En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.
Quédate en casa, quédate en casa… todos repetimos el mismo mantra, pero no logro convencerme de que represento un peligro para los demás, no oculto malas intenciones. Me he portado bien, no he visto a nadie. Mi único pecado (respecto a la pandemia) es salir todos los días de 5 a 5:30 de la tarde a caminar por mi calle. Me cruzo con tres o cuatro personas, cada una va pendiente de los movimientos de los demás: si la joven deportista amenaza con cruzar hacia el chico de la bicicleta, éste cambia rápidamente de camino para alejarse de ella. Lo mismo hacemos todos, por lo que vamos zigzagueando. Hoy una chica que paseaba a su perro vio a otra que venía de frente. Ambas se detuvieron. Una preguntó: ¿Vas a cruzar? Ante la respuesta afirmativa, siguió su camino. Nunca pensé que la democratización tomara esta forma, es decir, igualarnos por lo bajo: hoy no quiero que me rocen ni el cartero ni la estilista, ni siquiera el doctor. Y resulta que ellos tampoco quieren que los toque. Deben ser poquísimos los momentos en la historia de la humanidad en que absolutamente todos somos enemigos potenciales.

Ilustración: David Peón
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¿40 días de encierro y aún no me tiro por la ventana? No es extraño, tomando en cuenta que mi casa no tiene ventanas que brinden esa posibilidad, pero las semanas se acumulan y falta lo peor, y yo tranquilita, como si esto fuera parte de la vida. Lo es, pero no había previsto este capítulo en mi biografía no escrita: espontáneamente voy registrando, profetizando, lamentando, programando.
Lo más extraordinario de este encierro —en sí mismo extraordinario— es la ausencia de rebeldía, la resignación, incluso yo diría el buen espíritu con que me lo he tomado. Hoy me sorprendí pensando que ya sólo falta un mes para encarrilarme de nuevo. La idea de volver a la vida acelerada y dejar atrás esta especie de embotamiento que me mantiene ajena a los asuntos serios no me entusiasma. A ratos mi súper yo me ataca con frases como “estás desperdiciando tu vida” o “cuál es la utilidad de acumular días vacíos, sin producir nada”. Como defensa, viene a mi memoria el poema “Las moscas” de Machado en voz de Serrat y me sumo, muy mal entonada, a la celebración de esas “Inevitables golosas, / que ni labráis como abejas, / ni brilláis cual mariposas”, esas moscas vulgares y vagabundas.
Que todo lo importante requiere atención no lo dudo, pero no quiero hacer nada importante, sólo arrastrar las ganas de un lado a otro, sin ropa formal, consignas ni citas, nada que me apriete. Las expresiones “fecha de entrega” y “compromiso” suenan cada vez más ajenas, mientras que las siestas, la falta de horario y de actividad me hacen sentirme cada vez más Bartleby, pues hablar al supermercado o hacer una transferencia son tareas a las que mi yo más auténtico responde: “Preferiría no hacerlo”.
Así me siento: incapaz de concentrarme en un libro, la comida, las noticias, las series… todo lo sobrevuelo sin aterrizar. Esta mañana, en la regadera, bajo el agua tibia que regaba mi placidez boba pero placentera, tuve una iluminación y pude nombrar el estado en que me encuentro, lo llamé dispersión. Se trata del hecho de desperdigar la atención en varios asuntos. El diagnóstico escolar para estos casos apunta hacia un trastorno por déficit de atención que suele aterrizar en una receta de Ritalín.
La dispersión no es productiva, incluso es amenazante porque tiende al caos, compañero de la confusión, los cuales suelen exorcizarse dividiendo la existencia en meses y horas, en tiempos de trabajo, de socialización y de vida privada. Estos escapan al desorden gracias a los rituales que nos vamos imponiendo.
No es extraño que el encierro haya alterado nuestros hábitos, y es precisamente porque estamos alterados que nos sentimos un poco perdidos, dispersos. Sospecho que, en el fondo, lo que nos altera es el miedo a la muerte, ésa que se exhibe de manera impúdica cada noche en los medios. He (mos) consagrado décadas a la ocultación de la muerte, a pretender que es algo excepcional, ajeno. Repentinamente, los gobiernos han decidido que es un asunto de todos (aunque la batuta la tienen ellos) y que su deber es inocularlo en cada individuo. La muerte está ahora a un clic de distancia, con cifras e imágenes, proyecciones y comentarios.
Se me ocurre que la dispersión nuestra de cada día es una forma de no poner la atención en la pandemia personal que, en el fondo, cada uno está sufriendo.
Esther Charabati
14 de mayo, 2020
Mateo Aguilar Mastretta
13 de mayo, 2020
Teresa Zerón-Medina Laris
12 de mayo, 2020
José Woldenberg
11 de mayo, 2020
Melissa Cassab
10 de mayo, 2020
Guillermo Fadanelli
9 de mayo, 2020
Delia Juárez G.
8 de mayo, 2020
Nicolás Medina Mora
7 de mayo, 2020
Natalia Mendoza
6 de mayo, 2020
Juan Pablo García Moreno
4 de mayo, 2020
Esteban Illades
3 de mayo, 2020
Daniela Tarazona
2 de mayo, 2020
Álvaro Ruiz Rodilla
1 de mayo, 2020
Kathya Millares
30 de abril, 2020
Arnoldo Kraus
29 de abril, 2020
Soledad Loaeza
28 de abril, 2020
Héctor Aguilar Camín
27 de abril, 2020
Andrea Januta
26 de mayo, 2020
Ronaldo González Valdés
25 de mayo, 2020
Ana Sofía Rodríguez Everaert
23 de mayo, 2020
Ángeles Mastretta






















El primer párrafo de su Covidiario me ha hecho recordar el de “Masa y poder”, de Elias Canetti: «No hay nada que una persona tema más que ser tocada por algo desconocido. Se quiere ver lo que viene a uno, se quiere ser capaz de reconocerlo o al menos ser capaz de clasificarlo. En todas partes, la gente evita el contacto con extraños. Por la noche, o en la oscuridad en general, el susto de un contacto inesperado puede conducir al pánico. Ni siquiera la ropa le proporciona a uno la suficiente seguridad; qué fácil es rasgarla, qué fácil es abrirse camino hasta la carne desnuda, lisa e indefensa de la persona atacada». Así traduzco ese primer párrafo de “Masa y poder”. Siento un vago temor a releer el resto.