A cien años de su nacimiento, el legado artístico, editorial y literario de Lawrence Ferlinghetti es indiscutible. Esta selección de cuatro poemas traducidos, que pertenecen a varias épocas de su vida, lo comprueba una vez más.

Entre burlas y veras se dice que Estados Unidos es como una hamburguesa al revés: el pan al centro y la carne a  los  lados.  Ciertamente  estos  dos  lados pueden significar Nueva York y San Francisco, ciudades que tal vez concentraron los movimientos literarios más destacados del país en el siglo XX. Dos personajes, paralelos y amigos, coincidieron en su admiración por Pound, Eliot y Willliams, y se irguieron como los promotores más exitosos de la poesía norteamericana.

Por un lado, James Laughlin fundó (a instancias de Pound) New Directions en Nueva York, en 1936, y hoy siguen operando desde el número 80 de la Octava Avenida. Desde la publicación inicial de la casa editorial, New Directions in Prose & Poetry, Laughlin le apostó a los escritores modernistas que impusieron un nuevo canon: William Carlos Williams, Ezra Pound, Elizabeth Bishop, Henry Miller, Marianne Moore, Wallace Stevens, Delmore Schwartz y e.e. cummings, entre muchos más.

Por su parte, hacia 1953, en San Francisco y desde Columbus Avenue (donde continúan hoy), Lawrence Ferlinghetti fundó la librería/editorial City Lights, y encabezó, junto con Allen Ginsberg, la generación beat de la posguerra. Pronto se incorporaron Jack Kerouac, William Burroughs, Gregory Corso, Philip Lamantia, Diane di Prima, y muchos más. Formaron un grupo bohemio, callejero y urbano, que latía al ritmo de jazz, y que asumió como ideología el motto de Kenneth Rextroth, de “filósofos anarquistas”. Al movimiento también se le llegó a conocer como el San Francisco Renaissance. Ferlinghetti le  dio  visibilidad  y  lo  hizo triunfar a nivel nacional.

Más rebeldes que revolucionarios, poetas comprometidos, marxistas-zen, antiestablishment, outsiders, anti-todo, aquellos jóvenes bohemios fueron beats en los 50, hippies en los 60, y hoy —los que sobreviven— defienden ideas liberales, apoyan a los activistas, y siguen fieles en su rechazo a los nacionalismos baratos, a los museos entumidos, y a los teorías acartonadas de la Academia.

Lawrence Ferlinghetti es el más antiguo de esos sobrevivientes. Nació en Yonkers, Nueva York, el 24 de marzo de 1919. Tuvo una infancia difícil. Su padre murió meses antes de que él naciera. Su madre lo puso a disposición de la Tía Emily, quien lo educó hasta que cumplió 8 años. Luego, su tía también despareció. Lawrence pasó de familia en familia sin pertenecer claramente a ninguna, aunque el señor y la señora Bisland lo recibieron amablemente en su mansión llamada Plashbourne, y le dieron la mejor educación posible. Memorias tristes de aquella época y una solitaria tenacidad para sobrevivir, forjaron a un joven de mirada azul, tímida y reflexiva.

Durante la Segunda Guerra Mundial fue almirante de una fragata y participó en el desembarco de Normandía. Gastó su pensión militar en educarse: así, obtuvo una maestría en literatura inglesa en Columbia University y después se graduó con un doctorado de la Sorbona de París, en 1949. El título de su tesis doctoral  prefigura dos temas recurrentes en su poesía: la ciudad  y su propia condición cosmopolita: “La  Cité: Symbole de la poésie moderne. À la recherche d’une Tradition Metropolitaine”.1

En sus años de estancia en Francia, Ferlinghetti se empapó de la poesía de vanguardia y de sus designios visuales. En especial, admiró  la  voz  sencilla  y directa de Jacques Prévert, a  quien tradujo  en los años 50.  Asimismo, el recuerdo  de la ribera izquierda del Sena y sus bouquinistes, puestos de vendedores de libros viejos, inspiraron la fundación de City Lights.

Regresó a América por poco tiempo y, en un barco que lo devolvía a Europa, conoció a Selden Kirby-Smith, “Kirby”, como la llamaban, con quien se casó en 1951. Tuvieron dos hijos: Julie y Lorenzo. Al hablar de ellos,  Ferlinghetti  expresó que Julie poseía un carácter enérgico y seguro, que sabía muy bien lo que quería. De Lorenzo, dijo que heredó su carácter introvertido. The  Mexican  Night,  diario  escrito durante un viaje al país del sur, está dedicado a Lorenzo “por si alguna vez se encuentra en el laberinto de la soledad”. Algunos años  más  tarde,  Lawrence  y Kirby se separaron.

Ferlinghetti fue un viajero incansable. Vivió en Francia, visitó España, Italia, Rusia. En Latinoamérica estuvo en Chile, Perú, México, Puerto Rico y Cuba. Entre los amigos literarios que conoció en esos recorridos se puede mencionar a Pablo Neruda, a Nicanor Parra y a Ernesto Cardenal.

La publicación de Howl (Aullido) de Allen Ginsberg, en 1957, en la colección de poetas de bolsillo, número 4, con prólogo de William Carlos Williams, parecía el preámbulo de una catástrofe. Ferlinghetti apareció en los archivos del FBI y fue citado a declarar en los juzgados. Sin embargo, el resultado fue al revés: logró un éxito comercial. Cuando el San Francisco Chronicle le permitió defenderse de las acusaciones contra la “obscenidad” de Aullido, Ferlinghetti recomendó que se le diera una medalla a Mr. Chester McPhee, quien lo acusaba, por haber ayudado a hacer famoso el libro y darle publicidad nacional. Las ventas se multiplicaron de manera exponencial.

En ese mismo texto, declaró que Aullido era, tal vez, el mejor poema largo escrito en inglés desde los Cuatro Cuartetos de T. S Eliot, ya que describía una América desnuda, privada de amor, perdida entre bombas atómicas y nacionalismos inanes, y erguida “como una Esfinge de cemento y aluminio”. El libro de Ginsberg vendió más de medio millón de ejemplares y le dio a  City Lights el empuje necesario para convertirse en una sólida y  autosuficiente empresa editorial.

Quisiera enumerar algunos títulos de la Pocket Poets Series, que recoge los textos elegidos por el mismo Ferlinghetti. Es su colección. Sirva para mostrar el “great big Hungry Eye” que posee el poeta, y su extensa y ecléctica  labor  editorial. La colección abrió con su propio libro, Pictures of the Gone World, en 1955. Algunos de los textos que lo siguieron son:

Kora in Hell. Improvisation. William Carlos Williams.
Howl. Allen Ginsberg, con prólogo de Williams.
Here and Now. Denise Levertov.
Gasoline. Gregory Corso.
Anti-Poems. Nicanor Parra.
Selected Poems. Malcom Lowry.
Lunch Poems. Frank O’Hara.
Paroles. Jacques Prévert.
Save Twilight. Julio Cortázar.
Selected Poems. Philip Lamantia.
The Tenth Mother Naked at Last. Robert Bly.
Listen! Early Poems: 1913-1928. Vladimir Mayakovski.
Revolutionary Letters. Diane di Prima.
Scattered Poems. Jack Kerouak.

City Lights ha agregado múltiples colecciones con memorables títulos, lo que la ha convertido en un recinto cultural ineludible para escritores y visitantes que pasan por San Francisco.

Desde su primer libro, Pictures of the Gone World (1955). hasta la antología más reciente, Greatest Poems (2017), Ferlinghetti se ha distinguido por su voz clara y simple, con la suave entonación de una conversación de café donde se escuchara sincopado un ritmo de jazz al fondo. La profundidad de sus líneas nace de la mirada que les impone. Sus poemas funcionan como anotaciones aparentemente casuales y cotidianas, como cuadros impresionistas que impactan al lector con su luz. Curiosamente, Ferlinghetti ha sido pintor desde hace 80 años y una de las influencias más prominentes en su obra es el Expresionismo, movimiento que estudió con atención. Impresionista en la poesía, expresionista en la pintura, tal vez allí es donde encontramos el equilibrio de su obra. Sus poemas tienen pinceladas brillantes de color; sus pinturas están pobladas de pensamientos e ideas luminosas.

Cuando aparecieron sus primeros libros, la crítica alabó el lirismo y la  facilidad de Ferlinghetti para reproducir el lenguaje de la calle. Se dijo que tenía la extraña capacidad de “darle significado al lugar  común”.  Como  sucede  con Antonio Machado, posee la maestría y la extraña sencillez de la complejidad. Su poética trabaja de manera sutil. Es la visión de un flâneur urbano que observa el mundo desde su soledad y lo registra en apuntes concisos y atinados, llenos de melancolía. Ferlinghetti observa con morosidad y describe lo que los demás también ven y simplemente dejan pasar. Vidente, pintor, poeta-fotógrafo, flecha el momento, hace click, y le otorga la eternidad del instante. El lector siempre queda detenido ante un flashazo final, abierto hacia un mar de interpretaciones, y conmovido hasta las entrañas.

Cuando Ferlinghetti defendió su tesis de doctorado en la Sorbona, los sinodales criticaron una de sus traducciones de The Waste Land, de Eliot, porque la consideraron equivocada. Se lo reprocharon. Él les respondió citando un adagio antiguo del francés: “Une traduction c’est comme une femme. Quand elle est belle, elle n’est pas fidele. Quand elle est fidele, elle n’est pas belle”.2 El jurado y el público estallaron en risas y se le concedió el título de Doctor.

Amparados en esa cita, presentamos aquí cuatro poemas aparecidos en la  edición de Ferlinghetti’s Greatest Poems, editada por Nancy Peters, y publicada por New Directions en 2017. Representan diferentes momentos y voces del poeta. Este 24 de marzo de 2019, Lawrence Ferlinghetti  cumple 100  años. Lleva  un siglo entre nosotros y su extensa obra es un  regalo  para  los  lectores. Nuestro regalo para él debe ser seguir leyendo  su  poesía  y guardarla en el corazón,  como un pájaro vivo. Felicidades.

 

Arturo Dávila


1 El título en español sería: La ciudad: símbolo de la poesía moderna. En busca de una tradición metropolitana.

2 “Una traducción es como una mujer. Cuando es hermosa, no es fiel. Cuando es fiel, no es hermosa.”


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