En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.
Notas desde Carolina
Últimamente paso mucho tiempo parada de cabeza. Me paro de cabeza hasta que el amor y la furia y la impotencia se drenan de mí y lo único que queda es una vibración que casi es un sonido y que me enferma. No soy esencial; mi trabajo no es esencial; y pararme de cabeza no es más que otra forma de sentir mi carencia de esencialidad. De hecho acabo de hacerlo, pararme de cabeza, en el porche de la cabaña perdida en los bosques de las Carolinas donde cumplo mi quincena de cuarentena obligatoria antes de poder reunirme con mi familia. Junto a mí descubrí a un escarabajo, también parado de cabeza. Por un momento pensé que se trataba de un gesto de solidaridad, pero no: el bicho estaba muerto.
Hace unas horas mi madre trajo a mi padre, quien ya no conduce, a la cabaña para que este pudiera advertirme, a gritos desde la distancia, de la hiedra venenosa que se esconde en el camino a la casa. Esta escena se ha repetido a lo largo de mi vida —no porque yo sea particularmente susceptible al salpullido, sino porque mi padre no conoce otra forma de expresar su amor que dándole voz a una profunda preocupación que suena como una mezcla de regaño y desesperanza. En esta ocasión me costó trabajo entender lo que decía a través de la máscara quirúrgica y del temblor que la edad ha imprimido en su voz. Le di las gracias cuando se alejaron manejando, aunque lo cierto es que los peligros del bosque eran mi última preocupación. No tengo idea como voy a costear estas dos semanas de vacaciones forzadas.

Ilustración: Patricio Betteo
Me fui de México hace dos días porque temía que la frontera fuera cerrada. Surgió una oportunidad y la tomé. No estoy segura de haber tomado la decisión correcta —fue una decisión, eso es todo. Mientras arrastraba mi enorme maleta a través de la terminal doméstica del aeropuerto de Dallas, un policía de migración —desenmascarado, hay que decirlo— me preguntó de dónde venía. Cuando le respondí que venía de México, el oficial pateó mi maleta y me dijo —desde muy cerca, demasiado cerca— que fuera al cuarto de inspección secundaria.
Calculo que la tercera parte de la gente que ví en el aeropuerto no llevaba tapabocas. En mi vuelo de conexión de Dallas a Raleigh, los desenmascarados se sentaron en filas segregadas, incomprensiblemente satisfechos de sí mismos, lanzándole miradas agresivas a mi respirador N95 y a mis goggles de natación. Querían proyectar rebeldía, pero la verdad es que lo que expresaban era el tipo más profundo de miedo —miedo a aceptar que el mundo ha cambiado, que el mundo es capaz de cambiar sin su consentimiento. Confundían, como siempre, la inconveniencia con la opresión. Igual, la súbita ilegibilidad de mi propio país me tomó por sorpresa —esto a pesar de que he construido mi vida en torno a la idea de que las crueldades de mi país nunca deberían sorprendernos. A pesar de todo.
La semana pasada, antes de que cerraran la segunda sección de Chapultepec, fui a caminar junto al lago para contemplar a sus inexplicables peces escurrirse sobre las barreras metálicas que sobresalen a medias del agua. Debió haberles tomado generaciones a los peces moldear el metal a sus cuerpos. Más allá del lago, oculto a medias por un árbol, vi a alguien dando sexo oral con el tapabocas todavía puesto.
Cuando mi vecino-amante me dejó en el aeropuerto de la Ciudad de México me regaló una N95 que había conseguido a uñas y dientes en Mercado Libre. Nos besamos por última vez en su coche. La rapidez con la que lo antierótico se adapta para convertirse en un manual de amor. Lo increíble que haya quienes lo resistan.
Ahora el atardecer cae sobre el verde oscuro de este bosque en donde estoy sola. El bosque es denso porque los árboles muertos se inclinan contra los vivos y porque no hace mucho que se le permitió a los vivos volverse viejos. En la penumbra los escarabajos se arrojan contra el vidrio, atraídos irresistiblemente por la luz de esta pantalla. Lo confunden con otra cosa, aunque no estoy segura de cuál. “Lo siento,” les digo cada vez que se estrellan. “Lo siento tanto”.
Rebecca Zweig
Poeta, periodista, y profesora de literatura.
4 de mayo, 2020
Esteban Illades
Ningún ruido avasalla más que el de cada martes en la madrugada, cuando una decena de camiones llega de un lugar remoto y arma el tianguis semanal. Seis de la mañana y se oyen los gritos de quienes cuelgan lonas en los árboles; seis y media y a alguien se le cayeron los tubos que sostienen el puesto hechizo; ocho y el primer grito de “pásele, güerita”.
3 de mayo, 2020
Daniela Tarazona
Nos pasa lo mismo que a todos: sabemos que nos hallamos inmersos en un pozo bajo la tierra, pero le echamos ganas y miramos hacia la luz de su boca. Allá arriba deben estar los laboratoristas que preparan la vacuna. Quieran los dioses que así sea.
2 de mayo, 2020
Álvaro Ruiz Rodilla
Cualquier rutina pierde su norma y su horma cuando una pareja espera un bebé y se acortan las semanas hasta su llegada. Por esa otra impaciente normalidad pensé en escribirle, mejor, al niño que viene en camino.
1.º de mayo, 2020
Kathya Millares
Antes de que suene la melodía del bosque que me obliga a salir de la cama, busco a tientas en la mesa de noche el celular. Hoy no quiero escucharla. Sostengo el teléfono con la mano derecha y concentro mi fuerza en los pies para mover las sábanas. Estoy tumbada boca arriba con los párpados abajo. Lamento haber alterado mi ciclo del sueño: sólo dormí cuatro horas. No fue insomnio, fue voluntad.
30 de abril, 2020
Arnoldo Kraus
Las tragedias retratan nuestras debilidades. Enseñan más que los éxitos. Ahora el turno es el del maestro COVID-19. Zygmunt Bauman cavilaba acerca de “el fin de la era del compromiso mutuo” e invitaba a reflexionar acerca de la capacidad humana para eludir.
29 de abril, 2020
Soledad Loaeza
Hoy fue día de mi cumpleaños. Pensé que no tendría nada de particular, que sería como los otros días de las últimas seis semanas, que no tendría fecha, y tampoco horas, que no dejaría huella a menos de que lo consignara en éste, mi diario.
28 de abril, 2020
Héctor Aguilar Camín
Visito libros y modas de los años sesenta. Me he perdido estos días faltos de forma en la escritura de lo que quizá será una novela cuando el tiempo vuelva.
27 de abril, 2020
Andrea Januta
El sonido que me despierta es el canto de un pájaro cardenal. Así comienzan los días: con pájaros o con sirenas. Esas son las dos melodías que dominan la vida de nuestra ciudad ahora que todo lo demás ha callado. Últimamente me voy a dormir tratando de adivinar qué me traerá la mañana siguiente: pájaros o sirenas. Hoy los pájaros ganaron.
26 de abril, 2020
Ronaldo González Valdés
Me gustan los domingos en casa. Los domingos normales salgo eventualmente a misa con Ana. Ahora ni eso. Y en serio: no es queja. Todo lo contrario. A un lado de mi estudio hay un tejado. Lo puedo alcanzar con un solo paso. Puedo hacerlo, pero no quiero. Aquí estoy bien, confinado.
25 de abril, 2020
Ana Sofía Rodríguez Everaert
Cada quien tiene derecho a elegir su propio viaje al pasado en estos días que duran tanto, sobre todo si, como hoy, llueve a media tarde y la lluvia se detiene un par de horas después para declarar que el día puede seguir. Otras cuatro horas de luz para llenar un sábado que se volvió uno de esos sábados en los que antes hubiera sido una victoria atrincherarse en el sillón y no salir.
24 de abril, 2020
Ricardo Bada
Está por terminar el día, el 38.º de mi confinamiento. Un día sin historia. Ni siquiera llamadas telefónicas, únicamente las que hace Diny apacentando a su grey, ella es la matriarca de los Hansen Kluitman.
23 de abril, 2020
Ángeles Mastretta
Riego las violetas que dan a mi ventana. Hoy es el día mundial del libro. Ayer empezó a llover. Esta noche cumpliremos un mes y una semana de retiro.











