Desde los autores canónicos del siglo XIX, la literatura rusa tuvo su parte en la fundación de uno de los géneros literarios más expandidos sobre la faz de la Tierra: la ciencia ficción. El curso de las revoluciones bolcheviques y la fundación de la URSS alimentarían esta nueva forma de escritura llamada nauchnaia fantastika o “fantasía científica”, no sin imponerle la censura necesaria para ajustarse a los designios del régimen. Aun así, este ejercicio especulativo que cuenta con un nutrido corpus, ha cimentado la identidad rusa y soviética tanto en el periodo de entreguerras como en la carrera espacial de la Guerra Fría. La siguiente es la historia de esa estirpe literaria y de cómo su progenie fue marcando, a su paso, el futuro.

Comunismo es igual al poderío soviético más la electrificación del país entero.
—Lenin

La Tierra es la Cuna de la Mente —pero uno no puede vivir eternamente en una cuna—.
—Konstantin E. Tsiolkovski

 

Si consideramos la novela utopista ¿Qué hacer? (1863) de Nikolái Chernishevski como literatura especulativa, o fantasía científica (el término ruso original que en EE. UU. equivaldría a ciencia ficción a partir de 1926), entonces —sabiendo que Lenin se vio profundamente influenciado por esta obra, y que escribió en 1902 un tratado político con el mismo título— ¿Qué hacer? podría incluirse entre los libros más influyentes de la historia.1

Y, por curioso o extraño que parezca, probablemente es en Rusia y en la Unión Soviética donde mayor influencia ha tenido este género literario, en todos los sentidos, y particularmente en la histórica transición de la Rusia imperial a la era soviética.


Nikolái Chernishevski

Orígenes y obras señeras

Desde el siglo XVI, la literatura rusa produjo obras “hermanadas” con el más amplio espectro de lo que actualmente se llama ciencia ficción: fábulas del folclore eslavo, historias de hadas, relatos de viajes imaginarios, cuentos de horror y de terror, narraciones fantásticas, utopías. Obras señeras podrían ser los cuentos folclóricos sobre la bruja Baba Yaga, Viy, de Gógol, El sueño de un hombre ridículo y El doble de Dostoievski, y cientos más.

Aunque, propiamente dicho, el género hoy conocido como science fiction no apareció sino hasta mediados del siglo XIX, como respuesta literaria a la era industrial y a su revolución. Para no pocos especialistas, Frankenstein de Mary Shelley (1818) es la primera auténtica obra de ficción científica, ya que la narración inicia, precisamente, con una explicación científica, posible y verosímil incluso en su época, que “valida” la creación de un ser construido a partir de cadáveres en un laboratorio, gracias la “chispa creadora”, o recreadora, de la electricidad.

Dos líneas de fuerza de la ficción científica serían, desde entonces, la extrapolación y el extrañamiento. “Domesticar lo desconocido” y alterar, alienar o crear extrañamiento en el orden presente. ¿Qué pasaría si tuviéramos tal o cual conocimiento, tecnología o situación? Y, ¿cómo serían las cosas entonces? Una tercera posibilidad narrativa es: Si esto sigue…, el planteamiento que, extrapolado, lleva generalmente a la distopía.

En Rusia, un antecedente del género sería Viaje a la tierra de Ofir, del Príncipe Mikhail Sherbatov (1807).2 Esta narración utopista encarnó reformas políticas y sociales de los elementos liberales y progresistas de la aristocracia de Catalina la Grande. Más patriotera fue El año 4338, del Príncipe Vladimir Odóievski (1840), en la que Rusia encabeza al mundo en cuanto a tecnología y pensamiento científico se refiere, obra que incluye amenas extrapolaciones en torno a medios de transporte, alimentos, bebidas y modas. Contrastando con esta obra, ¿Qué hacer? de Chernishevski incluye el “Cuarto Sueño” de la protagonista Vera Palovna, radical visión fourierista de una utopía socialista, aunque Isaiah Berlin comenta que como obra de arte es “grotesca”.

Pero como también señala Berlin, la novela ya incluía en 1863 planteamientos que habrían de influenciar en la literatura especulativa posterior: la necesidad de encontrar y de crear una identidad histórica y política, social y filosófica específicamente rusa, original, diferente de las identidades nacionales del resto del mundo.

Es indispensable mencionar que, en Rusia, hacia 1880, la tecnología de la rotativa permitió una “explosión” de la industria editorial, una profusión de revistas técnicas especializadas y de otras “para toda la familia” (y toda la población alfabetizada, urbana y rural), como Naturaleza y gentes (Priroda i liudi) y Alrededor del mundo (Vokrug sveta) en las que la ciencia sería siempre la temática central. En 1894, la edición de quinto aniversario de Naturaleza y gentes contenía esta nota editorial:

La ciencia y la tecnología están definiendo la realidad moderna al transformar no solo la vida de todos los días, sino las formas mismas en las que pensamos e imaginamos. Una nueva forma de escritura llamada nauchnaia fantastika, fantasía científica, está jugando un papel nada inconsecuente en este proceso. ¿No es acaso en la imaginación donde teorías atrevidas y máquinas asombrosas ven la luz por vez primera? Por ello, junto con las noticias de las más recientes novedades científicas y tecnológicas, nuestra revista seguirá presentando un rico panorama de meditaciones sobre sus potencialidades, que le parecerán todo menos fantásticas a quienes viven estos tiempos.

Alrededor del mundo aparecería simultáneamente a publicaciones como National Geographic (1899) y Annales de Géographie (1891). Entre 1926 y 1929, la circulación de revistas mensuales como Alrededor del mundo alcanzó tirajes de 100 mil ejemplares. Esta revista, en particular, ¡sigue editándose en la actualidad! (http://www.vokrugsveta.ru). Hoy, con la misma periodicidad, su tiraje promedio es de 250 mil ejemplares.

Además de difundir las ideas científicas que arrasaban al mundo en la marcha imparable de la industrialización, las revistas publicarían traducciones de obras especulativas de Julio Verne y Camille Flammarion y, a partir de 1889, de H. G. Wells. A la par, circularon fantasías que reflejaban los adelantos tecnológicos de aquella Rusia finisecular: por ejemplo, Ni hechos ni fantasía: una Utopía eléctrica (1895) de V. Chikolev, y un escrito inconcluso, curiosamente pronosticador, El ferrocarril subterráneo autopropulsado Petersburgo-Moscú (1902) de A. Rodnykh.3

En 1893 y 1895 aparecerían, respectivamente, En la Luna y Sueños de la Tierra y los Cielos, de K. Tsiolkovski, pionero mundial de la cohetería, “Padre de la Cosmonáutica”, precursor de la ciencia ficción “dura” en Rusia. Posteriormente publicaría Más allá del planeta Tierra (1920); todos estos eran relatos inspirados por Verne, con énfasis en datos científicamente exactos. Tsiolkovski difundiría también sus ideas científicas de avanzada y su ciencia ficción increíblemente imaginativa en la revista Heraldo de la aviación (Vestnik vozdukhoplavaniia).


Diagrama de un cohete según K. Tsiolkovski.

Además de sus contribuciones a la astronáutica, de sus más de 400 escritos científicos, de haber concebido el elevador del espacio, naves y viajes espaciales, colonias espaciales orbitales y extraplanetarias, la esclusa de aire y otras maravillas técnicas que hoy son comunes en la Era Espacial, Tsiolkovsky compartía las ideas del filósofo Nikolái Fiódorov, fundador del cosmismo y precursor del transhumanismo. Estas incluían un ser humano-planta que podría sobrevivir en el espacio exterior, así como la inmortalidad y transmigración de las almas a otros planetas, basándose en procedimientos científicos.

Por otra parte, ideas y propuestas de la nauchnaia fantastika estarían presentes, en mayor o menor grado, en todas las ramas del arte que iniciarían los movimientos artísticos de fines del siglo XIX: el simbolismo, el futurismo, el acmeísmo y el avant-garde soviético. Electricidad, aviación y trenes, por ejemplo, figuran en obras y poemas de Vladimir Mayakósvski y Aleksandr Blok, de la pintora Natalia Goncharova y de muchos otros. Poco antes, desde mediados del siglo XIX, Pushkin y Gógol también se vieron fascinados por las posibilidades de la electricidad y el galvanismo, por la relación ánodo-cátodo, tradicionalmente considerados masculino y femenino respectivamente. Gógol equipararía la perfección formal de una obra teatral con el equilibrio anódico-catódico. Pushkin, en un ensayo publicado en 1830, arguyó que las partes constitutivas del lenguaje, representadas por los polos inertes de un circuito incompleto, alcanzaban la epifanía cuando el verbo masculino penetraba el sustantivo femenino.

Tiempo de bolcheviques: prohibiciones y necesidades

En 1908, el médico, filósofo y revolucionario Alexander Bogdánov (seudónimo de Alyaksander Malinovsky), haría historia con la novela Estrella Roja: aventura de un joven socialista bolchevique que viaja a Marte, invitado por marcianos como representante de la Tierra, donde conoce una sociedad precursora del comunismo. Notablemente visionaria para su tiempo, Estrella Roja plantea una sociedad con total igualdad de género, un lenguaje en el que no existen “masculino y femenino”, vestimenta unisex, procreación voluntaria y por consenso, educación comunitaria de niñas y niños, anticipaciones de inventos como la computadora, máquinas que identifican la voz, televisión tridimensional, el Skype, los anuncios espectaculares cinematográficos, y más. Después de las revoluciones de 1917, la novela sería reeditada varias veces, pero un rompimiento ideológico entre Bogdánov y Lenin sería insalvable, y durante décadas circularía únicamente en ediciones caseras “subterráneas” (samizdat).4

Pero, concentrándonos en 1917, ¿qué papel jugaría la fantasía científica en el nuevo mundo soviético, en el que los bolcheviques habían tomado el poder, imponiendo una visión marxista concebida originalmente para una sociedad industrial y no para una sociedad básicamente agrícola?5 ¿Cómo fue posible que floreciera de manera tan sorprendente la ficción científica, precisamente en donde menos se esperaría?

En noviembre de 1920, al aprobar el plan para la electrificación de la URSS, llamado GOELRÓ, primer plan soviético para el desarrollo económico nacional y modelo para los planes quinquenales que seguirían, Lenin expresó su famoso comentario: “Comunismo es igual al poderío soviético más la electrificación del país”.6

Antes, Trotski ya había hablado de la modernización en términos de “desarrollo combinado y desigual” y el mismo Lenin, en 1918, había expresado, en cuanto a las “tareas inmediatas del gobierno soviético”, que Rusia “debe adoptar todo lo que es valioso en los logros de la ciencia y la tecnología de Occidente”.

En el inmenso esfuerzo para colocar a la URSS al nivel de otros países ya industrializados destacarían dos objetivos iniciales: la electrificación de toda la Unión y la terminación del ferrocarril transiberiano, iniciado en 1891, que uniría Vladivostok, sobre la costa del Pacífico, con Petrogrado (después Leningrado, hoy San Petersburgo), frente al mar Báltico.

La URSS, con sus 150 millones de habitantes7 repartidos a lo largo de sus 11 husos horarios, se encaminaba ahora a presentarse ante el mundo como una entidad aparte, única, histórica, política y geográfica. Mas esa URSS, hacia el Este, salvando la barrera natural de los Urales, ya era Asia, y era prácticamente territorio desconocido para los rusos europeos. El reto era monumental, y la nauchnaia fantastika acompañaría durante décadas ese cometido, anticipando el avance tecnológico, sensibilizando a la población en una suerte de “pedagogía cultural” (Gramsci), aunque la larga y cruel consecución de la modernidad soviética costaría millones de vidas bajo la dictadura estalinista.

En 1922, con el establecimiento oficial de la URSS, apareció la censura, a través de la Glavlit. La censura afectaría absolutamente todas las artes, bellas, populares, incluso folclóricas y religiosas, incluyendo la ficción científica, que crecería como nunca, pero bajo diversos caveat. El control ideológico sería férreo. La ciencia ficción era necesaria, pero le quedaba proscrita toda asociación literaria con temáticas de horror, terror, fantasía, magia, cualquier intimación de lo “sobrenatural”, ucronías y universos paralelos, viajes en el tiempo y también la consideración de posibilidades de vida e inteligencia extraterrestre que tanto habían figurado en los inicios de la nauchnaia fantastika.

Las extrapolaciones y distanciamientos de la ficción científica no debían extenderse más allá de unos pocos años hacia el futuro. Los grandes vuelos imaginativos y las extrapolaciones utópicas quedaban acotadas, prohibidas; solo eran aceptables en cuanto ensalzaran los logros sociales, científicos e industriales soviéticos. Utopías moderadas, pues, realizables, inminentes en sus posibilidades, “a corto plazo”, . Distopías, de cualquier especie, no.

En 1923, Yevgeni Zamyatin, autor de la obra maestra satírica Nosotros, había reiterado la importancia que tendría la “Nueva Prosa Rusa” del siglo veinte, la nauchnaia fantastika:

La vida moderna ha perdido su realidad plana. Ya no se proyecta a lo largo de los viejos puntos fijos, sino en las coordenadas dinámicas de Einstein, de la Revolución, del avión. En esta nueva proyección, las fórmulas y los objetos mejor conocidos quedan desplazados, fantásticos, lo conocido–desconocido. Y estos nuevos faros se yerguen con claridad ante la nueva literatura: de la “vida diaria” a las “realidades del ser”, de la física a la filosofía, del análisis a la síntesis.

Hacia el deshielo de la imaginación

Pero Zamyatin, ingeniero naval que en Inglaterra había construido buques rompehielos para la URSS, cometió un error político: Nosotros predijo todos los horrores del estalinismo. Aunque apoyó la Revolución de octubre de 1917, pronto comenzó a criticarla. Su novela inspiró a George Orwell cuando escribió 1984, y Ursula K. Le Guin la considera representativa de lo mejor que existe en el género de la ciencia ficción. En el Estado totalitario de Nosotros, Estado Único del Gran Benefactor, las personas no tienen nombre, sino número. Los inconformes, los rebeldes, son sometidos a una cirugía que les extirpa la imaginación (el alma, el espíritu). Publicada en inglés en 1924, no circuló en la Unión Soviética hasta 1988, al darse el glasnost con Gorbachev. Probablemente, en 1921, solo la intervención de Maxim Gorki ante Stalin impidió que Zamyatin acabara en el cadalso o ante el paredón. Stalin le autorizó salir de Rusia, y moriría en París (1937). Nosotros es considerada la mejor de las tres distopías clásicas, con 1984 y de Un mundo feliz de Aldous Huxley. El título Nosotros viene de los objetivos de Alexei Gastev (Director del Instituto Central del Trabajo de la URSS), quien anticipaba que el trabajador del colectivo laboral soviético dejaría incluso de referirse a sí mismo como “yo” y que más bien acabaría diciendo “nosotros”.


Yevgeny Zamayatin, Nosotros.

Presencia inseparable pues, la ciencia ficción ha acompañado el desarrollo de Rusia, de la URSS y de la actual Federación Rusa, ininterrumpidamente, de mediados del siglo XIX hasta la actualidad.8 Pero hay que destacar especialmente el periodo de 1917 a 1941, cuando la URSS entró al conflicto mundial, ya que, como en ningún otro lugar del planeta, la nauchnaia fantastika representó una suerte de hoja de ruta en la búsqueda de la modernidad. Fredric Jameson, crítico y teórico literario marxista, ha explicado que, en vez de proyectar “un relato más ‘realista’ de nuestra situación” —en el contexto de Rusia— la ciencia ficción precedió sus objetivos en el más literal de los sentidos.

Tras la Segunda Guerra Mundial, siguió la censura. A la muerte de Stalin en 1953, la represión amainó un poco con el “deshielo” de Kruschev. Durante ese “deshielo” (inicios de los años 50 a principios de los años 60), precisamente en 1957, la ciencia ficción logró un avance histórico en la URSS con la novela Andrómeda: Un relato de la era espacial, de Ivan Yefremov, paleontólogo y escritor, quien se “atrevió” a presentar una utopía mil años en el futuro. La novela llegaría al cine en 1967.

Pero poco después, con Brehznev instalado como Secretario General del Partido Comunista de la URSS, la censura volvió a sentar sus reales. Habría que esperar la caída del muro de Berlín, la disolución de la URSS (26 de diciembre de 1991), la llegada del glasnost y de la perestroika, para que las cadenas y mordazas a las expresiones artísticas fueran desapareciendo. Tanto esta liberación como la reaparición arrolladora de la fantasía —proscrita durante toda la era soviética— como género competidor de la ficción científica sería, en todo caso, tema de otro artículo.

Bien que mal, cuarenta años después de la Revolución de octubre, el 4 de octubre de 1957, la URRS puso en órbita el Sputnik 1, el primer satélite artificial de la historia. El 3 de noviembre del mismo año, en el Sputnik 2, la perra Laika fue el primer ser viviente que alcanzó el espacio exterior. El 12 de abril de 1961, en la nave espacial Vostok, el primer astronauta, Yuri Gagarin, orbitó la Tierra en el primer vuelo espacial tripulado. El ser humano tocaba por fin el umbral del cosmos, haciendo realidad los sueños visionarios de Tsiolkovski.9

 

Rémy Bastien van der Meer
Guionista y traductor. Sus traducciones recientes son: la saga The Sandman y La fotografía vernácula (Ediciones Ve).

Bibliografía:

Robert B. Downs, Books That Changed the World, New American Library, 1956.

Peter Nichols, Editor, The Encyclopedia of Science Fiction, Granada Publishing Limited, 1981.

Isaac Asimov, Asimov on Science Fiction, Avon-Discus, 1982.

Yevgeny Zamyatin, We, Avon-Eos, 1999.

Fredric Jameson, Archaeologies of the Future – The Desire Called Utopia and Other Science Fictions, Verso, 2005.

Alexander Bogdánov, Estrella Roja, Editorial Nevsky Prospects, 2010. (Desafortunadamente, aunque puede leerse, esta edición contiene abundantes erratas y, comparando con la edición mencionada a continuación, omisiones de líneas enteras). Para quienes lean inglés, recomendamos Red Star. The First Bolshevik Utopia, Indiana University Press (1984), que además contiene dos narraciones complementarias: Engineer Menni (Ingeniero Menni) y A Martian Stranded on Earth (Un marciano varado en la Tierra).

Alexéi Tolstói, Aelita, Editorial Nevsky Prospects, 2010.

Anindita Banerjee, We Modern People – Science Fiction and the Making of Russian Modernity, Wesleyan University Press, 2013.

Alberto Pérez Vivas, Selección y traducción, Pioneros de la ciencia ficción rusa, Vol I, Vol. II. Alba Rara Avis, 2013 y 2015. (Incluyen obras de Bogdánov y Briúsov mencionadas en este artículo).

Isaiah Berlin, Pensadores rusos, Breviarios, FCE, 2014.

Yvonne Howell, Editor, Red Star Tales- A Century of Russian and Soviet Science Fiction, RIS Publications, 2015.

Boris Dralyuk, 1917 Stories and Poems from the Russian Revolution, Pushkin Press, 2016.

James Womack, Coordinación, Antología de la Ciencia Ficción Rusa y Soviética – Vol. 1: Del siglo XIX a la Revolución, Ediciones Nevsky, 2016 (Incluye obras de Odóievski, Tsiolkovski y Briúsov mencionadas en este artículo).


1 En Nexos, Rodrigo Negrete, “Moscú: El sonido y la furia,” octubre, 2017, p. 40, nota al pie 3: “¿Qué hacer?, uno de los textos fundacionales del leninismo toma su título de una de las novelas de este autor, en donde se esboza el perfil del revolucionario como un profesional duro y disciplinado”.  En Isaiah Berlin, Pensadores rusos, FCE, p. 398: “Su personalidad y su visión del mundo pusieron el sello a dos generaciones de revolucionarios rusos, uno de los cuales fue Lenin, que lo admiraba devotamente.” ¿Qué hacer? fue escrita por Chernishevski como respuesta a Padres e hijos de Turguéniev, novela considerada conservadora, supuestamente sin “postura ideológica” definida.

2 Mikhailo Mikhailovich Shcherbatov (1733-1790), ideólogo y principal exponente de la Ilustración rusa. Sus ideas siguen discutiéndose en la actualidad.

3 Valeri Y. Briúsov, del movimiento futurista, dejó un relato genial que podría haber sido escrito mañana: La República de la Cruz del Sur (1905): los pobladores de un próspero país en Antártida se ven aquejados por una plaga, demencia contradicens, cuyo efecto sobre el ser humano es trastornar la psique llevando a realizar actos exactamente contrarios a los deseados. La utopía de convierte en distopía, desaparecen los principios rectores de una sociedad tecnológica —regulación, coordinación y jerarquía— y los obreros y ciudadanos, sin lazos emocionales que los controlen, se aniquilan en un aquelarre genocida. La novela Aelita de Alexéi Tolstoi (1922) sigue leyéndose hoy. Filmada en 1924, es un clásico pionero del cine de ciencia ficción: cuenta la historia de amor entre un terrícola y una reina marciana en el marco de una revolución comunista en el planeta rojo (https://www.youtube.com/watch?v=je1bIhS-7G8). A la fecha, siguen circulando clásicos como Descompone-Repara (1924) y Laura Lane, Obrera metalúrgica (1925) de M. Shaginyan; Amo de hierro de V. Katayev (1924), y la más famosa de la época, La caja de la muerte, de A. Tolstói (1926). La euforia revolucionaria llevaba a los autores especulativos a explayarse en torno a la expansión del hombre comunista, el homo sovieticus, sobre la Tierra y hacia los cielos.

4 Fundador, con Lenin, de la facción bolchevique del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, hasta que Lenin lo expulsó en 1909. Como respuesta a los planteamientos de la novela Estrella roja, Lenin escribió Materialismo y empiriocriticismo.  Tras el rompimiento con Lenin, sin abandonar sus ideas marxistas, Bogdánov se dedicó principalmente a investigaciones médicas. Crearía una filosofía, la tectología, que buscaba unificar todas las ciencias. Anticipó ideas que después concretaría Norbert Weiner, “Padre de la cibernética”, y que también llevarían a la Teoría de sistemas. Obsesionado con la búsqueda de una posible “inmortalidad” mediante transfusiones de sangre (que figuran en Estrella roja), falleció durante un experimento sobre sí mismo, precisamente de transfusión sanguínea. En Estrella roja, también, denuncia la obsesión bolchevique con el taylorismo aplicado a Rusia, que Alexei Gastev, pionero de la administración científica soviética, llevaría a su máxima expresión, buscando convertir al obrero ruso en obrero-máquina. En plena era estalinista, la expresión final de esta obsesión sería el estajanovismo.

5 Isaiah Berlin, en Pensadores rusos (p. 394, nota 1) cita a Franco Venturi, autor de Il Populismo Russo: “…en cuanto a la industria, la proporción de obreros de las ciudades con la de campesinos era de 1:100. Dadas estas cifras, quizá no sea sorprendente que Marx haya declarado que sus pronósticos se aplicaban a las economías occidentales, y no necesariamente a la de los rusos, aun cuando sus discípulos rusos pasaron por alto esta concesión.”

6 En 1919, un comisario del gobierno bolchevique señalaba que el número de centrales generadoras de energía eléctrica en Rusia y EE. UU. era 220 y 5,221, respectivamente. (Ver We Modern People, p. 90)

77 Poema de Mayakovski, 150 000 000 , publicado anónimamente en 1921, que no impresionó a Lenin, quien lo consideró un pretencioso experimento del colectivo futurista. Mas en cuanto a la población de la URSS, el dato era correcto.

8 No abundan cifras concretas sobre publicaciones de nauchnaia fantastika. Las entradas actuales de Rusia y de Unión Soviética en The Encyclopedia of Science Fiction (hoy disponible solo en línea), no las mencionan. Pero en la edición de 1981, en papel (pp. 511-512), varios datos nos dan una idea de la popularidad y presencia continua del género: al llegar la década de 1980 se publicaban tres millones de ejemplares de libros de ciencia ficción anualmente. Desde 1917, se habían publicado 1,624 títulos nuevos, de los cuales 1,000 correspondían a años posteriores a 1958.

9 Isaac Asimov, notable autor de ciencia ficción estadounidense, nacido en la Unión Soviética pero emigrado a los 5 años a EEUU y nacionalizado ahí, en plena Guerra Fría y, por lo mismo, algo prejuiciado por la inevitable propaganda mutua de aquellos años, ignorando probablemente el gran corpus histórico de la nauchnaia fantastika, escribió sin embargo (a los 43 años de edad, en Asimov on Science Fiction p.142): “…si quedara cualquier duda de que la Unión Soviética estaba orientada a la ciencia ficción antes de que el Sputnik 1 resonara como una alarma en la noche, con toda seguridad, después, ya no existiría duda alguna”.