Covidiario
14 de mayo, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

Paradójicamente mi pequeña familia nunca había pasado un periodo tan largo de buena salud como el que hemos tenido estos dos meses de pandemia.

El 12 de marzo Greta se veía muy nerviosa e insinuó que deberíamos encerrarnos de inmediato porque eso del COVID-19 sonaba muy peligroso. Yo, por mi parte, pensaba que todo era una exageración, que por algún motivo en México no sería tan grave. Nos encerramos: ella, dos niños de tres años, Gloria, la mujer que nos ayuda y se compadeció de nosotros, y yo.

Greta tenía toda la razón. Es por ella que estamos seguros en estos tiempos de incertidumbre global y aprovecho para darle las gracias.

Hoy es 14 de mayo y el aislamiento empieza a tener tintes rutinarios que amenazan con extenderse por otro buen tiempo. No voy a fingir que este encierro ha sido algo fácil, aun con la enorme ventaja de tener lo necesario para ejercerlo, más que nada un trabajo que se puede hacer a distancia. Vivir con dos niños que apenas transitan la primera infancia presenta retos de todo tipo y el más notable es encontrarles pasatiempos todos los días. Somos tres adultos atendiendo lo mejor posible las exigencias de dos niños que simplemente no tienen límites. La solución es muy sencilla: seguir una rutina con enorme fidelidad. Les presento un fragmento a continuación.   

Ilustración: Gonzalo Tassier

La rutina inicia en la madrugada. Los niños se pasan a la cama en tandas. Primero uno a las 3:30 de la mañana, sube rápido, dice que no quiere hacer pipí y se acuesta entre papá, mamá y perrito. Se esparce rápidamente y a continuación empieza su gradual recorrido hacia su padre. Greta dice que le gusta dormir junto a mí, pero la verdad es que quiere sacarme de la cama. El segundo niño aparece a las 4:30. Me salgo de la cama, concediendo el duelo. Se quedan hijos, mamá y perro en cama. Yo me retiro a una de las camas de cochecito de los niños.

El resto de la noche es corto. A las 6:30, los niños se despiertan, sin falta, piden su galleta y su leche. Bajo a la cocina, preparo un café soluble para Greta y pongo una Oreo y una María en un plato. Hago entrega y el día empieza. Mientras Greta da sorbos a su café los mira brincar, correr y gritar ¡a las 6:35 de la mañana! Yo me voy a otro cuarto para hacer ejercicio instruido por uno de esos videos de YouTube que garantizan el cuerpo de Brad Pitt con una rutina diaria de diez minutos. Hasta el momento promesas falsas.

A las 7:00 los niños quieren desayunar viendo tele. La compasiva Gloria aparece sin falta a esa hora y los distrae para que yo pueda darme un regaderazo. Greta regresa moribunda a la cama. El desayuno dura dos horas porque es el tiempo que los niños toleran estar sentados viendo Paw Patrol. Dios bendiga a esos animadores canadienses. Greta desayuna al último a las 9:20 y se queda con los niños. Gloria y yo recogemos todo lo que han tirado en media mañana.

Me siento a trabajar a las 10:30. Hago llamadas telefónicas a gente aislada que pocas veces contesta. Es extraño hacer trabajo de oficina en casa, equivalente a servirse un trago y jugar dominó en la oficina. Se puede, pero no sin desconcierto. Mientras uso el teléfono o redacto algún correo escucho gritos constantes, sean de euforia o de algún enfado que augura el fin del mundo. Mi mundo se termina siete u ocho veces al día. Luchas constantes.

Muy temprano en el encierro, Greta y yo concluimos que de una u otra forma teníamos que llevar a los niños a un espacio abierto y nuestra única opción estaba en casa de mis papás. Uno de los dos va con los niños a jugar en el jardín de los abuelos, separados de la casa por una reja para evitar posibles contagios. Mis papás han tenido paciencia y tolerancia, arriesgándose por ver a sus nietos y darme salud mental. Nada de bromas. Llegamos a este oasis a las 12:00 del día, momento en que oficialmente termina una mañana más de pandemia.

No los voy a torturar con cada detalle de la tarde y noche del día. Creo que es suficiente con narrar una mañana para transmitir el nivel de caos al que nos someten los pequeños demonios en esta cuarentena. La simple convivencia es una ardua tarea que de seguro comparto con cientos de miles de mexicanos. No hay escapatoria. El otro lado de la moneda retoma el párrafo inicial de este texto. En medio de una pandemia encaminada a matar medio millón de personas en el mundo, yo tengo la enorme suerte a la fecha de llevar dos meses en estado de gracia con mis monstruos. Los cinco habitantes de una casa frente al Parque México no se han enfermado de nada. No puedo quejarme. Hacerlo sería una mezquindad.

 

Mateo Aguilar Mastretta


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Publicado en: Covidiario

Un comentario en “Covidiario
14 de mayo, 2020

  1. Preciosa estampa familiar, la intrahistoria de un quinteto en la pandemia. Covidiario se va convirtiendo en una mina para futuros sociólogos e historiadores de nuestros días, en el supuesto caso de que sobrevivamos a esta pandemia, claro está. Lo deseo por mis nietos y mis hijos,y los hijos y nietos de mis amigos. Pero pensar en lo que estamos viviendo me hace recordar un trino de una tuitera manizaleña, muy ingeniosa: «Cada vez que me monto en un avión me olvido de que no creo en Dios». Vale.

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