Con motivo de los 190 años de su nacimiento, el siguiente ensayo revisa con erudición y gran acopio de datos la figura entrañable de Julio Verne a la luz de la actualidad. En el caso de autores tan leídos, la fama, la multiplicación de traducciones o adaptaciones equívocas y de lecturas sesgadas pueden ser un obstáculo para quien quiera verdaderamente valorar y acercarse a su obra. Una obra infinita que sobrepasa, por mucho, esa cualidad prejuiciosa de “literatura juvenil”.

Durante breves instantes, tenía el aire atento y febril
de un niño que lee una novela de Julio Verne.
—Marcel Proust

¡Pídame mi vida pero no me pida que
le preste un libro de Julio Verne!
—Raymond Roussel

 

Hace 190 años, un 8 de febrero como hoy, en Nantes, vio la luz un tesoro nacional de Francia y una suerte de tesoro universal para la especie humana. Decimos esto porque la UNESCO clasifica a Julio Verne como el segundo autor más traducido de la historia, con más de 4 mil 700 traducciones en 150 idiomas del orbe.1

Se antoja faena imposible hablar de Julio Verne en este espacio reducido, pero comencemos enfatizando que el creador del Capitán Nemo no fue un científico, ni tampoco un “profeta”. Su fama y fortuna nacen de su talento como novelista, pero en el curso de ese quehacer al que dedicó más de cuarenta años de su vida también resultó ser un poeta de la ciencia.

Nacido y criado en un entorno burgués, hijo de un reconocido abogado y una madre conservadora, perteneciente a una familia de navegantes y armadores, Julio tuvo tres hermanas y un hermano, Paul, quien sería marino y por quien siempre sintió un afecto especial.  A los 11 años de edad se dio un episodio —hoy considerado más leyenda que hecho real— mil veces comentado en sus biografías: supuestamente porque quería conseguirle un collar de coral a su prima Caroline Tronson, Julio se embarcó como polizón en el Coralie, con destino a las Indias Occidentales, pero fue descubierto y devuelto a su padre, quien lo tundió con su canne, que en México quizá hubiera sido una vara de membrillo. Fue entonces cuando el futuro autor de La vuelta al mundo en 80 días habría dicho: Je ne voyagerais plus qu’en rêve (“No volveré a viajar más que en sueños”).

De vuelta al proverbial redil burgués, Julio Verne estudia Derecho y se titula, pero rebelándose contra la autoridad paterna no ejerce la abogacía. Viviría una auténtica crisis emocional cuando su prima Caroline, el primer y quizá único amor de su vida, lo abandona para contraer matrimonio. Julio acabará desposando a una joven viuda, prima de Carolina, madre de dos hijas. Con ayuda financiera de su padre —“desesperadamente” paciente— trabaja como corredor de bolsa y le va bien. Pero en el fondo desea ser poeta, escritor y sobre todo dramaturgo. Como tal, alcanzó intimaciones de éxito con obras teatrales de bulevar (una de ellas llega a 12 representaciones en un teatro de Dumas padre). Ya con obligaciones como jefe de familia, también decide probar suerte como novelista. Ya había publicado algunas narraciones —entre ellas Un drama en México—,2 cuando conoce al autor y editor Pierre-Jules Hetzel, empresario establecido, quien le recomienda reescribir un texto sobre la exploración de África, novelizándolo. Verne cumple y entrega Cinco semanas en globo y, “lo demás es historia”.

Cinco semanas en globo apareció en 1863, cuando Verne tenía 35 años. Desde entonces hasta unos años antes de su muerte en Amiens en 1905, a los 77 años, firmaría más de cien obras: novelas, cuentos, ensayos, textos escolares oficiales y de consulta, obras teatrales y musicales. Las que le dieron fama y fortuna aparecieron seriadas —a partir de Aventuras del Capitán Hatteras3 en el Magasin d’éducation et de récreation (Almacén de educación y de recreación, 1864), publicación de Hetzel, que se estrena con Verne y que él llegaría a codirigir. Son las novelas reunidas bajo el título Voyages Extraordinaires: 62 creaciones en total —algunas listas incluyen unos cuantos títulos más— de las cuales unas 20 son novelas científicas, de extrapolación, que le han valido el epíteto de “Padre de la ciencia ficción”.4

Pero, mirando atrás al siglo que dio al mundo a Tolstoi, Dostoievski, a Dickens y George Eliot, a Balzac y Flaubert, ¿dónde posicionamos a Julio Verne?

A 25 años de la muerte de Verne, en 1930, Antonio Gramsci escribiría en Cuadernos de la cárcel: “…la ciencia ha superado a Verne y sus libros no son más que ‘excitantes psíquicos’”. André Maurois, en Mágicos y lógicos (1935), apuntaría también: “Julio Verne no deseaba probar nada”. Por su parte, Jorge Luis Borges, en Otras Inquisiciones (1952), definió: “…Verne, un jornalero laborioso y risueño. Verne escribió para adolescentes”.

Estos tres autores no yerran. Pero hoy, a la luz de estudios críticos de décadas recientes, parecería válido reconsiderar parcialmente esas opiniones. Por otra parte, los tres hacían comparaciones —válidas también— entre Julio Verne y otro autor, H. G. Wells, igualmente pionero de un nuevo género literario, prácticamente inventado por ellos dos: Verne, con la espléndida Viaje al centro de la tierra (1864) y De la tierra a la luna (1865), y Wells, a partir de la siempre asombrosa La máquina del tiempo (1895), y La isla del Doctor Moreau (1896).5

 

James Mason también interpretaría al Capitán Nemo.

 

Borges detalla lo siguiente: “…las ficciones de Verne trafican en cosas probables (un buque submarino… el descubrimiento del polo Sur, la fotografía parlante…); las de Wells en meras probabilidades (un hombre invisible, una flor que devora a un hombre, un huevo de cristal que refleja los acontecimientos de Marte), cuando no en cosas imposibles: un hombre que regresa del porvenir con una flor futura…”.6

Como mencionamos, a mediados del siglo pasado comenzó a darse una revaloración profunda de la obra de Verne que incluyó —entre otros— estudios críticos de Michel Serres, Roland Barthes y Michel Butor: el acceso a diarios y correspondencia, la revisión de las autorías reales de su extensa bibliografía,7 incluyendo el descubrimiento de materiales inéditos que no pudieron conocer Gramsci, Maurois o Borges, permitieron reconsiderar la vida y la obra del autor francés más leído en el mundo.8

Dentro de sus obras consideradas como ciencia ficción, Verne escribió sobre todo extrapolaciones —proyecciones imaginativas de futuros cercanos al momento que él vivía— en las que incorporaba con entusiasmo y precisión el estado de las ciencias y de la tecnología real o ya vislumbrada de su tiempo. Pero, apenas en 1994 se publicó una legendaria novela “perdida”, Paris au XXe siècle (París en el siglo XX), descubierta en 1989 por el tataranieto del autor, en la que auténticamente Verne anticipaba, ya un siglo el futuro, en lugar de solo extrapolar.

Lo significativo del caso es que Verne escribió esta novela en 1860, y se la presentó a Hetzel en 1863, justo cuando éste publicaba Cinco semanas en globo. ¡Pero Hetzel la rechazó por descocada e inverosímil!, pidiéndole a Verne que la retomara unas décadas después. Muy astutamente, Hetzel ya reconocía que en Verne tenía un cheque en blanco y no quería sabotear la “lluvia de oro” que se veía venir. Esta novela tan temprana, largamente considerada “desaparecida”, brindó una perspectiva diferente y nueva, a posteriori, sobre Verne y el conjunto de su obra, como comentaremos más adelante.

Otro dato que en retrospectiva resulta importante: si bien en su juventud Verne fracasó como autor de obras teatrales de bulevar, una vez encumbrado por el fabuloso éxito de los Viajes extraordinarios, volvió al teatro décadas después, ahora sí, con enorme fortuna. Obras basadas en Miguel Strogoff, La vuelta al mundo en 80 días9 y Los hijos del Capitán Grant, abarrotaron teatros parisinos e hicieron giras triunfales por toda Francia e incluso en el extranjero. Y se ha dicho que Verne nunca fue más autor de ciencia ficción que, precisamente, en una de esas obras de teatro, firmada al alimón con Adolphe d’Ennery: Voyage à travers l’Impossible (Viaje a través de lo Imposible), en la que el Capitán Nemo —el personaje cumbre de Verne— mostraba una metamorfosis que lo desafía todo. Traduzcamos un monólogo fulminante de esta encarnación teatral:

—¡Ah! ¡La admirable civilización! ¡Y sobre cuán inamovibles bases descansa esta sociedad moderna que le arrebata a los desheredados de este mundo la esperanza de un mundo mejor! Pero si no existe más vida que la vida terrestre, si no hemos de esperar ni castigos ni recompensas a futuro, la virtud es un engaño, y en cuanto al crimen, no se trata más que de saber hábilmente sustraerse a la ley. Y por mucho que tengan a la cabeza del Estado algunos dignos y honestos gobernantes practicando una dulce filosofía burguesa y que se complacen en conmutar las penas pronunciadas por la Justicia, verán ustedes a los criminales envalentonados multiplicarse sin descanso, y, siendo que el asesinato no sea más castigado que el robo, los ladrones se volverán asesinos, y los asesinos se dirán: “Podemos matar sin temor; ¡no nos matarán! Podemos degollar sin remordimientos, los remordimientos son una palabra vana, ¡porque Dios no existe!”.

Al respecto, Christian Chelebourg comenta, en el prefacio a la edición de Vingt  mille lieues sous les mers, que “estas palabras son de un burgués que habría leído a Sade, lo hubiera entendido y en consecuencia se habría espantado en demasía…”. De hecho, Verne acabaría modificando la obra, para volverla más aceptable para el público general. Chelebourg menciona también lo que llama la poesía verniana, e incluso sugiere leer los típicos pasajes científicos del autor, describiendo floras y faunas o el reino mineral, ¡en voz alta!

 

Aunque “sin dientes”, Méliès filmó una adaptación de Voyage à travers l’Impossible, en 1904.

 

Entonces, intentando ubicar a Verne en una dimensión equilibrada, razonable, a la luz del panorama de la ciencia ficción actual, y no de la que precisamente inventaban a fines del siglo XIX el propio Verne y Wells, ¿qué podríamos responderle a los tres autores citados supra?

Chers MM.: además de “excitantes psíquicos”, ¿se vale pensar en “estímulos para acrecentar la curiosidad y fomentar la búsqueda del conocimiento”? Y si “Verne no deseaba probar nada”, ¿vale decir también que, a veces, sí señalaba y denunciaba lo que veía a su alrededor? En efecto, Verne era “risueño y laborioso”, pero no siempre tan “risueño”; y sí, “escribía para adolescentes”, pero tampoco exclusivamente; y, extrapolando un poquito, ¿no escribía “para adolescentes”, sabiendo que un día serían adultos?10

Hacia 1872, Verne diría: “El gran pesar de mi vida es que nunca me tomó en cuenta la literatura francesa”. Y agregaría: “Siempre hice investigaciones sobre el estilo [literario] pero eso nunca me fue reconocido”.11 Al igual que sucedió con su mentor en el teatro y la novela, Alejandro Dumas, padre, su éxito comercial le negó el reconocimiento oficial de sus pares.

Sin embargo, la prodigiosa mecánica de sus narraciones, su singular imaginación, afectaron a incontables escritores y siguen haciéndolo en la actualidad.  En vida suya, Verne sería apreciado por Villiers de l’Isle Adam, Huysmans, Leon Bloy y Mallarmé. Ese genio precoz, cumbre de la poesía francesa, Arthur Rimbaud, quedó ensoñado al leer 20 mil leguas de viaje submarino, y de su pluma, a los 17 años, nacería El barco ebrio…

En este intento por valorar la presencia de Julio Verne en la actualidad, también es necesario recordar que, a partir de los años 1950, cuando sus obras pasaron al dominio público, se desató a nivel mundial la correspondiente depredación de sus creaciones que no favorecieron a Verne por dos factores: las traducciones de sus obras, demasiadas veces hechas con mínimo o ningún respeto por los originales;12 y una abundancia de películas basadas en sus novelas, que en su mayoría distorsionan las intenciones originales del autor, aunque bien que mal, pueden contarse algunas excepciones…

También se disparó entonces la moda comercial de hablar exageradamente de Verne como “profeta del futuro” o “el hombre que vio el mañana”. Muchos documentales han seguido con poca vergüenza esta línea sensacionalista, incluyendo la serie de 8 capítulos Profetas de la ciencia ficción, de Discovery Channel, producida por el afamado director Ridley Scott.13

Finalmente, aunque parezca increíble, hoy Verne sigue siendo una figura elusiva. ¿Era racista, o no? ¿Era un burgués con aspiraciones aristocráticas o un revolucionario subterráneo?  Su biografía aún tiene grandes “misterios sin resolver”. ¿Se puede hablar de posibles inclinaciones o episodios homosexuales? ¿Denunciaba atrocidades del colonialismo británico, pero se hacía de la vista gorda ante las depredaciones del colonialismo francés? ¿Era católico, panteísta, deísta, ateo o agnóstico?14 ¿Fue un misógino o, al contrario, en el contexto de su época, fue precursor del feminismo? Sobre este punto, aunque hay grandes personajes femeninos en muchos Voyages extraordinaires, solo una novela suya lleva por título el nombre de una mujer: Mistress Branican. Y solo ésta y la excéntrica exploradora de El país de las pieles figuran realmente como personajes principales de la acción.

Pero leer Mistress Branican, hoy en día, es en sí una suerte de revaloración de Verne. Desmiente el lugar común de que Verne era misógino. Deja en claro que, para él en concreto, la inteligencia no tiene sexo. Dolly Branican (Dorothée-Dorotea), californiana de ascendencia española-mexicana, es un portento, un personaje que, en una narrativa que abarca 20 años y concluye en los eriales desérticos de Australia, recorre arcos de 180 grados en crisis emocionales, vivenciales y morales, superándolo todo; una creación singular. Dorotea no le pide nada al más cerebral, bizarro y aventurero varón del universo Verne.15

A nuestro parecer, en Una lectura política de Julio Verne, Jean Chesnaux logra a una óptima definición del enigma que sigue siendo Julio Verne.  Resume “las tendencias objetivamente subyacentes en todo el ciclo de los Voyages extraordinaires, a saber, la tradición del 48 [la segunda República francesa], el eco del socialismo utópico [sansimoniano] y el individualismo libertario…”. El sansimonismo de la visión política inicial de Verne, plasmada por ejemplo, en La isla misteriosa, o en Las indias negras, en el desarrollo de una sociedad humana fraternal, apoyada por las máquinas y la tecnología, para mejorar las condiciones de su vida, irá dando paso en Verne (entre 1880 y 1895), según Chesnaux, al reconocimiento de la dominación de la ciencia por el dinero, a la degradación de las sociedades humanas y a la perversión de la ciencia, patentes en la ficción política de La impresionante aventura de la misión Barsac. Al paso del imperialismo, “el presente” invade esta obra de Verne; se manifiesta sin máscaras el dominio, despiadado, deshumanizante, de lo que hoy llamamos el “complejo militar-industrial”, impulsado por los bancos y círculos financieros encarnados, por ejemplo, en los billonarios personajes prepotentes y finalmente autodestructivos de La isla flotante.

Pero Chesnaux escribió Una lectura política… en 1973, antes de que se descubriera la novela “perdida” Paris au XXe siècle. Y, como señala Gondolo Della Riva, uno de los más dedicados estudiosos de Verne, la aparición de esta novela volvería a poner en duda consideraciones heredadas sobre el autor. La novela, rústica en su ejecución pero no en los alcances que deseaba plasmar su narrativa, describe un París en 1960 en el que solo vale el dinero y el sometimiento a la maquinaria tecnológica de una sociedad opresiva y enajenante, aceptada implícitamente por sus habitantes.16 La novedad, entonces, sería que ya desde 1863, cuando su obra más anticipatoria fue rechazada por Hetzel, Verne habría percibido los fatales bemoles del otrora esperanzador progreso científico proclamado por la Ilustración, y habría meditado sobre lo que seguiría luego de la Revolución industrial, ya no tan garante del bienestar futuro y de la felicidad humanas. Y Verne no “veía el futuro”. No; todo ya ocurría en su tiempo. Sin embargo, fiel al entorno burgués en el que nació, recordando quizá a Voltaire, Verne se dedicaría, a fin de cuentas, a trabajar y a “cuidar su jardín”. Una carta citada por Chesnaux, menciona que a Verne le gustaba llamarse “el más desconocido de los hombres”.

Elusivo pues, contradictorio, paradójico y misterioso, Julio Verne sigue presente, ubicuo, en el mundo entero; en Francia, desde luego, donde el presidente invita a selectos dignatarios extranjeros a cenar al restaurante Jules Verne de la Torre Eiffel, o quizá se presenta a entregar el Trophée Jules–Verne al ganador en turno de la prueba de yates veleros que circunnavegan la Tierra, partiendo de y volviendo al puerto de Ouessant tras recorrer 40 mil 300 kilómetros.17

 

Mapa del recorrido del Trofeo Julio Verne, fuente: Wikimedia.

 

En una década se celebrará el 200 aniversario del nacimiento de Julio Verne. Seguirán dándose estudios críticos, marxistas, freudianos o pos-freudianos, estructuralistas o posestructuralistas, desde perspectivas poscoloniales, de estudios culturales o el feminismo. Por ahora, celebramos, sencillamente, un dicho de Verne sobre sus obras: “El lector supondrá lo que quiera según su temperamento”. Y una propuesta de Jean Chesnaux: realizar en sus novelas científicas “una lectura autónoma”. Para nosotros, el encanto original de sus novelas sigue intacto. El Capitán Verne espera, el Nautilus está a punto de zarpar. Si gustan ustedes, sean bienvenidos a bordo, y no olviden su globo terráqueo, su mapamundi o, en su defecto, su Smartphone, para hacer consultas geográficas en Google…

Rémy Bastien van der Meer
Guionista y traductor. Sus traducciones recientes son: la saga The Sandman y La fotografía vernácula (Ediciones Ve).

 

Bibliografía comentada: las malas traducciones de Verne

• Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel 4: Literatura y vida nacional, Juan Pablos Editor, 1998.

• André Maurois, Mágicos y lógicos, Plaza y Janés, 1961.

• Jorge Luis Borges, Inquisiciones / Otras inquisiciones, DeBolsillo, 2014.

• Roland Barthes, Mitologías, Siglo XXI Editores, 2016.

• Jorge A. Sánchez, El mundo de Julio Verne, Centro Editor de América Latina, 1980.

• Jean Chesnaux, Una lectura política de Julio Verne, Siglo XXI Editores, 1973. Título por título, analiza el contexto político de 63 obras principales.

• Jean Gattégno, La ciencia ficción, México, FCE, 1985.

• Isaac Asimov, Isaac Asimov on Science Fiction, Avon Discus, 1982.

• Franz Born, The Man Who Invented the Future: Jules Verne, Scholastic Book Services, 1971.

• Jules Verne, Oeuvres Complètes, Arvensa Éditions, Epub.
A un precio irrisorio, una excelente recopilación digital. Con más de 5 mil ilustraciones de las ediciones originales, los Voyages extraordinaires íntegros, cuentos, novelas cortas, obras de divulgación escritas para el sistema educativo francés, obras de teatro, poesía, discursos, biografías, reportajes de la época y más. Falta Paris au XXe siècle.

—, Vingt mille lieues sous les mers, Le Livre de Poche, 1990, Préface de Christian Chelebourg.

•—, Paris au XXe siècle, Le Livre de Poche, 1994, Préface et établissement du texte: Piero Gondolo Della Riva.

•—, París en el Siglo XX, Grupo Editorial Éxodo, 2015.
La traducción –sin crédito– no es muy afortunada; omite el epígrafe de Paul-Louis Courier, altera tiempos, traduce “cinquante ans” como “cinco años” en vez de “cincuenta años”, y en muchas instancias tergiversa más o equivoca el texto original.

•—, El Chancellor y Un descubrimiento prodigioso, RBA Coleccionables, 2015.
Un descubrimiento prodigioso, equivocadamente atribuida a Julio Verne hasta 1966, fue escrita en realidad por François-Armand Audoin (uno de muchos competidores de Verne). Aunque este tomo reproduce una edición original de Hetzel, la segunda obra no debería figurar en él. Esta edición, razonablemente traducida, tiene sin embargo errores garrafales: en El Chancellor, equivocadamente, traducen Thomas Moore (el poeta irlandés) por “Tomás Moro” (el autor de Utopía), p. 21. En el mismo Cap. V, p. 22, falta una de esas frases típicas del mejor Verne, en el penúltimo párrafo, cuando habla del tiempo: “–ese principio del trabajo de la naturaleza–“. Esta colección, con magnífica presentación, que circula actualmente en México, aparentemente con gran éxito, no incluye créditos de traducción.

•—, Los amotinados de la Bounty – Mistress Branican, Editorial Porrúa, 1988.
Los amotinados… es una de las obras llamadas “pre-vernianas”, anteriores a los Voyages Extraordinaires. La traducción sin crédito, como suele darse en la colección “Sepan Cuantos…”, es respetable, fiel al texto original.

•—, El país de las pieles, Editorial Porrúa, 1987.
Algunas ediciones de Verne en “Sepan Cuantos…” incluyen breves y lúcidos prólogos de María Elvira Bermúdez, la abogada mexicana y autora pionera de la novela policiaca en nuestro país. Otras ediciones, como Miguel Strogoff, incluyen una biografía corta, que revela lo bien que conocía Doña Ma. Elvira a Julio Verne.

•—, Voyage au centre de la terre, Livre de Poche, 1983.

•—, Viaje al centro de la Tierra, Editorial Porrúa, 1986.
Una traducción decorosa, fiel al original, con docta nota de Ma. E. Bermúdez.

•—, Journey to the Center of the Earth,  Scholastic Book Services, 1965. Prueba palmaria de las conocidas quejas de Michael Crichton y Adam Roberts sobre muchas traducciones de Verne al inglés. En esta edición la obra está reescrita y alterada al gusto de lo que Scholastic debió considerar como comercial. Ni siquiera respetan el nombre del protagonista: ¡el Profesor Lidenbrock queda convertido en “Profesor Hardwigg” y su sobrino Axel se llama “Harry”!

•—, Escuela de robinsones, Akal bolsillo, 1981. Excelente traducción del laureado Mauro Armiño, quien además traslada al español la disposición ortotipográfica del original francés. En un mundo ideal, Mauro Armiño sería quizás el erudito indicado para traducir y editar los Viajes extraordinarios en su totalidad.


1 Index translationum.

2 También conocida como Los primeros navíos de la marina mexicana, cuento largo anterior a su asociación con Hetzel.

3 Como plan de batalla editorial (y de negocios), Hetzel escribió un prólogo para Las aventuras del capitán Hatteras, presentando a Verne así: “Las obras ya aparecidas y aquellas que aparecerán constituirán en su conjunto el plan que se ha propuesto el autor al dar a su obra el subtítulo de Viajes en los mundos conocidos y desconocidos. Su objetivo, en efecto, consiste en resumir los conocimientos geográficos, geológicos, físicos y astronómicos elaborados hasta ahora por la ciencia moderna y rehacer, bajo la atractiva forma que le es propia, la historia del universo”.

4 En realidad, el término ciencia ficción aparecerá hasta entrado el siglo XX, en 1926 y en EE.UU, con Hugo Gernsback, quien en la revista Amazing Stories primero concibió el término “scientifiction”, que luego se convertiría en science fiction. Por ello las obras de Verne eran llamadas originalmente novelas científicas, y las de H.G. Wells scientific romances, no en la acepción de romance como “historias de amor”, sino en la tradición británica del romance, género clásico de aventuras en el que destacaban Walter Scott y Robert Louis Stevenson.

5 Para Isaac Asimov, precedida por algunas obras —más góticas que científicas— de Edgar Allan Poe, la primera novela de ciencia ficción es Frankenstein de Mary Shelley (1818). Julio Verne es el primer escritor de ciencia ficción, y H.G. Wells, el creador del breakthrough que consolidó definitivamente al género.

6 Jean Gattégno, comparando a Verne con Wells, explica: “Con Verne nos hallamos en los antípodas de lo fantástico: todo es explicable, y nada es imposible en tanto la ciencia no lo haya prohibido… Con Verne no es tanto la anticipación (el término francés, como vemos, falsea las cosas al pretender cambiar en profecías lo que es descripción intemporal) la que nace, como la maravilla científica”.

7 Ha quedado claro que algunas obras anteriormente atribuidas a Julio Verne fueron realmente reescritas, terminadas, adaptadas de ciertos textos o realizadas en su integridad por su hijo, Michel Verne. Entre estas obras están varias de importancia para la exégesis verniana, como son El eterno Adán (incluido en Hier et demain, 1910), El faro al fin del mundo y La impresionante aventura de la misión Barsac (1920), auténtica novela de política ficción, de ficción sociológica, último título de los Viajes extraordinarios. La relación entre Julio y Michel fue difícil e incluso tormentosa, pero a la muerte de su padre, Michel se mostró, si no a la altura de su progenitor, digno de su apellido.

8 En realidad, el público de Verne siempre fue amplio: empieza publicando en el Journal des Débats, publicación para adultos, sigue en Musée des Familles, y luego en el Magasin… con una estrategia editorial y comercial diseñada primero por Hetzel, y después por ambos, para un público mayoritariamente adolescente. Pero las novelas que aparecen seriadas primero luego se editan en libros que serán leídos por ministros, reyes, el emperador de Japón, e incluso el Papa León XIII, quien le concedió audiencia a Verne cuando —en su tercer yate— realizaba con su hermano Paul una travesía mediterránea. Brian Aldiss (1925-2017), escribió en su estudio pionero del género, A Billion Year Spree, de 1973: “…fue el primero y último autor (de ciencia ficción) en ser bendecido por el Papa”.

9 La resonancia que tuvo a nivel mundial esta novela fue realmente increíble. Nellie Bly, una periodista estadounidense que a los 21 años de edad tuvo que huir de México por criticar al régimen de Porfirio Díaz en 1885, emprendió después un viaje alrededor del mundo, imitando al protagonista de la novela, y lo concluyó en 72 días en vez de 80. También visitó a Verne en Francia donde platicarían de su hazaña.

10 En general, se habla más de Verne, equivocadamente, como autor para niños y adolescentes, o como “profeta” u “oráculo sibilino”, que como el gran divulgador de las ciencias que fue en realidad. Es imposible listar a quienes, en su infancia o adolescencia, se vieron motivados hacia las exploraciones y las ciencias por la lectura de sus obras: exploradores como Scott y Amundsen, pioneros de la cohetería como Tsiolkovsky y Goddard. A este respecto, Verne fue al siglo XIX lo que serían un Isaac Asimov o un Carl Sagan para el siglo XX.

11 La Academia Francesa no reconoció a Verne, pero en 1892 fue condecorado con la Legión de Honor por sus aportaciones a la cultura nacional, a instancias de Lesseps, el ingeniero creador del Canal de Suez. Con típico humor verniano, en Le Chancellor, Cap. XVIII, Verne escribió: “…con el canal de Suez, el continente africano se ha convertido en una isla”.

12 Autores contemporáneos de ciencia ficción como Michael Crichton y Adam Roberts han expresado su indignación ante la pésima calidad de las traducciones de Verne al inglés. Al respecto, Roberts publicó una nota en The Guardian.
Por su parte, Crichton conocía bien a su Verne. Hay una clara conexión que va de Viaje al centro de la tierra, pasando por la ciencia ficción de Edgar Rice Burroughs y de Arthur Conan Doyle para llegar a Jurassic Park. En cuanto a traducciones de Verne al español, véase la bibliografía comentada.

13 El capítulo dedicado a Verne decepciona. No queda debidamente establecido que Verne se basaba en lecturas exhaustivas, minuciosas, de cuanto se publicaba sobre ciencias en su época, y que se apoyaba en astrónomos, matemáticos y muchos otros auténticos especialistas. La imagen que se trasmite de Verne es casi de “vidente con poderes sobrenaturales”. El programa resulta exagerado, empalagoso, y subvierte lo que debería ser una visión clara y equilibrada de la ciencia ficción verniana (y del género literario en general). De hecho, prácticamente todos los inventos que figuran en las novelas de Verne ya existían en la realidad, y muchos de ellos, como el submarino, desde hacía más de cien años.

14 Verne manejó siempre los conceptos de “buen salvaje” y “mal salvaje”, pero en sus descripciones de villanos, por ejemplo, era igual de incisivo si eran europeos o aborígenes. Metódicamente denunciaba los genocidios decimonónicos de razas indígenas. Nunca negó la cruz burguesa de su parroquia, pero veía con buenos ojos muchos movimientos revolucionarios y anticolonialistas que describió en sus novelas. Sobre su posible homosexualidad, todo queda “sin resolver”, aunque Jorge A. Sánchez menciona la posibilidad de que los dos tiros de revólver que le dio a Verne en 1886 su sobrino Gaston (hijo de Paul, y quien pasaría el resto de sus días en un asilo), posiblemente estuvieran relacionados con esta suposición. Otros dicen que lo único que quería Gastón era más dinero. En cuanto al colonialismo, aunque sí era patente en Verne cierto sentimiento antibritánico, también criticó otros imperialismos, incluyendo el francés. Con respecto a la religión, en las novelas de Verne están presentes los sentimientos religiosos, pero no las instituciones.

15 La otra destacada heroína verniana es Paulina Barnett, “inglesa del condado de York, provista de cierta fortuna, cuya mayor parte se invertía en expediciones aventureras”, cuya saga se da en los helados paisajes lindantes con el Círculo ártico. Al proseguir su descripción, aludiendo a exploradores anteriores, todos hombres, Verne se pregunta: “¿Cómo una mujer osaba aventurarse ahí donde tantos exploradores habían retrocedido o perecido? Pero la extranjera, confinada en ese momento en el Fuerte Reliance, no era, en esa perspectiva, una mujer: era Paulina Barnett, laureada de la Sociedad Real.” Al final de esta novela, entre las más logradas de Verne, los varones le deberán sus vidas a un trío de mujeres: Paulina, su dama de compañía Madge, y la impertérrita esquimal, Kalumah.

16 En cuanto a extrapolaciones, y anticipación, la novela habla de varios adelantos tecnológicos, pero todos estos inventos ya existían o estaban prefigurados cuando escribía Verne, como los vehículos motorizados, los facsimilares transmitidos por cable y la producción industrial de papel a partir de pulpa de árboles. Lo que Verne analizaba era cómo la tecnología podría enajenar a la sociedad, destruir y corroer el espíritu del individuo, negando además la utilidad y el valor de los clásicos y de las artes.

17 En 2017, la tripulación del yate ganador circunnavegó el planeta en 40 días, 30 horas, 30 minutos.