Covidiario
24 de mayo, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

Al lado del lugar donde escribo he instalado, frente a un sofá, un trípode para el teléfono celular que me sirve de cámara, de modo que, atrás, se vea un estante de libros. Este es mi lugar de trabajo. Y este es un set, organizado para las comparecencias públicas, los chats literarios, las entrevistas de prensa.

Si antes dividía mi vida entre escribir y viajar para las presentaciones de mis libros, dar charlas, asistir a ferias y festivales, hoy, bastan unos pocos pasos para cambiar de mundo, y de la pantalla de la computadora paso a sentarme frente a la cámara. Pero, antes, debo cambiarme de camisa, cepillarme el pelo, más largo de lo normal.
Ahora circula en las redes la broma, o es en serio, de los paneles litografiados que muestran lomos de libros, sostenidos atrás por dos patas, y que se pueden comprar por correo, muy propios, se anuncia, para ministros y otras figuras públicas, que se vea que no son ignorantes.

Un escritor, en cambio, se siente orgulloso de enseñar los propios, ahora que ha variado tan radicalmente el concepto de la intimidad doméstica, pues la gente se muestra en ropa de casa grabando canciones, divirtiendo a los vecinos desde el balcón, ofreciendo recetas de cocina, y remedios caseros contra el virus. Todos formamos parte de este colosal reality show, en el afán de demostrar que estamos vivos.

Ilustración: David Peón

Exhibir los libros propios en el trasfondo es como ofrecer recetas de cocina desde el encierro doméstico, con las cazuelas colgadas detrás. Dime qué comes y te diré quién eres. Dime qué lees y te diré quién eres. He visto artículos comentando esos lomos de libros, que pueden ser leídos mediante ampliaciones de los fotogramas. De manera que hay que poner cuidado en lo que enseñamos.

Si detrás de mí aparece el tomo empastado de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, puede llamar a equívoco, porque nunca he participado en ninguno de esos ejercicios, que mi cuñado, el poeta Beltrán Morales, a quien Roberto Bolaño admiraba, llamaba “ejercicios para atletas del espíritu”. Es que el rigor de la prosa de San Ignacio es admirable, su parquedad, su exactitud, y es una buena manera de ejercitarse, ahora sí, para lograr la prosa en la que no sobren palabras, ni hagan falta.

Es lo mismo que hacía Stendhal, quien en una carta escrita a Balzac en 1840 le decía que antes de sentarse a escribir La Cartuja, leía dos o tres hojas del Código Civil. Era su idea del estilo literario, para evitar los rodeos. Lo que se llama ir al grano.

No dice “el código penal”, pero no hay duda de que se interesó por los delitos, y acudió a la Gaceta Judicial para componer Rojo y Negro, que es la historia de un crimen. El Boletín Judicial es lo que me apasionaba a mí cuando estudiaba derecho, pues narraba los casos que habían llegado a casación ante la Corte Suprema, y eran novelas completas: asesinatos atroces, parricidios, incestos, adulterios, amancebamientos, estafas.

Es por lo único que recomendaría a un joven escritor estudiar la carrera de derecho. De otra manera nunca habría escrito Castigo Divino, que es una novela de asesinatos por envenenamiento, la forma más artera y sutil de matar.

Pero volvamos a los libros detrás nuestro. Sin comprometernos en ninguna falsificación en busca de apariencias, podemos colocar a la vista aquellos que hemos leído, o releído, este mismo año. Porque puede ser que alguien pregunte: ¿El Asno de Oro? ¿El Satiricón? ¿Vida de los doce césares?

Y tendrías, entonces, que responder satisfactoriamente. Si se tratara de lecturas muy lejanas, las referencias serían vagas, y habría poco que decir. No hay que avergonzarse de olvidar lo leído, no es asunto de vejez, es algo muy natural. Para eso existen las relecturas. Y si has llegado a olvidarlo todo, mejor. Así el disfrute será completamente nuevo.

Menciono esos tres libros, porque en tiempos de claustro como los que vivimos, las lecturas encadenadas ocurren más a menudo que cuando compartimos los libros con la calle. Es lo que yo llamaría una lectura hipertextual. Una te lleva a la otra, por los contextos, por las referencias de los prólogos, por las notas de pie. De Apuleyo pasas a Petronio, de Petronio a Suetonio, y desde allí a Plinio, a Plutarco, a Tácito. El riesgo es la apariencia excesiva de erudición, del que hay que cuidarse.

Y esto que, en la cadena de hipertextos, no he hablado de las referencias a las películas. De El Satiricón vas directo a Fellini, y cuando das con Fellini Satiricón, vas a dar a Roma, otra de sus películas.

Y es de nunca acabar. Pero este domingo de Managua metido en lluvia, toca a su fin.

 

Sergio Ramírez


Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Covidiario

Un comentario en “Covidiario
24 de mayo, 2020

  1. Suscribo plenamente lo del efecto dominó de las lecturas, tal como lo explicita Sergio. A mí, de la pura cansera de ver recomendadas la lectura o relectura de “Diario del año de la peste” (Defoe) y “La peste” (Camus), me dio por releer las “Cartas desde mi celda”, de Bécquer, cuando se recluyó en el apartadísimo monasterio de Veruela como profilaxis contra la tisis que ya le atacaba, y de allí pasé a “Mis prisiones”, de Silvio Pellico, de donde di el salto a Gramsci y las cartas escritas desde su cautiverio en tiempos del fascismo mussoliniano, y ahora doy en pensar que debería releer lo que escribió Dostoievski en su confinamiento siberiano. Mi indócil biblioteca me lo permite, y si la llamo indócil es porque a veces me esconde los libros que ando buscando.

Comentarios cerrados