Covidiario
11 de mayo, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

Desde que comencé el encierro he seguido una especie de disciplina religiosa al programar mi despertador a las 7 am, pero no he logrado levantarme de la cama a la misma hora dos días seguidos. Por más que leo las recomendaciones para mantener la salud mental durante la cuarentena o encabezados similares, no logro hacerme de esta costumbre que tanto recomiendan. Hoy me levanté pasadas las 7:30. Para justificar mi falta de rutina recuerdo los primeros versos de un poema de Wislawa Szymborska —que descubrí gracias a una querida amiga:

Nada sucede dos veces
ni va a suceder, por eso
sin experiencia nacemos
sin rutina moriremos.

Decidí vestirme como si el mundo no hubiera cambiado, con zapatos y calcetines, después de varios días de refugiarme en la comodidad de las pantuflas. Después de tender mi cama admiro el orden a mi alrededor. La semana pasada decidí ordenar mi habitación. Tal vez si organizo mi espacio, organice mi mente, me dije en un intento inútil para calmarme. Les advierto que no funciona, pero al menos descubrí un viejo diario. Hoy vuelvo a leer la última entrada, la fecha es del 10 de noviembre del 2010. Hoy se cumple un mes de mi secuestro, comienza. La letra todavía parece la de una niña, tan grande y brusca que invade los renglones vecinos. Estoy bien porque soy libre.

Ilustración: Estelí Meza

No recuerdo haber escrito esa última frase, no recuerdo haber decorado la portada del cuaderno que decidí convertir en diario hace casi diez años: con una foto mía a los tres junto a una a los quince, decoradas con márgenes de flores verdes y rosas, con mi nombre impreso en una tipografía que parece graffiti. La misma portada me parece extraña, enaltece la incomodidad que me provoca leer mis propias palabras. Quisiera regañar a la Melissa del pasado, advertirle que no escriba eso.

¿Por qué no mejor reflexionar diciendo: estoy bien porque reconozco el miedo ante un trauma y voy a sanar la herida con aceptación, con amor y con ayuda? Eso hubiera sido más sencillo de procesar en un momento en el que no me siento libre, pienso sarcásticamente. Aclaro que no me refiero a estar en contra de la estrategia de quedarte en casa para evitar el contagio. Estoy hablando de una incomodidad, una especie de inquietud que me ha acompañado durante semanas.

Entiendo la relación que hace mi cerebro con este encierro y con mi secuestro: no es la primera vez que siento que el tiempo no pasa, como si estuviera en una sala de espera en la que no me llaman, pero en la que también me da miedo que toque mi turno.

Me invade esa sensación de inquietud a la que me niego a llamar ansiedad e intento salir al balcón de mi cuarto. Antes de siquiera abrir la puerta corrediza veo una abeja volando frente a mí. Recuerdo el miedo al ver el panal que no para de crecer hace unas semanas. Después de verlo bajé corriendo a la sala a notificarle la atrocidad a mi padres: ¡un panal de abejas se apoderó de mi balcón! Mi papá, sin siquiera quitar la mirada de televisión, me preguntó: ¿Te gustaría ver menos flores? Ante mi silencio remató diciendo: las abejas son polinizadores. Antes de permitirme empatizar con los invasores fui con mi madre; tal vez ella estaba de acuerdo con que las abejas no podían quedarse. Lamentablemente su respuesta fue similar. Biólogos tenían que ser, me dije mientras regresé a disculparme mentalmente con mis nuevas inquilinas.

Estoy bien porque soy libre. ¿Qué me hizo pensar que estar bien era tan fácil? Intento deshacerme del pensamiento y mejor me pongo a recordar por qué le tengo tanto miedo a las abejas. No soy alérgica, pero he sentido el dolor de su aguijón más de un par de veces. Supongo que es eso, el recuerdo del dolor de una herida pasada.

Antes de dormir practico el poco francés que sé. A pesar de que comencé a tomar clases en secundaria nunca me esforcé demasiado y en la carrera lo abandoné por completo. Es otra de las tantas recomendaciones para mantenerse sanos en casa: aprende un idioma, retoma algo olvidado. La práctica de hoy fue escuchar el diálogo entre dos amantes en un tren. Después tuve que conjugar el verbo besoin: “necesitar”. Me asomo desde mi ventana y nombro, con mi reducido vocabulario, lo que veo: chien, arbre, jardin, maison. No sé decir abeja, ni mucho menos panal. Que ironía, que sepa necesitar en otro idioma sin siquiera saber decir el significado de mi propio nombre. Para cuando termine el encierro tal vez pueda decirlo con el acento correcto: Me llamo Melissa y mi nombre quiere decir miel de abeja; o tal vez pueda formular la inquietud que siento al no sentirme libre, la inquietud al no sentirme dueña de mis horarios de sueño, la inquietud que me provocó mi viejo diario. De pronto pienso que tal vez no necesito aprender tanto francés. Tal vez con saber decir miel de abeja y panal sea suficiente.

 

Melissa Cassab

 


 

9 de mayo

10 de mayo, 2020
Guillermo Fadanelli

Recojo, como un limosnero de buen ánimo, las noticias que hoy parecen insignificantes —el tornado en Nuevo León; el pastelero que mata a un asaltante en el Estado de México; el bombardeo al aeropuerto de Trípoli—, noticias nimias comparadas con el concierto viral que se anuncia a cada minuto como una de las facetas de la eternidad.

 


 

9 de mayo

9 de mayo, 2020
Delia Juárez G.

Esto que estamos pasando, lo anunciaron las jacarandas. Me sucedió ya antes, en 2013 cuando hubo una explosión de esas flores que nadie entendió y coincidió con una explosión de las flores de los árboles de cerezo en Japón.

 


 

8 de mayo

8 de mayo, 2020
Nicolás Medina Mora

Mi cuarentena ha sido una era de planes fallidos. Que si me iba a levantar a las seis para escribir; que si iba a correr todos los días; que si iba a aprender a tocar los Piano Études de Philip Glass; que si iba a leer La guerra y paz y Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister y La sombra del caudillo y el libro de Kojève sobre Hegel.

 


 

7 de mayo

7 de mayo, 2020
Natalia Mendoza

Me parece que la forma literaria más afín al tiempo de cuarentena no es el diario, sino el haikú. Es verdad que el recuento cotidiano del diario tiene una cercanía natural con el encierro y la reclusión, sobre todo el diario íntimo abocado a la exploración minuciosa del yo, como los cuadernos femeninos y dulcemente burgueses que describe Peter Gay en The Naked Heart.

 


 

6 de mayo

6 de mayo, 2020
Juan Pablo García Moreno

Me encantaría dejar constancia de alguna reflexión a la altura de las circunstancias. Algo sobre el futuro, la ruptura, el mundo por venir. Pero no: hoy llegaron las cervezas. En estos días de incertidumbres se agradece tener certezas. Y si algo es cierto es que estas son las últimas cervezas que tendremos por tiempo indefinido.

 


 

5 de mayo

5 de mayo, 2020
Rebecca Zweig

Últimamente paso mucho tiempo parada de cabeza. Me paro de cabeza hasta que el amor y la furia y la impotencia se drenan de mi y lo único que queda es una vibración que casi es un sonido y que me enferma. No soy esencial; mi trabajo no es esencial; y pararme de cabeza no es más que otra forma de sentir mi carencia de esencialidad.

 


 

4 de mayo

4 de mayo, 2020
Esteban Illades

Ningún ruido avasalla más que el de cada martes en la madrugada, cuando una decena de camiones llega de un lugar remoto y arma el tianguis semanal. Seis de la mañana y se oyen los gritos de quienes cuelgan lonas en los árboles; seis y media y a alguien se le cayeron los tubos que sostienen el puesto hechizo; ocho y el primer grito de “pásele, güerita”.

 


 

3 de mayo

3 de mayo, 2020
Daniela Tarazona

Nos pasa lo mismo que a todos: sabemos que nos hallamos inmersos en un pozo bajo la tierra, pero le echamos ganas y miramos hacia la luz de su boca. Allá arriba deben estar los laboratoristas que preparan la vacuna. Quieran los dioses que así sea.

 


 

2 de mayo, 2020
Álvaro Ruiz Rodilla

Cualquier rutina pierde su norma y su horma cuando una pareja espera un bebé y se acortan las semanas hasta su llegada. Por esa otra impaciente normalidad pensé en escribirle, mejor, al niño que viene en camino.

 


 

1.º de mayo, 2020
Kathya Millares

Antes de que suene la melodía del bosque que me obliga a salir de la cama, busco a tientas en la mesa de noche el celular. Hoy no quiero escucharla. Sostengo el teléfono con la mano derecha y concentro mi fuerza en los pies para mover las sábanas. Estoy tumbada boca arriba con los párpados abajo. Lamento haber alterado mi ciclo del sueño: sólo dormí cuatro horas. No fue insomnio, fue voluntad.

 


 

30 de abril, 2020
Arnoldo Kraus

Las tragedias retratan nuestras debilidades. Enseñan más que los éxitos. Ahora el turno es el del maestro COVID-19. Zygmunt Bauman cavilaba acerca de “el fin de la era del compromiso mutuo” e invitaba a reflexionar acerca de la capacidad humana para eludir.

 


 

29 de abril, 2020
Soledad Loaeza

Hoy fue día de mi cumpleaños. Pensé que no tendría nada de particular, que sería como los otros días de las últimas seis semanas, que no tendría fecha, y tampoco horas, que no dejaría huella a menos de que lo consignara en éste, mi diario.

 


 

28 de abril, 2020
Héctor Aguilar Camín

Visito libros y modas de los años sesenta. Me he perdido estos días faltos de forma en la escritura de lo que quizá será una novela cuando el tiempo vuelva.

 


 

27 de abril, 2020
Andrea Januta

El sonido que me despierta es el canto de un pájaro cardenal. Así comienzan los días: con pájaros o con sirenas. Esas son las dos melodías que dominan la vida de nuestra ciudad ahora que todo lo demás ha callado. Últimamente me voy a dormir tratando de adivinar qué me traerá la mañana siguiente: pájaros o sirenas. Hoy los pájaros ganaron.

 


 

26 de abril, 2020
Ronaldo González Valdés

Me gustan los domingos en casa. Los domingos normales salgo eventualmente a misa con Ana. Ahora ni eso. Y en serio: no es queja. Todo lo contrario. A un lado de mi estudio hay un tejado. Lo puedo alcanzar con un solo paso. Puedo hacerlo, pero no quiero. Aquí estoy bien, confinado.


 

25 de abril, 2020
Ana Sofía Rodríguez Everaert

Cada quien tiene derecho a elegir su propio viaje al pasado en estos días que duran tanto, sobre todo si, como hoy, llueve a media tarde y la lluvia se detiene un par de horas después para declarar que el día puede seguir. Otras cuatro horas de luz para llenar un sábado que se volvió uno de esos sábados en los que antes hubiera sido una victoria atrincherarse en el sillón y no salir.


 

24 de abril, 2020
Ricardo Bada

Está por terminar el día, el 38.º de mi confinamiento. Un día sin historia. Ni siquiera llamadas telefónicas, únicamente las que hace Diny apacentando a su grey, ella es la matriarca de los Hansen Kluitman.


 

23 de abril, 2020
Ángeles Mastretta

Riego las violetas que dan a mi ventana. Hoy es el día mundial del libro. Ayer empezó a llover. Esta noche cumpliremos un mes y una semana de retiro.

 

 

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Publicado en: Covidiario

3 comentarios en “Covidiario
11 de mayo, 2020

  1. Es el primer Covidiario que encierra una elipsis y provoca en el lector una inquietud parecida a la que padece la autora. ¿Qué secuestro fue ese? Lo no dicho pesa sobre lo dicho, aunque el texto esté lleno de pistas. La abeja reina, por ejemplo, pasa toda su vida en una especie de cuarentena/secuestro dentro del panal. La Szymborska pasó la mayor parte de su vida en un Estado que tenía secuestrados a sus intelectuales. Los idiomas escritos secuestran el lenguaje hablado, que es el verdadero. Sea como fuere, buen texto, que hace pensar y el pensamiento lleva a su relectura (lo he leído cinco veces antes de atreverme a dejar un comentario). Sea como fuere, una ayudita: «Je m’appelle Melissa et mon nom signifie miel des abeilles». Lógicamente, los franceses pronunciarán «Melissá», son incorregibles.

    1. Hola, Ricardo. Agradezco mucho tu comentario, también agradezco que me hayas leído tantas veces. Eres demasiado astuto al mencionar las pistas que he dejado en el texto, debo admitir que hay unas que ni yo misma había pensado. Supongo que los detalles del secuestro son lo de menos, equivalen a cualquier piquete de abeja: sólo sabes lo que se siente si ya has sido víctima del veneno que guardan en su aguijón. Entonces realmente no vale la pena entrar en detalles. Sin embargo, te comparto que no hubo sangre, no duró mucho tiempo y todos los involucrados estamos aquí para contarlo –y para seguir sintiendo las secuelas de una herida que no dejó cicatriz en el cuerpo. Te agradezco, otra vez, por decirme cómo se dice abeja en francés, e incluso por escribir la oración completa, y por ilustrar la manera en que los franceses dirían mi nombre (no tenía idea). Fuerte abrazo, Melissá.

  2. Merci bien, Melissá, y te contesto desde un speak easy que han inaugurado cerca de mi barrio al cancelarse los ferries nocturnos a Aberdeen y Edimburgo (Cheers!), y lo único que se me ocurre decirte es citar las palabras de Humprhrey Bogart con que cierra «Casablanca»: «I think this is the beginning of a beautiful friendship!»

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