Covidiario
23 de mayo, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

Es sábado como casi todos los días. Trapear es lo único que hago más que leer en esta apatía que alcanza su punto más álgido más o menos cada tercer mañana.

En un gesto de mínimo entusiasmo busco una lectura alentadora. Leo en Para ver de Petr Kral sobre las iluminaciones de Jankélévitch: hay un espectáculo en el exterior que puede surgir en todo momento y todo lugar si sabemos mirar aquellas “atracciones reales” que no son nunca las que vienen en las guías turísticas de cualquier ciudad, sino que se muestran sólo a algunos en pequeños resquicios de cotidianidad. Con la mirada como un suspiro de alivio que escapa a la monotonía gris, dice Kral, ningún lugar es privilegiado o estéril, todo depende de nuestra disponibilidad para ver y algo de azar. “No nos maravillamos porque haya objetos maravillosos”, dice Jankélévitch; cuando nos disponemos a mirar las luces que generan un reflejo, los depósitos de agua en algún edificio neoyorquino o el movimiento de las hojas en una calle cualquiera, aprehendemos un fragmento del “paraíso desintegrado” que nos rodea.

Constantemente estas iluminaciones, continúa Kral, nos llegan “en el curso de un viaje, o de cualquier otro desplazamiento. No por cierto que guarde ningún vínculo con el exotismo de los lugares. Descentrados, alterados, tendemos a posar sobre las cosas una mirada nueva. De ello nos damos cuenta, entre otros hechos, porque esta mirada ‘sobrevive’ a su causa”. Estos encuentros no nos inician en nada y se marchan tan pronto nos ha rozado su gracia. “En realidad, ante todo la gracia nos hace reencontrar el mundo en su extrañeza esencial”, cierra Petr Kral.

Buena lectura matutina, sin duda, pero hoy me resulta bastante ingenua. Eso o tal vez ya me falla la vista. Después de tantas semanas, poca maravilla encuentro en mi tarja limpia, los incesantes pleitos de mi vecino y su música a todo volumen. En las primeras semanas, la bugambilia de mi ventana ayudaba, hoy ya pienso en cortarla a ver si verla crecer me entretiene.

Ilustración: José María Martínez

Acostada en mi cama, busco figuras en el techo mientras pienso en la lectura de Kral. Una plasta de yeso me recuerda a una mancha imborrable que había en la puerta de un edificio que habité. Entonces me atraviesa un segundo espasmo de entusiasmo, me levanto y abro Google Maps. Tecleo la dirección en la que viví en Argentina hace unos años: Agüero 2351. Acercar la imagen y busco la mancha en la puerta. A pesar de todo hay cosas que no cambian. Después de este encuentro, comienzo a caminar mi antiguo barrio con un dedo y recuerdo los meses que viví en Buenos Aires.

Para bien y para mal, mi guía por la ciudad en aquel tiempo fue Roberto Arlt y sus Aguafuertes. A pesar de las décadas que separaban sus notas de mis paseos, yo veía la capital porteña como me la relataba. Seguía encontrando en la calle de Florida “vidrieras que retuercen de deseos el alma de las mujeres”; y belleza en la atorrante calle de Corrientes y sus neones nocturnos. También encontraba en las avenidas a sus personajes: “el furbo”, “el que se tira a muerto”, sus filósofos de azotea y al “cuna de oro”. Estaba tan abstraída en esa mirada iluminada que después de leer su aguafuerte sobre los suicidios en Plaza Once no quise volver a pasar por ahí aunque eso implicara un camino más largo a la universidad.

Como Arlt, probablemente yo veía más rascacielos de los que en realidad hay en Buenos Aires, por esas lecturas encontré en aquel puerto un asombro nuevo para mí, una mirada que sobrevive a su causa hasta la fecha.

Después de no sé cuánto tiempo transitando la pantalla, levanto la mirada y pienso en los textos que, como los de Arlt, me ayudan a narrarme el mundo y mirarlo con mejor cara a pesar de su monotonía gris. Pienso que tal vez otro día encuentre una lectura que me permita mirar mejor mi casa, encontrar en ella un rincón distinto, sorprenderme de nuevo con lo que acontece en la ventana. Ya llegará un sábado en el que vuelva a encontrar iluminaciones y sienta que Kral y Jankélévitch tenían algo de razón.

 

Valeria Villalobos-Guízar


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Publicado en: Covidiario