Covidiario
18 de mayo, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

A Sebastián, Nicolás y Daniel

Preámbulo. Cuando la revista nexos me invitó a colaborar en este espacio hace varias semanas, acepté la invitación, pero también pensé y expresé que no tendría nada interesante que decir sobre esta pandemia que ya tanto se prolonga, tanto perturba nuestra vida cotidiana y tanto aburre a la inmensa mayoría de las personas. Nunca imaginé que poco después me enfermaría de COVID-19 y estaría hospitalizado durante, hasta el día de hoy, nueve días.

Confesión. Quizás debiera comenzar por un mea culpa. Yo no he sido nada que se parezca al ciudadano ejemplar respecto a esta pandemia, pues seguí corriendo algunas mañanas, fui al supermercado un poco más de la cuenta e incluso durante la fase 2 me escapé a la chamba un par de veces (la excusa no me parecía tan mala: todos los libros que necesitaba para terminar un artículo en el que llevaba mucho tiempo trabajando y cuya fecha de entrega estaba por expirar, estaban en mi cubículo del Colegio; además, la institución estaba prácticamente vacía).

Plan de trabajo. Dicho lo anterior, después de más de una semana transcurrida en un hospital de la Ciudad de México (sigo aquí), con unos primeros días bastante complicados, tengo tantas cosas que decir sobre esta enfermedad que este espacio seguramente me resultará insuficiente. En cualquier caso, seré lo más directo que pueda en cada uno de los temas que trate; espero resultar claro e inteligible para todos los lectores.

Hospitales, camas y respiradores. Lo primero es que antes de llegar al hospital privado donde me encuentro pasé por otro privado, uno semi-público (eso me pareció entender) y uno público. En ninguno había camas disponibles (no en sentido estricto; me explico enseguida). Cuando iba en camino a un segundo hospital público, con un papel expedido por el primero que en principio me garantizaba una cama, mis hermanas me enviaron un mensaje en el que me decían que se acababan de abrir dos espacios para COVID-19 en el hospital donde trabaja una neumóloga, muy competente, que me operó del pulmón derecho el año pasado. Después de una prolongada espera, que se explica sobre todo porque entremedias hubo varias personas consideradas dentro del color “rojo”, es decir, bastante graves, las cuales pasaron antes que yo, finalmente fui valorado e internado en la noche del lunes 11 de mayo. Por cierto, poder internarse no depende del número de camas, sino del número de respiradores disponibles. Si no hay una determinadacantidad de respiradores listos para ser utilizados en cada hospital y dependiendo del número de pacientes ya internados con coronavirus, recibir pacientes en estado grave sería, paradójicamente, una grave irresponsabilidad.

Ilustración: Kathia Recio

El bicho. Lo primero que habría que decir es que la incertidumbre imperante en la sociedad mexicana y en todo el mundo empieza porque el COVID-19 (al que en ocasiones me referiré como “el bicho” a partir de aquí) es un virus que desconocemos casi por completo. En ese “desconocemos” incluyo a la comunidad médica internacional. Por eso, sobre todo, es que la información que escuchamos día tras día es tan contradictoria. Un dato para abrir boca a este respecto: cerca del 40 % de las pruebas “negativas” de coronavirus son falsos negativos. Con este porcentaje como punto de partida, cabe colegir el carácter incierto de todo lo que de ahí se deriva. Otro dato, tomado de mi caso personal: yo no he tenido los dos síntomas más comunes de coronavirus (tos y fiebre) y, sin embargo, el bicho ha hecho estragos en mi pulmón izquierdo.

Las doctoras y doctores. Para las doctoras y doctores que están luchando contra este virus hay algo que podría parecer evidente, pero que resulta esencial para entender por qué la batalla final se pierde con mayor frecuencia de lo que nos gustaría (en México, la letalidad del coronavirus es superior al 10 %): como no se le puede atacar de frente, hay que ir sobre lo adyacente, lo colateral, lo “previsible” (respecto a un bicho tremendamente impredecible, por eso las comillas). Dicho de otro modo, hay que tratar de adelantarse a él, no darle margen de maniobra, debilitar algunos de sus amarres. Eso hace el proceso muy difícil, lento, incierto y sin garantías de éxito. Por eso es tan importante esa experiencia, ese conocimiento, esa intuición y esa mesura que requieren los médicos que se están batiendo contra esta pandemia (por cierto, en la última de estas cualidades insiste Albert Camus en un texto sobre los doctores y la peste que hasta hace unos días era inédito en español).

Las enfermeras. Junto al trabajo de las y los especialistas, no puedo dejar de reconocer y de admirar la labor y el valor de las miles y miles de enfermeras que arriesgan su vida todos los días en este combate contra el bicho. En los días que llevo aquí, he tratado con decenas de ellas y he intercambiado impresiones con casi todas. Salvo contadísimas excepciones, su pericia, su disposición y su trato son intachables. Lo mismo puedo decir de los camilleros, los laboratoristas, la gente de limpieza y el personal encargado de alimentos. Todas ellas y todos ellos hacen un trabajo psicológicamente agotador y bajo condiciones extenuantes, aunque solo fuera por los ropajes de los que no pueden desprenderse durante todo el santo día. Me pregunto todo lo que pasa por la cabeza de todas esas enfermeras cuando llegan a sus casas, después de despojarse de sus ropas de trabajo, de tirarlas a la basura, de bañarse en sus clínicas u hospitales (cuando existe esa posibilidad), de recorrer buena parte de la ciudad en transporte público y de, finalmente, llegar a sus casas y abrazar a sus pequeños antes de dormirlos. O, algo quizás más común, de contemplarlos en silencio durante cierto tiempo mientras duermen en la oscuridad, justo antes de irse ellas a la cama para recuperarse de la extenuante jornada. Una escena que, con todas las variantes que se quiera, seguramente se repite en no pocos hogares mexicanos noche tras noche desde hace algún tiempo. Por eso, para mí, una de las mayores vergüenzas nacionales de los últimos años son los ataques verbales y físicos que muchas de ellas han recibido en la vía pública. Que desde hace un tiempo no puedan salir a la calle con sus uniformes de trabajo, que deberían ser un blasón en cualquier caso, pero más en la situación actual, me parece indignante, incluso repulsivo desde una perspectiva social.

El miedo. Un tema relacionado con el anterior es el hecho de que la Guardia Nacional tenga que ser utilizada para proteger centros de salud a lo largo y ancho del país. Lo que me lleva a uno de los temas centrales de estas líneas: el miedo. Ese sentimiento que compartimos todos los habitantes de este planeta en estos momentos. Lo anterior, con variaciones considerables de acuerdo a la ubicación geográfica de cada quien en el globo terráqueo y, por supuesto, de acuerdo al nivel de la escala social que cada quien ocupe en su respectiva sociedad. En todo caso, es el miedo (y la ignorancia) lo que ha llevado a las agresiones que han sufrido muchas enfermeras, es el miedo (y la frustración) lo que lleva a los familiares de personas que acaban de morir a causa del bicho a agredir a doctores y al personal de seguridad; es también el miedo el que, en el fondo, llevó o lleva todavía, no lo sé, a mucha gente a hacer compras de pánico. Básica y radicalmente, es el miedo a la muerte lo que nos tiene así.

El miedo en serio. Como lo dije hace poco en otro foro de esta misma revista, nada más desazonador que la muerte se esté paseando por nuestras calles, nuestros parques, nuestras plazas y nuestras avenidas. Hace unas semanas, el menor de mis tres hijos, Dani, de diez años, resumió el quid de esta pandemia con una frase que le expresó a su mamá una noche de desasosiego y que encapsula casi todo lo que he dicho hasta aquí sobre el miedo: “Todos nos vamos a morir”. El terror de un niño relativamente pequeño le puede sonar exagerado a todos los adultos que no se han enfermado de coronavirus, pero les aseguro que no suena así a los oídos de todos aquellos que han tenido que ser hospitalizados por esta enfermedad. Sobre todo a los oídos de aquellos que han tenido que ser trasladados a terapia intensiva para ser entubados y poder así seguir viviendo, prácticamente inmóviles, a través de aparatos que son una especie de sucedáneos pulmonares.

¿Numeritos? Parece una trivialidad, pero cuando uno está internado por COVID-19 y se siente muy mal (por decir lo menos) y vulnerable en grado sumo, hay que agarrarse de donde se pueda. Incluso de unos numeritos: sístole, diástole, media, pulso, saturación de oxígeno, temperatura, glucosa. Las enfermeras las miden diariamente; de hecho, a cada rato. Nosotros los pacientes parecemos no darle mayor importancia, pero esas cifras, si son positivas, nos ayudan a no bajar la guardia, a que el ánimo no decaiga. Si el bicho de por sí lo arrasa todo, con nuestro sistema inmunológico a la baja y nuestros anticuerpos flaqueando, nos haría pomada, por usar una expresión coloquial. No es opción, pues, y por eso, como que no quiere la cosa, volteamos a la pantalla del aparato medidor y, si las cifras nos sonríen, le hacemos bromas a las enfermeras sobre nuestro magnífico estado de salud. Lo cual no impide que llegue la noche y no haya manera de dormir. Una enfermera me dijo que en la sección en la que estoy no hay un solo paciente que no sufra de insomnio crónico. A decir verdad, no ayuda mucho el hecho de estar uno conectado a tantas máquinas, pues no falta la que suena porque se terminó el analgésico, la que lo hace porque no está pasando la sustancia adecuadamente o la de más allá, que emite sonidos porque un movimiento involuntariamente brusco modificó algún parámetro que se considera importante.

Dolor y deterioro. Es imposible para mí, que no soy médico y que no conozco directamente más que mi propio caso, calibrar el dolor de los enfermos de coronavirus, pero todos estos días platicando con doctoras, doctores y enfermeras me dan una idea aproximada de la magnitud del mismo. Del nutrido conjunto de relatos que escuché, lo que quizás más llamó mi atención fue la velocidad con la que un paciente aparentemente en buen estado se puede venir para abajo. Lo contrario puede suceder también, por supuesto, pero me pareció que era bastante menos común. Si acontece lo primero, no hay más que una sola opción: terapia intensiva (evidentemente, si puedo escribir estas líneas en este momento, no es mi caso). Ahí, toda recuperación toma su tiempo; a menudo, mucho tiempo.

La soledad. Por razones evidentes, las secciones confinadas para COVID-19 en los hospitales pierden mucho de su carácter hospitalario. No ves a nadie, no escuchas a nadie y, va de suyo, nadie te puede visitar. Una vez más, son las enfermeras las que, más que nadie, explican que el lugar no se convierta en un auténtico páramo emocional. Cuando hay que realizarte pruebas fuera de tu cuarto, el personal lo hace con toda la celeridad posible, que en realidad es toda la seriedad profesional posible. Todo está preparado para que no te acerques a nadie y que nadie se acerque a ti. Cortinas corridas, puertas abiertas de antemano, elevadores dispuestos. Te sigue además el personal de limpieza y lo desinfecta todo, hasta el aire. Estoy hablando por supuesto de mi experiencia, pero no se necesita ni medio dedo de frente para saber que no es así en la inmensa mayoría de las clínicas y hospitales de nuestro país; lo cual, sobra decirlo, hace todo más difícil y contribuye a explicar que el desenlace sea o no trágico. Volviendo a lo que quería decir, la ausencia absoluta de cualquier contacto físico, ese distanciamiento que a pesar de todo sentimos de vez en cuando y por centésimas de segundo porque algo de apestados tenemos y la inevitable soledad que todo paciente experimenta como consecuencia de muchas de las cosas que he expresado hasta aquí, me trajo a la memoria las últimas dos semanas de vida de mi hermano Paco en un hospital de esta ciudad, hace ya muchos años. En 1989, él murió de SIDA. En ese entonces se sabía poquísimo de la enfermedad; pero eso sí, que no se te ocurriera tocar a un enfermo… lo cual más tarde probó no tener fundamento alguno. No es el caso ahora, obviamente, pero ese no es el punto que quiero transmitir aquí. Particularmente con el coronavirus, tengo la impresión de que la falta de contacto físico, emocional y empático que esta enfermedad conlleva va vaciando a un paciente que está urgido de reservas físicas y afectivas.

Le stelle. A todos los pacientes que están entubados actualmente, les envío, en traducción libre y a sabiendas de que no podrán leerme ahora porque están sedados, esas bellas palabras con las que Dante Alighieri concluye la primera parte de su Divina Comedia, la que está dedicada al infierno, y con las que refiere el hecho de salir finalmente de una situación que parecía insoportable, intolerable, invivible: “Y así salimos avante y logramos contemplar las estrellas otra vez” (E quindi uscimmo a riveder le stelle).

 

Roberto Breña
Académico de El Colegio de México.


Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Covidiario

7 comentarios en “Covidiario
18 de mayo, 2020

  1. Extraordinario testimonio. Hay que tener el temple (y ser buen escritor) para consignar estas reflexiones sobre la pandemia y sus muchos flancos vistos desde una experiencia personal. Un abrazo, Roberto, de uno de tus lectores asiduos.

  2. Roberto:
    Gracias por la crónica de tu padecimiento, de tu aislamiento, de tu recorrido por las reflexiones y por compartirnos las emociones, vividas desde las entrañas de la trinchera que te lleva de la mano a enfrentar lo desconocido y lo inimaginable.
    Tu cordura, o al menos los girones de cordura que nos muestras son eficaces para entablar comunicación y contacto con “otros” acá, en el encierro preventivo. Recibe un saludo afectuoso y empático. Parte del recorrido está andado, lucha y resiste!
    GM
    PS. También leí el texto de Camus

  3. ¡Muuucho ánimo y mucha fortaleza de espíritu! Estar hospitalizado y bajo estas condiciones puede ser una montaña rusa de emociones difícil de sobrellevar en esta dimensión desconocida.

    Sin querer ser inoportuna, a mí me gusta pensar al coronavirus 2019, como una pelusa, más que un bicho. Una pelusa q se aferra a nuestros tejidos y que busca replicarse rápidamente.

  4. Excelente trabajo…por cierto, algún editor podría cambiar el término “entubados”, por lo correcto, INTUBADOS.

  5. Querido Profesor este último tiempo en el colegio lo vi pasar por mi lugar siempre con un saludo y agradable sonrisa, que buena impresión de su experiencia en esta pandemia, leerlo es gratificante en estos tiempos difíciles siempre mejores para unos que para otros, ojalá nos podamos ver pronto con los cuidados necesarios y la nueva normalidad y sobre todo salga victorioso de este “bicho” como usted lo nombra, grato leerlo, Verano del mismo escritor que menciona lo leo para seguir en la espera.

Comentarios cerrados