En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.
La vibración de un motor retumba dentro de mi recámara. También el canto de las aves despabilidas que trincan restos y migajas humanas.
Barcelona despierta soleada. Hace poco más de una semana que nos acecha el verano. Totopo ronca profundo mientras que despeinada estiro las piernas fuera de la cama.
Leo el encabezado de El Periódico: “Sánchez se plantea ahora pedir un mes más de prórroga por el estado de alarma” y junto está la noticia de que un exfutbolista turco mató a su hijo de cinco años contagiado de coronavirus. Con la tripa retorcida alejo el teléfono de mi mano.
Una mujer barre la glorieta de la Rambla del Poblenou que hace esquina con mi calle: Pujades. Con cautela recoge la mala hierba que en los últimos meses se ha adueñado de las aceras y jardineras.
Un joven tose y otro que lo cruza se aleja. Las tiendas de teléfonos celulares, tabaco y supermercados abren ya sus puertas. Aunque debemos permanecer el mayor tiempo en casa, el gobierno ha dictado un nuevo horario: entre siete y diez de la mañana podemos salir a ejercitar. Entre diez y doce salen los de mayor edad, al mediodía los niños pueden pasear y por la noche los deportistas retoman la rutina.
Los perros siempre pueden rondar. Los policías, al verlos, relajan el ceño. Si te encuentran vagando sin razón, lo fruncen y comienza un interrogatorio.

Ilustración: Víctor Solís
“¡Ostras!”, me escribe una compañera del trabajo, “he leído que volvieron a abrir algunas terrazas y que es tanta la gente que fue por el vermut que hay cientos multados y hoy ya no les han permitido volver a abrir”. Está preocupada, los rumores advierten que el regreso de la gente a la calle significa un rebrote del virus.
Totopo camina por la rambla y le ladra a todos los perros machos, fuertes, altos y guapos que nos topamos. La mayoría transita en silencio con la mirada alerta y la boca cubierta. Además de los tenis y los pants, la gente se pasea con tapabocas; es parte del nuevo uniforme casual.
La incertidumbre no parece encontrar inmunidad. Las noticias recuentan diario miles de muertos y millones de desempleados.
Un par de policías junto a sus motos, sin importar la incomodidad del tapabocas, chismean. Una sirena de ambulancia los interrumpe. Todos recordamos que aunque estemos en la calle, algo no ha terminado. Está ahí, intangible, invisible, transformándose, adaptándose. Quebrando los cuerpos que se lo permiten.
Los restaurantes y bares siguen cerrados, casi arruinados. El gremio intenta negociar un apoyo, pero el gobierno no sabe cómo responder ni qué ofrecer.
La calle habla distinto. Se respira la brisa que barre a diario. “Ha salido el sol y ha vuelto la alegría”, me dice una vecina que también pasea a su perro.
“Sólo permitimos el acceso a máximo 4 personas”, advierte un letrero en la puerta de la farmacia. Desde el confinamiento siempre hay fila. Otro explica: “Ya no tenemos mascarillas”.
Atravieso el edificio de un geriátrico. El hombre que salía a fumar todas las mañanas en su silla de ruedas ha desaparecido. El edificio parece clausurado. La puerta siempre está cerrada, sellada.
Los empleados se desinfectan sin parar. Constantemente llegan ambulancias y los bomberos desinfectan la calle y los muros que los rodean una vez a la semana. Cuentan rumores que algunos, desesperados, han intentado escapar.
Cerca de mi entrada encuentro el tallo de una planta con algunas hojas. En la sala, Julia me indica que quiere saltar sobre el sillón y la acompaño. “Allá”, grita y señala hacia la puerta para que la deje sola.
Es aguerrida. Batallamos para que me deje trabajar. A las diez debo comenzar. Una ambulancia se estaciona frente a mi balcón. “Él ya sabe que hacer”, escucho la voz de la hija de los vecinos en el pasillo. Se llama Rosa María, pero enfurece si le dices solamente Rosa.
Se refiere a su perro y se lo indica al camillero que carga con su madre. Vienen del hospital. Casi diario la llevan y regresan, tiene cáncer y hace un par de días le anunciaron que ahora es terminal. En el hospital le realizan una curación especial.
Los camilleros deben maniobrar para subirla por el estrecho y oscuro pasillo de las escaleras. El olor delata la humedad. Mi teléfono suena. Es teletrabajo como lo dicen acá. Salgo a la calle para concentrarme y escuchar. Encuentro a un italiano que fuma un porro mientras toma el sol. Sin camisa muestra una panza aficionada a la cerveza y la pasta.
Es hora del paseo de los más ancianos. La mayoría caminan acompañados. Unos en pareja se toman de la mano. Otros se recargan en las bolsas del mandado.
“¿Y la guitarra?”, le pregunto a Jorge, un hombre sin casa que bebe cerveza frente a la panadería de la esquina. Me la muestra, la tiene escondida. Por el virus no puede tocarla.
Jorge es cubano. Llegó a Europa a los diecinueve, hace veinte años. Duerme en el parque. Con lo que le regalan por tocar la guitarra siempre compra cerveza. Come de lo que los vecinos le dan. Aunque es chimuelo siempre sonríe.
“Con esta guitarra he viajado por toda Europa”, presume. Se ve cansado, con el cutis quemado. Pasó mala noche. Se queja de que con el virus los policías lo persiguen más.
Una mujer en bicicleta nos cruza. Al ver una iglesia a lo lejos se persigna, sube la vista al cielo y vuelve a pedalear.
“Paaanch”, se escucha en un mensaje de voz de una amiga que vive en Badalona. Dice que salió a pasear y se encontró con El Teté, uno del bar de su barrio que pasó su juventud robando y fumando crack. “¿Cómo va el confinamiento?”, le preguntó. “Ya, Tata, como cuando estaba en el talego, todo el día sin salir y fumando porros”. “¡Madre mía, Tete!”, concluyó mi amiga.
Al mediodía Julia puede salir a pasear por la rambla. “Pica”, expresa y se talla los ojos. El polen de los árboles se mete hasta la garganta. Otros pocos niños corren alrededor. La mayoría pasea en carreola, los padres los arrullan esperando tener unos minutos de tranquilidad.
Mi vecino Guillermo, el padre de Rosa María, se ha puesto el sombrero y toma el sol desde el balcón.
“¡Listo!”, llama Rodrigo desde la cocina. “El secreto está en el caldo”, le digo comentado el arte de preparar una buena fideguá. Él está de acuerdo aunque insiste en que el secreto también está en saber freír y evitar que se bata el fideo.
El sol de la tarde también me atrae al balcón. Julia juega y destruye la planta que he encontrado en la mañana. “Almacena agua en sus hojas, raíces y tallos”, le explico sobre las suculentas pero no le importa, corre por una armónica y comienza a tocar, a bailar y a gritar.
El sonido que predomina es de motores, picos y palas de una obra que no descansa a media cuadra. “¡Hola, Guillermo!”, saludo a mi vecino al voltear. Muestra semblante triste. Ojos rojos, exceso de cansancio y reflexión. “Enriqueta está muy mal”, me confiesa de balcón a balcón. Viven en ese departamento desde que se casaron, hace más de cincuenta años. De la mano han visto cómo el barrio se ha transformado.
Él extraña lo que fue. Cuando en el piso de arriba vivían su amigas la Ramona y la María. El chisme y los años los hicieron hermanos. Ahora el edificio ha caído en manos de buitres inmobiliarios que quieren control y cambio.
Guillermo es de Castellón. Llegó a Barcelona a los tres años pues su padre trabajaba en la cerveza Damm. En el Poblenou conoció a Enriqueta, su esposa. Siempre imaginó que ella lo acabaría cuidando a él, pues era quince años menor. Ahora, ella está invadida de cáncer, también tiene problemas de tobillo, de cadera y de respiración.
“¡Papaaa!”, interrumpe Rosa María gritando desde de la calle. Aunque es de esqueleto fuerte, camina cansada, casi arrastrada. Viste pantalones verdes y abrigo aunque no haga frío. Tapabocas y paño de tela amarillo encima obligatorio.
También carga con un bastón en la mano del que no se sostiene. “Yo te abro”, le respondo desde las alturas y me indica que no con la mano, pide que su padre vaya al interfono porque le quiere decir algo.
El cielo continúa iluminado, pero una porra de aplausos advierte que son las ocho. Cada vez se escuchan menos manos. La panadería vende las últimas barras de pan y comienza a cerrar. Julia se niega a descansar.
“¡Mamá, mamá! ¿Qué quieres cenar?”, escucho la voz de Rosa María que atraviesa el muro. “¡La cena, mamá! ¡la cena!”, repite golpeado.
Todo en el edificio se ha debilitado. La madre responde: “pan con tomate”. Balbucea adolorida, demacrada. “También hay jamón y salchichón”, continúa Rosa María y enciende una nueva discusión.
La brisa azota mi puerta. Mientras los gritos aumentan, Guillermo sale y enciende con calma un cigarrillo. Ha pasado toda su vida viendo el atardecer desde ese mismo balcón.
Teresa Zerón-Medina Laris
12 de mayo, 2020
José Woldenberg
Días circulares. El lunes es igual que el sábado y el miércoles igual que el viernes. Hoy, me levanté, fui al baño, me lavé los dientes, la cara y las manos, leí el periódico, desayuné, caminé, me bañé y vestí, leí, escribí, comí, volví a leer, a caminar, lavé trastes, consumí mi dosis diaria de Netflix, cené, volví a leer y se acabó.
11 de mayo, 2020
Melissa Cassab
Decidí vestirme como si el mundo no hubiera cambiado, con zapatos y calcetines, después de varios días de refugiarme en la comodidad de las pantuflas. Después de tender mi cama admiro el orden a mi alrededor. La semana pasada decidí ordenar mi habitación. Tal vez si organizo mi espacio, organice mi mente, me dije en un intento inútil para calmarme. Les advierto que no funciona, pero al menos descubrí un viejo diario.
10 de mayo, 2020
Guillermo Fadanelli
Recojo, como un limosnero de buen ánimo, las noticias que hoy parecen insignificantes —el tornado en Nuevo León; el pastelero que mata a un asaltante en el Estado de México; el bombardeo al aeropuerto de Trípoli—, noticias nimias comparadas con el concierto viral que se anuncia a cada minuto como una de las facetas de la eternidad.
9 de mayo, 2020
Delia Juárez G.
Esto que estamos pasando, lo anunciaron las jacarandas. Me sucedió ya antes, en 2013 cuando hubo una explosión de esas flores que nadie entendió y coincidió con una explosión de las flores de los árboles de cerezo en Japón.
8 de mayo, 2020
Nicolás Medina Mora
Mi cuarentena ha sido una era de planes fallidos. Que si me iba a levantar a las seis para escribir; que si iba a correr todos los días; que si iba a aprender a tocar los Piano Études de Philip Glass; que si iba a leer La guerra y paz y Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister y La sombra del caudillo y el libro de Kojève sobre Hegel.
7 de mayo, 2020
Natalia Mendoza
Me parece que la forma literaria más afín al tiempo de cuarentena no es el diario, sino el haikú. Es verdad que el recuento cotidiano del diario tiene una cercanía natural con el encierro y la reclusión, sobre todo el diario íntimo abocado a la exploración minuciosa del yo, como los cuadernos femeninos y dulcemente burgueses que describe Peter Gay en The Naked Heart.
6 de mayo, 2020
Juan Pablo García Moreno
Me encantaría dejar constancia de alguna reflexión a la altura de las circunstancias. Algo sobre el futuro, la ruptura, el mundo por venir. Pero no: hoy llegaron las cervezas. En estos días de incertidumbres se agradece tener certezas. Y si algo es cierto es que estas son las últimas cervezas que tendremos por tiempo indefinido.
5 de mayo, 2020
Rebecca Zweig
Últimamente paso mucho tiempo parada de cabeza. Me paro de cabeza hasta que el amor y la furia y la impotencia se drenan de mi y lo único que queda es una vibración que casi es un sonido y que me enferma. No soy esencial; mi trabajo no es esencial; y pararme de cabeza no es más que otra forma de sentir mi carencia de esencialidad.
4 de mayo, 2020
Esteban Illades
Ningún ruido avasalla más que el de cada martes en la madrugada, cuando una decena de camiones llega de un lugar remoto y arma el tianguis semanal. Seis de la mañana y se oyen los gritos de quienes cuelgan lonas en los árboles; seis y media y a alguien se le cayeron los tubos que sostienen el puesto hechizo; ocho y el primer grito de “pásele, güerita”.
3 de mayo, 2020
Daniela Tarazona
Nos pasa lo mismo que a todos: sabemos que nos hallamos inmersos en un pozo bajo la tierra, pero le echamos ganas y miramos hacia la luz de su boca. Allá arriba deben estar los laboratoristas que preparan la vacuna. Quieran los dioses que así sea.
2 de mayo, 2020
Álvaro Ruiz Rodilla
Cualquier rutina pierde su norma y su horma cuando una pareja espera un bebé y se acortan las semanas hasta su llegada. Por esa otra impaciente normalidad pensé en escribirle, mejor, al niño que viene en camino.
1.º de mayo, 2020
Kathya Millares
Antes de que suene la melodía del bosque que me obliga a salir de la cama, busco a tientas en la mesa de noche el celular. Hoy no quiero escucharla. Sostengo el teléfono con la mano derecha y concentro mi fuerza en los pies para mover las sábanas. Estoy tumbada boca arriba con los párpados abajo. Lamento haber alterado mi ciclo del sueño: sólo dormí cuatro horas. No fue insomnio, fue voluntad.
30 de abril, 2020
Arnoldo Kraus
Las tragedias retratan nuestras debilidades. Enseñan más que los éxitos. Ahora el turno es el del maestro COVID-19. Zygmunt Bauman cavilaba acerca de “el fin de la era del compromiso mutuo” e invitaba a reflexionar acerca de la capacidad humana para eludir.
29 de abril, 2020
Soledad Loaeza
Hoy fue día de mi cumpleaños. Pensé que no tendría nada de particular, que sería como los otros días de las últimas seis semanas, que no tendría fecha, y tampoco horas, que no dejaría huella a menos de que lo consignara en éste, mi diario.
28 de abril, 2020
Héctor Aguilar Camín
Visito libros y modas de los años sesenta. Me he perdido estos días faltos de forma en la escritura de lo que quizá será una novela cuando el tiempo vuelva.
27 de abril, 2020
Andrea Januta
El sonido que me despierta es el canto de un pájaro cardenal. Así comienzan los días: con pájaros o con sirenas. Esas son las dos melodías que dominan la vida de nuestra ciudad ahora que todo lo demás ha callado. Últimamente me voy a dormir tratando de adivinar qué me traerá la mañana siguiente: pájaros o sirenas. Hoy los pájaros ganaron.
26 de abril, 2020
Ronaldo González Valdés
Me gustan los domingos en casa. Los domingos normales salgo eventualmente a misa con Ana. Ahora ni eso. Y en serio: no es queja. Todo lo contrario. A un lado de mi estudio hay un tejado. Lo puedo alcanzar con un solo paso. Puedo hacerlo, pero no quiero. Aquí estoy bien, confinado.
25 de abril, 2020
Ana Sofía Rodríguez Everaert
Cada quien tiene derecho a elegir su propio viaje al pasado en estos días que duran tanto, sobre todo si, como hoy, llueve a media tarde y la lluvia se detiene un par de horas después para declarar que el día puede seguir. Otras cuatro horas de luz para llenar un sábado que se volvió uno de esos sábados en los que antes hubiera sido una victoria atrincherarse en el sillón y no salir.
24 de abril, 2020
Ricardo Bada
Está por terminar el día, el 38.º de mi confinamiento. Un día sin historia. Ni siquiera llamadas telefónicas, únicamente las que hace Diny apacentando a su grey, ella es la matriarca de los Hansen Kluitman.
23 de abril, 2020
Ángeles Mastretta
Riego las violetas que dan a mi ventana. Hoy es el día mundial del libro. Ayer empezó a llover. Esta noche cumpliremos un mes y una semana de retiro.



















