En la República Popular China, la ciencia ficción está jugando un extraño papel. ¿Es una auténtica actividad literaria o parte de una estrategia de propaganda política para mostrar un rostro amable al mundo? Este breve ensayo analiza las dos posibilidades extremas.

La imagen
Fuego en el lago: la imagen de REVOLUCIÓN.
Así el hombre superior
Pone el calendario en orden
Y da claridad a las estaciones.
—Hexagrama 49 del I Ching
Ko / Revolución (Cambio de piel)

El hombre sabio lee tanto libros como a la vida misma.
—Lin Yutang

Mantente a la vera, con esperanzas
de que ocurrirá lo mejor.

—Chen Danqing
(Consejo a un novel escritor de ciencia ficción)

Efeméride de la iniquidad

Hoy se recordará la masacre del 4 de junio de 1989 en la Plaza de Tiananmén, Pekín. Tras semanas de protestas de estudiantes y obreros, 200 mil soldados reprimieron el movimiento que exigía democracia y fin a una corrupción endémica, dejando cientos de muertos.

Desde hace semanas, la República Popular China ya limita actividades de sobrevivientes, recluyéndolos en sus domicilios, e insiste en la versión oficial de los sangrientos hechos: el Estado hizo lo “correcto” para poner fin a un “tumulto anti-revolucionario”, y los muertos no pasaron de 300, en su mayoría soldados.

Seguramente, para la triste efeméride, no estará en su país el escritor auto-exiliado Ma Jian (hoy ciudadano británico), autor de Beijing Coma (Pekín en coma, 2008) novela política de denuncia estrujante —a la fecha inédita en China—, con elementos de ciencia ficción, en la que un sobreviviente de Tiananmén, herido por un balazo en la cabeza, queda diez años en coma, inmóvil pero consciente, haciendo un viaje interior, combinando un singular microanálisis exhaustivo de su propio cuerpo con la geografía fantástica de la obra del s. IV a. C. Clásico de mares y montañas. En paralelo rememora recuerdos horrendos y descripciones insólitas de crueldades humanas, tanto de los acontecimientos climáticos ocurridos el 4 de junio de hace 30 años, como de los excesos totalitarios de la era maoísta. En opinión del Financial Times, es “la gran novela de Tiananmén”.

Ma Jian, Pekin en coma

Traducción al español de Literatura Mondadori, 2008

Antecedentes y pioneros

La ciencia ficción apareció en China como herramienta literaria popular para estimular intelectos jóvenes y promulgar los beneficios del progreso científico. Fue el erudito, filósofo y reformador Ling Qichao (1873-1929) quien introdujo realmente el género internacional al traducir Dos años de vacaciones (retitulada Quince pequeños héroes) del pionero francés Julio Verne.

La primera década del siglo XX vio florecer la producción de cuentos y novelas. Con el advenimiento de la primera república (1912-1949) publicaciones periódicas como Bosque de cuentos ofrecían material original chino así como traducciones de obras extranjeras. En 1932 el novelista Lao She escribiría su obra maestra satírica Cat Country (País de gatos). En ella narra las aventuras de un viajero interplanetario que naufraga en Marte, e induce una crítica de la China de su época, la corrupción endémica, la confusión política y los estragos de la invasión japonesa a Manchuria (1931).

Lao She, Cat country

Considerado alguna vez para el Nobel de literatura, Lao She es admirado sobre todo por sus novelas realistas, como El camello Xiangzi, pero Cat Country nunca ha dejado de ser popular. Edición de Penguin Australia, 2013.

Y si Cat Country ha sido comparada con 1984 de George Orwell y Un mundo feliz de Aldous Huxley, Pekín en coma de Ma Jian puede colocarse junto a Oscuridad al mediodía de Arthur Koestler y Archipiélago Gulag de Alexandr Solzhenitsyn, denuncias literarias del totalitarismo soviético.

De 1949 a 1966, la ciencia ficción prosperó siguiendo el modelo de las exitosas producciones soviéticas del género, especialmente dirigidas a los jóvenes. Zheng Huengwan (1929-2003), “el padre de la ciencia ficción china”, dejó una novela que sigue leyéndose hoy, Flyto Centaurus, en la que describe glorias de la conquista espacial por los chinos.

La Revolución Cultural comunista (1966-1976) y el frenesí destructivo de la era maoísta frenarían en seco no sólo la ciencia ficción, sino toda creación —artística, política, social— que cayera bajo el aura fatal de “nefasta influencia extranjera”. Lao She murió precisamente en 1976. Se presume que se suicidó en un lago en Pekín, un día después de ser torturado y golpeado por Guardias Rojos fanáticos, quienes lo obligaron a presenciar de rodillas, durante horas, el incendio de un templo budista, junto a otros escritores desafortunados.

Hacia 1979 un breve resurgimiento de la ciencia ficción volvería a detenerse en seco con la Campaña de Anti-Contaminación Espiritual (1983-1984), que consideró este género extranjero y nacional como blanco paradigmático. Ma Jian, quien creció durante la Revolución Cultural, sería encarcelado por actividades de “contaminación espiritual” durante esta época.

Visos de política de Estado y la sorpresa del Gaokao

En 1999 ocurrió lo que hoy se reconoce como la aceptación formal y oficial de la fantasía científica en China: tres millones de estudiantes de bachillerato presentaron el Gaokao, el examen para ingresar a la universidad. Además de pruebas exhaustivas de conocimientos, se les pidió a todos escribir un ensayo sobre el tema: “¿Qué pasaría si los recuerdos de una persona se pudieran trasplantar?”

Con tal bendición por parte del Estado —planteando una idea central de la novelística de Philip K. Dick (y otros)— la ciencia ficción se difundiría, ya abiertamente, sobre todo en centros urbanos de China. Los padres de familia de la vasta y creciente clase media aceptaron lo que sus hijos antes leían a escondidas como herramienta real de superación intelectual y componente de movilidad social. Con bríos renovados, científicos profesionales y literatos comenzaron a escribirla.

En las últimas dos décadas la ciencia ficción china, a la par de la acelerada modernización del país, se ha situado en la vanguardia mundial del género como arte literario. Y para bien o mal se ha convertido en un pequeño engranaje más de la maquinaria que busca la dominación geopolítica y tecnológica mundial.

Basada en un cuento de Liu Cixin, la película La tierra errante fue la cinta más taquillera a nivel mundial en el primer trimestre de 2019.

Mientras no enfurezca el censor

Y la maquinaria es compleja. Recordemos que en el “Estado capitalista sin democracia”, las obras literarias son revisadas por la censura oficial, aunque la ciencia ficción sea uno de los géneros menos condicionados por ésta. Todo indica que entre el Estado chino y el gremio de autores de ciencia ficción hay una suerte de “pacto de no agresión”, con beneficio mutuo para ambos. Además, no criticar directamente al Estado actual ha facilitado una creciente difusión internacional y aplausos de la crítica por otras consideraciones “apolíticas”, centradas en los logros como literatura especulativa y de la imaginación.

Pero la censura es omnipresente y las prohibiciones también. Mencionar, por ejemplo, a Winnie Pooh es una ofensa contra el presidente Xi Jinping, quien fue comparado con el osito de peluche creado por A. A. Milne. Y WeChat, la app masiva para pagos y mensajes, bloquea automáticamente cualquier mensaje que contenga fotos, palabras proscritas o frases que expresen descontento con el régimen, apoyo a grupos religiosos o menciones de abusos de derechos humanos.

Mientras que en Occidente hay lectores que buscan distopías en la ficción especulativa, en China autores como Chen Qiufan escriben desde la distopía cotidiana de algunas zonas geográficas y ciertos sectores sociales. Desde 2014, obreros, soldados y conductores de trenes deben colocarse periódicamente sobre la cabeza aparatos —monitoreados por programas de inteligencia artificial— que escanean sus ondas cerebrales para detectar señales de enojo, depresión o pérdida de concentración. En otras áreas la vigilancia de la población la realizan drones tan parecidos a palomas, que las aves reales los siguen e intentan interactuar con ellos. También operan unas 200 millones de cámaras con reconocimiento facial y pronto el número se duplicará.

 Liu Cixin, El problema de los tres cuerpos

Desde este entorno antinómico han destacado —de entre cientos de creativos— autores como Liu Cixin, ganador del Premio Hugo en 2015, con su novela El problema de los tres cuerpos, y Hao Jingfang, ganadora de otro Hugo en 2016 por su cuento largo Entre los pliegues de Pekín (se publicará en septiembre la traducción al español en la antología Planetas invisibles).

Hao Jingfang, maestra en astrofísica y doctora en economía, explica cómo le enseñan el pensamiento crítico a los niños en China, las diferencias entre el uso de la IA y la enseñanza humana, entre la creatividad y, más preciada aún, la originalidad, entre otros temas.

A estas alturas del siglo XXI ya es inútil y ocioso negar la correlación vinculante entre los lectores de ciencia ficción de un país y la educación y el desarrollo científico y tecnológico.

China y EE UU son algunos de los países que más alto porcentaje de su PIB invierten anualmente en investigación y desarrollo, porcentajes superiores al 2%. En Corea del Sur e Israel, por ejemplo, la inversión supera el 4%. En México este porcentaje se ha reducido a menos del 1% y por ahora hay bastante nebulosidad en el impulso a las ciencias y a la investigación del nuevo gobierno. Los primeros cuatro países mencionados producen ciencia ficción de alta calidad en diversos medios, mientras que hoy, en México, no sabemos de una sola publicación periódica consistente dedicada a esta rama de la literatura. Mientras que en el ahora Conahcyt hay quienes hablan de “certidumbres científicas en la astrología”, en la RPC se preparan brigadas de 10 millones de jóvenes que llevarán ciencia y tecnología dura y pura al campo, en un esfuerzo titánico de actualización de la población rural.

Además podemos imaginar las joyas inéditas que se encuentran todavía en esa festiva, inmensa montaña de 3 millones de ensayos escritos en 1999 por otros tantos jóvenes chinos aspirantes a ingresar a la universidad.

 

Rémy Bastien van der Meer
Traductor y guionista.