sueño todo es asimétrico o, mejor aún, marcado por una ligera concavidad: el cielo, las calles, los árboles se curvan con levedad). ¿De dónde viene esa angustia sutil que cubre todo el sueño como un rocío? No son las cosas-símbolos las que precipitan esa ansiedad sino el duro, salvaje, indeterminado estar ahí, sin alternativa. Estar en el sueño es el sueño y su angustia. Sí: estar es también nuestra angustia diurna.

¿Por qué en la pandemia no tengo pesadillas? No sería raro si recapitulamos en mis antecedentes: por décadas me han atacado furores nocturnos, terrores que culminan en gritos y manoteos. Los neurofisiólogos y los sicoanalistas podrían explicarlo mejor; yo creo que una suerte de saturación de la conciencia y del campo de lo simbólico inhibe un reflejo inmediato, una mímesis del miedo. Y así, si uno tiene miedo del bicho, no va a hacerle el favor de llevarlo al sueño, que es un territorio emancipado no del terror sino del dato burdo. El inconsciente es tan poderoso, tan petulante, que fabrica su propio terror, bajo sus códigos, y lo escribe con su sintaxis. Así, creo, es nuestra desolación más grande, la de un campo inmenso que habitamos uno a la vez, distanciados hasta la invisibilidad. Yo no puedo divisar a nadie más en estos sueños de la pandemia.

Pero si los demás son invisibles, el mundo es inaudible. No entiendo: ¿alguien sueña música, ruidos, exclamaciones, voces? La única voz que recuerdo en un sueño (en una pesadilla, en realidad) fue tan devastadora que apreté la tecla de mute. Era la madre que me invitaba a su locura. No acudí al llamado (bueno, eso creo). Entonces todos mis sueños son pletóricos de imágenes, colores, situaciones, pero son sobre todo silentes, como remarcando el ritmo exacto de los movimientos, la cadencia de los objetos, la inminencia de la luz y su decadencia. En realidad, y por razones que no entiendo, la otra orilla es siempre, para mí, un silencio. Por razones tan absurdas como otras cualquiera, supuse que el silencio y la salvación eran lo mismo (lo creo, aún). Pero ahora descubro que el sino de la pandemia ha sido el silencio como será, quizá, un ruidoso carnaval el que le siga y la haga habitable en nuestra memoria. Así viene el juego: un oleaje calmo pero imparable que se despliega en círculos concéntricos desde el dolor de los enfermos y los muertos, y va silenciando muchas cosas, quizá todas las cosas. El silencio de las ciudades no es perfecto ni exhaustivo, pero es esclarecedor. Y en las fotografías de algunos entierros creo descubrir el silencio humilde de los pocos dolientes presentes, un poco como si los campesinos de Millet estuvieran siempre en un funeral: absolutamente solos, absolutamente callados, finitos y anónimos.

Los sueños de la pandemia, sueños son.

 

Ariel Rodríguez Kuri


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Publicado en: Covidiario