Covidiario
2 de mayo, 2020

En este diario colectivo varias voces irán compartiendo incidencias, sucesos, acasos, apuntes de una fecha específica. Son extractos de vida para acompañar el encierro.

Es sábado y el cuerpo no lo sabe. Como viernes fue ayer y tampoco lo supo. Ya no sé qué sabe el cuerpo. Ni qué día quiere que sea. Todo lo cual me lleva a ese párrafo de Macedonio Fernández que es buen comienzo para cualquier día y que, además, está en un libro llamado Manera de una psique sin cuerpo —una manera que se amoldaría muy bien a nuestra situación actual: “Se estaba produciendo una lluvia de día domingo con completa equivocación porque estábamos en martes, día de semana seco por excelencia. Pero con todo esto no estaba sucediendo nada: la orden de huelga de sucesos se cumplía”. El calendario de santos que convertimos en ciclo productivo está en añicos. Lo ha despedazado el gigantesco desajuste que es la huelga de sucesos del virus.

Con todo, me aferro al orden. Intento madrugar, salir a caminar por la ciudad desierta, comprar el pan, volver pronto al desayuno. Christelle y yo iniciamos la conversación del día a pie. Las calles parecen alargarse de tan vacías. Los arcos que forman árboles y vegetación ahondan el efecto telescópico. Los rincones de Francisco Sosa y la Conchita recobran en definitiva su aire de aldea. Alrededor del zócalo de Coyoacán hasta las bancas están acordonadas para que no se siente ni un fantasma. En la esquina del Jarocho no huele a café tostado (“¡¿estos?!, sólo lo queman”, dice mi papá al pasar cada vez). En el mercado ni mariscos ni marimbas ni color de artesanías.

Pero debemos salir cada mañana, un poco para salir de nosotros mismos y engañar al encierro. Así hemos hecho una rutina frágil en los días sin norma.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Aunque, debo decir, cualquier rutina pierde su norma y su horma cuando una pareja espera un bebé y se acortan las semanas hasta su llegada. Por esa otra impaciente normalidad pensé en escribirle, mejor, al niño que viene en camino:

Querido Gabriel, Gab, Gabito:

Eres tan pequeño ahora que me parece una locura muy deseable dejarte una carta que leerás en el futuro. Puedo decirte que hoy, día 2 del mes, tu mamá y yo solamente pensamos en conocerte ya. Serás agua de mayo. Llevas 36 semanas en la panza y te hemos visto desde las primeras con una sorpresa muy profunda y casi anonadados. Aún no puedo creer que con esas pantallas y geles hayamos escuchado exactos tus latidos: te vimos crecer antes de que asomaras siquiera la cabeza al mundo. Me gusta suponer que a partir de ahora lo nuestro será verte crecer toda la vida. Toda la vida verte andar y hacerte camino.

Déjame decirte que, aunque todo esto suene muy solemne, tu madre y tu eterna servilleta —no sé qué expresiones te toquen y si me dirás abiertamente: “¡chavorruco!”— nos hemos divertido preparando tu llegada. Algo a cuyos límites de trabajo no alcanza la frase de un buen amigo cuando pregunta: “¿Vas a alzar?”. Empacamos y desempacamos, tiramos cajas y llegaron muchas más. Quitamos polvo, barrimos, trapeamos y aspiramos una y otra vez. Movimos mesa y sillones, armamos cuna, cómoda, bañera, cambiador. Ordenamos, doblamos, clasificamos y hasta desteñimos ropa, mantas, sábanas, cobertores, cojines, baberos, fundas, cada uno lavado y vuelto a lavar hasta recibir aplausos a lo grande de los ángeles de la desinfección (tan medrosos hoy en día). A ratos transpirábamos, a ratos cantábamos; luego dormíamos, al fin rendidos a la dicha de recibirte.

Tú también te sorprenderás al saber que, al margen de la miseria, el recelo, la mezquindad y el odio, abunda la gente excepcional con grandes reservas de alegría. Todos los objetos de tu primera infancia fueron donados o prestados o regalados por gente cariñosa y empática que sabe que, ante todo, está un nacimiento. Dicen que eso lo saben en su ética sólo los médicos. Pero yo digo que no. Son muchos los que celebran la vida un día sí y el otro también. Y también digo y diré siempre que sin ellos, Gab, sin los amigos, sin los demás, no somos nada. Por más salud y diplomas y riquezas que acumules, la vida no es vida sin la gente que queremos y nos quiere.

Hace poco le conté a tu mamá que en un libro de Marc Bloch me encontré con este proverbio árabe: “los hombres se parecen más a su tiempo que a sus padres”. No hago prospecciones, pero imagino con descargas similares de optimismo y angustia el tiempo al que te vas a parecer. Será, como todos, un espejo deformado de ambiciones, sueños y derrotas; de ilusiones íntimas y desasosiegos fruto de la circunstancia generacional de tus abuelos y tus padres.

Por lo pronto, ahora que el mundo entero se ha detenido para ovillarse en el refugio de su humildad ante el embate invisible y minucioso de la naturaleza, nosotros te esperamos, con gratitud esperanzada.

 

Álvaro Ruiz Rodilla


 

1.º de mayo, 2020
Kathya Millares

Antes de que suene la melodía del bosque que me obliga a salir de la cama, busco a tientas en la mesa de noche el celular. Hoy no quiero escucharla. Sostengo el teléfono con la mano derecha y concentro mi fuerza en los pies para mover las sábanas. Estoy tumbada boca arriba con los párpados abajo. Lamento haber alterado mi ciclo del sueño: sólo dormí cuatro horas. No fue insomnio, fue voluntad.

 


 

30 de abril, 2020
Arnoldo Kraus

Las tragedias retratan nuestras debilidades. Enseñan más que los éxitos. Ahora el turno es el del maestro COVID-19. Zygmunt Bauman cavilaba acerca de “el fin de la era del compromiso mutuo” e invitaba a reflexionar acerca de la capacidad humana para eludir.

 


 

29 de abril, 2020
Soledad Loaeza

Hoy fue día de mi cumpleaños. Pensé que no tendría nada de particular, que sería como los otros días de las últimas seis semanas, que no tendría fecha, y tampoco horas, que no dejaría huella a menos de que lo consignara en éste, mi diario.

 


 

28 de abril, 2020
Héctor Aguilar Camín

Visito libros y modas de los años sesenta. Me he perdido estos días faltos de forma en la escritura de lo que quizá será una novela cuando el tiempo vuelva.

 


 

27 de abril, 2020
Andrea Januta

El sonido que me despierta es el canto de un pájaro cardenal. Así comienzan los días: con pájaros o con sirenas. Esas son las dos melodías que dominan la vida de nuestra ciudad ahora que todo lo demás ha callado. Últimamente me voy a dormir tratando de adivinar qué me traerá la mañana siguiente: pájaros o sirenas. Hoy los pájaros ganaron.

 


 

26 de abril, 2020
Ronaldo González Valdés

Me gustan los domingos en casa. Los domingos normales salgo eventualmente a misa con Ana. Ahora ni eso. Y en serio: no es queja. Todo lo contrario. A un lado de mi estudio hay un tejado. Lo puedo alcanzar con un solo paso. Puedo hacerlo, pero no quiero. Aquí estoy bien, confinado.


 

25 de abril, 2020
Ana Sofía Rodríguez Everaert

Cada quien tiene derecho a elegir su propio viaje al pasado en estos días que duran tanto, sobre todo si, como hoy, llueve a media tarde y la lluvia se detiene un par de horas después para declarar que el día puede seguir. Otras cuatro horas de luz para llenar un sábado que se volvió uno de esos sábados en los que antes hubiera sido una victoria atrincherarse en el sillón y no salir.


 

24 de abril, 2020
Ricardo Bada

Está por terminar el día, el 38.º de mi confinamiento. Un día sin historia. Ni siquiera llamadas telefónicas, únicamente las que hace Diny apacentando a su grey, ella es la matriarca de los Hansen Kluitman.


 

23 de abril, 2020
Ángeles Mastretta

Riego las violetas que dan a mi ventana. Hoy es el día mundial del libro. Ayer empezó a llover. Esta noche cumpliremos un mes y una semana de retiro.

 

 

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Publicado en: Covidiario

Un comentario en “Covidiario
2 de mayo, 2020

  1. No hay nada comparable a la ilusión de estar esperando un hijo. Si acaso la de estar esperando a un nieto. He pasado por ambas situaciones, un total de siete veces. Sumándolas, creo que ellas resumen los días más felices de mi vida. Dichosos quienes como ustedes, Álvaro, pueden afrontar el confinamiento con la espera de un hijo que llega. ¡Qué mejor respuesta que la vida que nace a este pinche virus, ciego y asesino!

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