Nuestro “Depto. de quejas” recibe ahora en su buzón la denuncia contra esos snobs que exponen en vitrina sus logros como lectores y alzan la cola de su capital simbólico como pavorreales nerds y compulsivos.

Hablar de nuestras nocivas prácticas de consumo es ya un lugar común. La fast-fashion, el plástico, la maniaca visitación de la pornografía hegemónica, la manera en que vivimos aferrados al celular, a las redes sociales, al streaming…  En cada queja hay algo de cierto y algo de distorsión moralizante —quizá ello esté en su esencia: la queja, por más justa, es siempre moral. La parte cierta es que el sistema ha impuesto dinámicas de atolondramiento y autopropagación de lo más efectivas, sin importar a qué o a quiénes se lleve entre las patas. La distorsión es volcar toda la crítica hacia los individuos (algo, paradójicamente, propiciado por el mismo sistema: lo suyo es sembrar la discordancia para evitar el encuentro impostergable que requerimos).

No obstante, yo también vengo a quejarme, y de ciertos individuos, o de ciertas cosas que hacen ciertos individuos. Hace tiempo, alguien que fue mi amigo en Facebook subió una foto de cinco libros, anunciando que los acababa de leer ese fin de semana. Hace menos, otro más subió la lista de todos los libros que había leído en 2018, con la apostilla aclaratoria de que habían sido tres menos que en 2017, pero que a cambio el 14, el 17 y el 21 eran muy, muy extensos. Advierto: mi queja no tiene que ver con las bitácoras que muchas personas llevan para registrar qué han leído, cuándo y qué cosas no quieren olvidar. Tampoco con la socialización de la lectura; con el gusto de compartir lo emocionante que resulta comprar un tambache de libros, o terminar uno especialmente notable, o la conmoción provocada por una página o un párrafo. Tiene que ver, en cambio, con las maneras compulsivas, snobs, presuntuosas de consumir literatura y de exhibirlo. También con las formas que hemos adoptado para contabilizar nuestros esfuerzos: obsesionarnos con el número de libros leídos al año o a la semana se parece, en el fondo, a las campañas pediátricas para leer 20 minutos al día con tu pequeño, o a las estadísticas gubernamentales, fallidas por definición.

Ilustración: Víctor Solís

Nada de esto es nuevo, por supuesto: eso de creer que la literatura y el arte son espacios de pureza espiritual, ajenos a nuestras vanidades, es pura superchería. Si acaso, resulta más notorio, gracias a las redes sociales, donde tenemos más público cautivo. No me parece banal, sin embargo, defenderlos como territorios donde aminorar los poderes del narciso omnipresente del Capital sigue siendo, al menos, posible. Posible. Punto. La literatura abre posibilidades. Podemos o no tomarlas. Podemos o no hacer crecer en ella, desde ella, gracias a ella, nuestra empatía. Puede hacernos o no tomar conciencia de cosas que antes no podíamos ver —las heridas de nuestro mundo o de nuestra psique; sus esperanzas y sus peligros, etc.

Pero vuelvo a mi queja original: ¿y qué si no leemos un libro a la semana, o cinco en un fin? ¿Y qué si me detengo toda la tarde en un solo capítulo o en un solo poema de catorce versos? ¿Y qué si releo tantas veces como leo —releer, a veces pienso, es más revolucionario—? ¿Y qué si un día no leo en absoluto, porque prefiero empacharme de cine o, sencillamente, caminar? Leer, lo ha expuesto memorablemente Jorge Comensal, genera auténtica adicción; incita a la voracidad.1 Y sí: hay tanta, infinita oferta que nos sentimos corriendo un maratón inacabable. Y por supuesto: leer más y más libros expande los límites de nuestro mundo. Sin embargo, la compulsión corre el riesgo de ser irreflexiva. Quiero decir: si leemos para haber leído mucho, para aumentar a paso apabullante nuestro capital simbólico y alzarlo como cola de pavorreal, volvemos pantagruélico lo que podría ser apicular; imperialista lo que podría ser anárquico.

Pienso mucho —vaya novedad— en Cervantes: ¿cuántos libros habrá leído él? Tuvo siempre poco dinero, en un mundo en que eran muy caros. Era un lector avidísimo, eso sin duda. Él mismo nos cuenta en el Quijote, mediante uno de sus doppelgängers novelescos, como leía hasta los papeles sueltos que se encontraba por la calle. Eso nos dice mucho. Alguien que lee hasta esos papeles lo hace, quizá, porque se ha quedado con hambre, y no tiene los medios suficientes para saciarla, por más que, más allá de los libros, consumiera tanto teatro y tanta narrativa y poesía orales como le fuera posible;2 por más que acaso no siempre leyera solo, sino en tertulias donde se compartieran los libros de otras bibliotecas en voz alta. Por más que así fuera, digo, lo imagino cansado por momentos de tener los mismos y no tan numerosos libros; de visitarlos y revisitarlos incansablemente; de releer y releer, incluso, los que no le encantaban. Paradójicamente, ese consumo lento y obsesivo, reiterativo y urgente, lo hizo, según creo, el descomunal escritor que fue.

Mírenme: moralizando hasta hablar con aparente nostalgia del siglo xvii. Pero es que no es así: quiero pensar que esto no es mera reacción ante las circunstancias de mi mundo. Tampoco quiero sugerir que aquel tiempo fuera mejor para los lectores —de hecho, es todo lo contrario. Creo, faltaba más, que se puede leer en exceso y en una variedad inagotable —es esa la bendición de nuestra época—, sin dejar de leer hasta el fondo de nuestras capacidades: ni el exceso ni la variedad son mi problema. Mi intento es, más bien, el de advertir sobre lo que ya sabemos, y que va más allá de aquellos individuos presumidos:

El sistema de consumo puede corroerlo todo.

También nuestras maneras de leer.

 

Emiliano Álvarez
Poeta y ensayista. Es co-fundador y editor de La Dïéresis. Su poemario Sólo esto ganó el Premio Elías Nandino 2017.


1 Véase su gozoso Yonquis de las letras (Madrid, La Huerta Grande, 2017).

2 (Lo anterior, por cierto, puede hacernos reflexionar sobre por qué siempre contamos en libros la literatura que consumimos. ¿Por qué no también en poemas, en canciones, en representaciones, en cuentos?)