Kierkegaard, nuestro contemporáneo

Levantarse temprano por la mañana. Visitar el gimnasio. Aplicar tratamientos cosméticos para eliminar el vello, las manchas, aclarar la piel. Crear contenido para las redes sociales: fotos para Instagram, comentarios para X, tendencias en TikTok. Por la tarde, disfrutar de una cena costosa. Descorchar botellas con los amigos. Antes de dormir, revisar perfiles en Tinder. Dar like a lo que parezca ser una promesa. Ahuyentar el FOMO, el fear of missing out: porque es terrorífico perderse algo. Recordar que you only live once: sólo vivimos una vez y, por eso, hay que aprovechar el aquí y el ahora. Antes de dormir, llega el malestar: el presente nunca es suficiente.

Levantarse temprano por la mañana. Dejar todo en orden para el día: cuentas pagadas, gastos familiares previstos, almuerzos preparados. Ir a trabajar y llegar quince minutos antes. Ser un subordinado obediente, un colega confiable, un jefe justo. Mostrar compromiso con los clientes. Almorzar apresuradamente, que el deber con la empresa va primero. Salir tarde del trabajo, que la responsabilidad se antepone a los intereses egoístas. Antes de dormir, aquí también, llega la inquietud: nunca estamos a la altura de lo que deberíamos lograr.

Estas imágenes tienen algo en común: representan distintas maneras de hacer frente a la vida y ambas desembocan en una profunda insatisfacción. Asimismo, estos dos escenarios, entre otros posibles, retratan una de las contradicciones fundamentales de la experiencia humana en este mundo: la aspiración de alcanzar algo que, empero, se nos escapa. Este conflicto, finalmente, es también uno de los pilares de la filosofía del pensador danés, Søren Kierkegaard, quien más de 150 años después de su muerte, sigue sintiéndose cercano a nosotros. ¿Qué puede decirnos la experiencia de vida de este hombre tan lejano en el tiempo y, a la vez, tan cercano a nuestro presente?

Søren nace en Copenhague en 1813 y muere, en la misma ciudad, en 1855. Como autor, su pluma es lúcida y aguda, a veces también irónica y mordaz. Como persona, es enfermizo y padece frecuentemente lo que él denomina “melancolía”. Kierkegaard, por otro lado, no se considera a sí mismo un filósofo, al menos no al modo de los “filósofos profesionales” de las academias y cátedras universitarias del siglo XIX. Su legado filosófico no debe, pues, leerse como un sistema. Se trata de una exploración de la vida interior y la experiencia subjetiva para, mediante éstas, lograr comunicarse con sus lectores.

La vida personal de Kierkegaard es una de las fuentes de las que emana su obra y, con ella, algunos de sus grandes contrastes. Miembro de una familia adinerada, vive de su herencia y, aunque concluye sus estudios profesionales, evita tener un trabajo estable para entregarse a sus paseos, reflexiones y escritos. Hijo de un hombre religioso y atormentado, Søren crece bajo la sombra de la culpa familiar: su padre blasfema en su juventud y se convence de que una maldición divina pesa sobre su familia. Varón inseparable de su contexto social, enfrenta la disyuntiva de cumplir con la voluntad paterna, que desea verlo convertido en un pastor luterano, o responder al llamado de la vida marital al lado de su prometida, Regina Olsen. Kierkegaard evita ambos caminos, rompe su compromiso matrimonial y se dedica por completo a su producción intelectual.

Teniendo en consideración todo lo anterior, no debe extrañarnos que el pensamiento del autor tome como punto de partida la existencia individual —de ahí que se le considere uno de los precursores del existencialismo—. No se trata de hacer filosofía buscando entender lo universal o lo absoluto —enfoque que el autor critica a Hegel y a su escuela—, se trata de tomar como punto de partida la existencia del hombre particular, el hombre “de carne y hueso”, como escribe el filósofo español, Miguel de Unamuno.

En esa existencia particular, el pensador danés reconoce distintas actitudes y en ellas, también, descubre distintas formas de extraviarse. El autor llama “estadio estético” a aquella actitud ante la propia existencia caracterizada por la inmediatez y la búsqueda del placer momentáneo, sin compromiso con el futuro. Llama, por otro lado, “estadio ético” a la relación con la existencia caracterizada por el cumplimiento del deber, la responsabilidad, el compromiso detrás de la elección de un camino. Para Kierkegaard, ambos estadios o esferas de la existencia conducen a un conflicto similar: nos obligan a reconocer nuestra propia insuficiencia.

El estadio estético, aferrándose a lo inmediato, desemboca en el vacío. La vida ética, por su parte, desemboca en la culpa, porque el mundo siempre nos rebasa y, por más que deseamos estar a la altura de las situaciones, fallamos precisamente porque ser libres implica poder equivocarnos. De este modo, aspiramos a lo eterno y lo infinito, pero lo temporal y lo finito nos atan. El vacío y la culpa siempre nos encuentran. La experiencia de la libertad es indisociable de la angustia y la posibilidad de elegir siempre es vertiginosa. “La angustia —escribe el autor en El concepto de angustia— es la realidad de la libertad en cuanto posibilidad”. ¿Qué nos queda, entonces, ante este escenario?

Kierkegaard suele ocultarse en sus escritos. Prueba de ello es que utiliza más de una decena de seudónimos. Vigilius Haufniensis, Víctor Eremita, Anti-Climacus… son algunos de los nombres con los que firma sus textos más famosos. Estos nombres falsos le permiten tomar distancia frente a sus propias palabras, a veces para explorar sin restricciones una idea, a veces para llevarla al extremo o para mostrarnos el absurdo de una postura.

A pesar de lo anterior, Kierkegaard también publica títulos firmados con su propio nombre y, en ellos, es posible encontrar al Søren más auténtico. Los Tres discursos edificantes 1843, publicados por Ediciones Ibero, son un buen ejemplo de este otro tipo de escritos y, como señala Luis Guerrero, en su “Estudio introductorio” a la edición de esta obra, los discursos nos permiten ver la “otra cara” del autor.

Los textos seudónimos y los discursos, escribe Guerrero, tienen un objetivo similar: conducir al lector a una reflexión de carácter espiritual. La cuestión radica en que: “Mientras que en sus escritos pseudónimos analiza temas como la angustia, la desesperación y el absurdo, en los discursos edificantes se concentra en la esperanza, la fe y la posibilidad de redención.” Las primeras obras son desafiantes y confrontan al lector, las segundas tratan de ofrecerle un apoyo espiritual. En los discursos, en suma, hallamos a Kierkegaard tratando de comunicar, sin máscaras, lo que más profundamente le preocupa: la búsqueda de una apertura religiosa de la propia existencia como respuesta frente a la insuficiencia de la condición humana.

Así, por ejemplo, en el discurso, “La confirmación en el hombre interior”, Kierkegaard advierte:

En esta preocupación, se revela el hombre interior que desea una explicación, un testimonio que le aclare el sentido de todo, incluso su propio sentido, pero desde el Dios que sostiene todo en su eterna sabiduría y que ha puesto al hombre como amo de la creación en la condición de siervo de Dios, revelándoselo en el hecho mismo de hacerlo su colaborador, y que con cada explicación ofrecida a cada hombre, fortalece su hombre interior.

Pero aclara, sin embargo: “Pero Dios es Espíritu y sólo puede ofrecer un testimonio en el Espíritu, es decir, la confirmación en el hombre interior, cualquier otro testimonio ajeno a Dios, si es que se pudiera hablar de semejante cosa, sería una ilusión”.

Como se puede entrever, Kierkegaard encuentra en la fe una alternativa frente a la desesperación. Junto con las esferas estética y ética, la vida religiosa representa el tercer estadio de la existencia. El estadio religioso, sin embargo, no elimina la angustia. No trae consigo la seguridad de las explicaciones lógicas y racionales. No implica encontrar la paz y la tranquilidad que prometen las religiones institucionalizadas. La esfera religiosa, por el contrario, exige encontrarse cara a cara con la propia angustia para dar lo que Kierkegaard llama un “salto”. Se trata de aquella decisión radical desde la cual y por la cual busquemos entablar una relación, siempre inconmensurable y siempre misteriosa, con Dios. Más que una solución o una reconciliación definitivas, la apertura religiosa de la propia existencia ofrece la posibilidad de una vida auténtica y, con ella, la posibilidad de ser verdaderamente nosotros mismos.

Al final, más allá de resolver la contradicción, Kierkegaard nos ofrece pautas para, dando un primer paso, ser capaces de hacerle frente a la culpa, al vacío y a la angustia. El autor nos alienta a que de forma honesta y humilde dirijamos la mirada a nuestra existencia y, por muy incómodo que resulte, tratemos de autoconocernos. La promesa de aquel viraje no es la felicidad, es la posibilidad de descubrir en la propia vida interior un punto de partida desde el cual hacer frente a nuestra fragilidad e insuficiencia. La promesa es encontrarnos a nosotros mismos. Esta promesa, en un mundo temeroso de los teléfonos sin internet y las redes sociales sin likes; abrumado por rutinas y esclavizado por la opinión de los demás; puede ser una conquista inestimable.

En este “salto”, Kierkegaard también promete un hallazgo: se trata de la posibilidad de entablar una relación con algo más grande que nosotros. Que cada quien, en ese salto y en ese examen interno, revise su relación consigo mismo, con su propia vida, con lo insondable. Que cada quien haga sus propios descubrimientos y llegue a sus propias conclusiones. No puede ser de otro modo. El mismo autor reconocía que la verdad no se reduce a explicaciones racionales: debe experimentarse y vivirse subjetivamente. Lo importante está en aceptar que algo nos falta y “dar el salto”.

“El hombre —escribe Kierkegaard en su Tratado de la desesperación— es una síntesis de infinitud y finitud, de lo temporal y lo eterno, de libertad y necesidad.” La obra de este pensador sigue representando una invitación para hacer frente a nuestras contradicciones. Es, sobre todo, una invitación para ser auténticos, incluso hoy, en un mundo en el que la interioridad es tan temida como los silencios y las soledades intencionadas… Kierkegaard es nuestro contemporáneo. 

Alejandro Bicieg 

Doctor en filosofía por la UNAM. Profesor de asignatura en la Universidad Panamericana 

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Publicado en: Crónica

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