Para la ciencia ficción, abril resulta tres veces definitorio. Sendas publicaciones clave para el género vieron la luz en este mes. Fueron obra de Hugo Gernsback y John Wood Campbell, Jr., dos autores tan imprescindibles como su labor editorial, que catapultó a esta forma literaria en una de sus cunas primordiales: los Estados Unidos.

…aventura encantadora entretejida con hechos científicos y visión profética.
—Hugo Gernsback

…cuando escribo, escribo sólo mis propios cuentos. Como editor, escribo los cuentos que escriben cien personas.
—John W. Campbell (a Isaac Asimov)

 

Históricamente, el impulso más inmediatamente visible que ha recibido el proteico género literario hoy llamado “ciencia ficción”, se dio en EE. UU., a inicios del siglo XX, incluyendo la concepción del término science fiction.1 Si abril es el mes más cruel —como escribiera T. S. Eliot—, para la ficción especulativa, en cambio, será siempre un mes histórico, acaso irrepetible, y por partida triple. En abril de 1908 apareció Modern Electrics, la primera revista en el mundo que trataba de electrónica y radiofonía. En ella, a partir de abril de 1911 apareció en 12 entregas la pionera novela de anticipación Ralph 124C 41+. En otro abril más, pero de 1926, circuló el número uno de Amazing Stories, primera revista dedicada exclusivamente a la ciencia ficción, que establecería al género como una categoría fija del universo editorial.

El inventor que surgió de Luxemburgo

Las dos revistas y la novela fueron creaciones de Hugo Gernsbacher, nacido en Luxemburgo el 16 de agosto de 1884. A los 20 años, buscando hacer negocios, emigró a América, simplificó su apellido a Gernsback y se nacionalizó estadunidense. Llegaría el día en que sería pomposamente llamado “El Barnum de la Era Espacial” y, con mayor precisión, “El padre de la ciencia ficción”, aunque, como veremos más adelante, también sería bautizado con el apodo “Hugo the Rat” (“Hugo el transa”).


Hugo Gernsback, entrado en años. Fuente: Goodreads

 

El inventor, emprendedor, futuro escritor y editor de revistas se instaló en Nueva York en 1904, con un modesto negocio de importación de partes para radios. Impulsó la radiofonía inalámbrica para aficionados, y en 1909 fundó la Wireless Association of America, que para 1912 contaba con más de 400 mil miembros. Pionero de la radio comercial, fundó la WNRY en 1925, y en 1928 ya transmitía programas de televisión. Hoy, sin embargo, es más recordado por su trayectoria como editor de revistas. Las creó por docenas, y si quizá la más vendida fue la ligeramente escandalosa Sexology (Sexología), las que le darían merecida fama serían Modern Electrics y Amazing Stories.

La primera novela estadunidense de ciencia ficción

La novela pionera de Gernsback, Ralph 124C 41+, de 1911, cuyo título juega con palabras y números, es lectura obligada quizá solo para estudiosos de la historia de la ficción especulativa. Como literatura, Ralph… es considerada un total desastre —un “lamentable batiburrillo” según el autor británico Brian Aldiss— pero, con visionario tino editorial, Gernsback le había ofrecido al público algo que ansiaba y buscaba desesperadamente: una historia de aventura y romance, aderezada con una enorme cantidad de datos científicos y predicciones acertadas (por ej. el cine sonoro, la telefonía con video o el uso de energía solar).2


Paneles solares, concebidos en 1911. Portada interior de la novela Ralph 124C…

 

La primera revista de ciencia ficción

Para 1926, Gernsback lanzaría la revolucionaria revista Amazing Stories (Cuentos asombrosos). Registró legalmente el término scientifiction, y describió el cuento perfecto de ciencia ficción como “75 % literatura entretejida con 25 % de ciencia”. Las tres características básicas de la ficción científica debían ser: narrativa, información científica y predicción. Amazing Stories comenzó publicando a grandes pioneros del siglo anterior: E. A. Poe, Julio Verne o H. G. Wells y, a la par, estableció concursos para que público y escritores presentaran relatos. Poco a poco, apareció el grupo de autores, y de algunas autoras, que en el mundo anglosajón sentarían las bases de lo que hoy llamamos ciencia ficción.3

En 1973, Isaac Asimov escribiría:

Las historias, como siempre, eran a veces pesimistas y a veces optimistas. Pero, en general, a pesar de la experiencia de la Primera Guerra Mundial, la ciencia ficción en revistas dio inicio a una nueva era de optimismo. Esto tiene sus razones.

Estados Unidos, en donde la nueva ciencia ficción en revistas alcanzó prominencia, era el país que menos había sufrido en la Primera Guerra Mundial, y había llevado la Revolución Industrial a su máxima potencia. En los prósperos años 20, no parecía haber nada que los estadunidenses no pudieran hacer y, en consecuencia, nació el “cuento de súper-ciencia”.

Pero, en 1929, tres años después de su aparición, Amazing Stories enfrentó complicados problemas financieros y quebró. El término scientifiction, cuyos derechos perdió Gernsback, renacería como science fiction, abreviado como sci-fi o SF, y, para retomar la estafeta y no perder a un público lector que crecía día tras día, el editor pronto puso en circulación Science Wonder Stories (Cuentos de asombro científico). Y cabe mencionar un hecho no menos importante: Gernsback sentaría las bases del antes inexistente fandom —la colectividad de los aficionados organizados— publicando direcciones de lectores, debatiendo con ellos, creando un sentido de comunidad, una conciencia de un movimiento, de una fuerza social, que concretó con la asociación The Science Fiction League, en 1934.

El “Premio Nobel” de la ciencia ficción

Hoy, el máximo laurel de la ciencia ficción lleva el nombre de pila de Gernsback. El Premio Hugo es entregado cada año, desde 1953, por la World Science Fiction Convention.4 Él mismo, en vida, recibió un Hugo en 1960, por su quehacer como “El Padre de la Ciencia Ficción en Revistas” (y eso sin que el premio valorara las 80 patentes que Gernsback tenía registradas al momento de su muerte, en 1967).

En cuanto a su apodo, Hugo the Rat —así lo llamaban H. P. Lovecraft y Clark Ashton Smith— también se lo ganó a pulso. Al paso de décadas, Gernsback adquirió negra fama por pagarle muy poco a sus autores (un centavo de dólar por palabra), por retrasar sus pagos —a veces durante años—, o bien, simplemente por no pagar, incluso cuando él se adjudicaba 100 mil dólares anuales como director de Publicaciones Gernsback. Muchos autores, como Jack Williamson, demandaron a Gernsback, para cobrar cantidades desde 25 dólares por un cuento, una suma que hoy correspondería a unos mil 100 billetes verdes.5

Cabe mencionar que hacia 1990, durante el auge del movimiento posmoderno cyberpunk, que combinaba tecnología de la información, estética retro, cultura popular y disidencia anti-establishment, un cuento de William Gibson —autor de la paradigmática novela Neuromancer (Neuromante, 1984)— titulado The Gernsback Continuum (El continuo Gernsback), denunció la tecno-latría de “la era Gernsback”, revalorizando a la vez sus “fantasmas semióticos” como inescapables antecedentes.6 Pero dejemos a Gernsback, con sus luces y sus sombras, para acercarnos al otro pilar fundacional de la ciencia ficción del siglo pasado, bajo cuya égida se daría La Edad Dorada de la Ciencia Ficción, que se extendió de Amazing Stories a la década de 1950.

El hombre que aterrizó el sueño de Gernsback

John Wood Campbell, Jr., nacido en Newark (New Jersey) el 10 de junio de 1910, tuvo tres carreras: como autor con su propio nombre, como autor con seudónimo, y como editor. En su honor también se ofrece anualmente un codiciado reconocimiento, otorgado solamente a novelas: el John W. Campbell Award, desde 1973.7


John Wood Campbell, Jr. Fuente: Wikipedia

 

Campbell estudió en el MIT, donde trabó amistad con Norbert Wiener (creador de la cibernética), pero se salió al año, y finalmente concluyó estudios de Licenciatura en Física en Duke University, en 1932. A los 18 años escribía ciencia ficción bajo su propio nombre, siguiendo el modelo popularizado por autores como E. E. Smith, para un público mayoritariamente juvenil: básicamente, space opera, “ópera espacial”, aventuras repletas de gadgets para lucimiento de esforzados héroes masculinos que deshacen entuertos galácticos y rescatan a hermosas damiselas escasamente vestidas de manos de villanos despiadados o de alienígenas horripilantes. (En cine, hoy, la “ópera espacial” por excelencia es La Guerra de las Galaxias).8

Posteriormente, bajo el seudónimo Don A. Stuart, Campbell daría un giro a su quehacer literario, entregando en la revista Astounding Science Fiction historias de otro corte, algo excéntricas y filosóficas, como Twilight —uno de los cuentos clásicos más antologados de la historia de la ciencia ficción—, Cloak of Aesir y Who Goes There?, llevada tres veces al cine como La cosa de otro mundo en 1951, 1982 y 2011.9

Tráiler de La cosa de otro mundo, dirigida por Howard Hawks

 

El editor que desencaja la ciencia ficción

A fines de 1937, en un cambio laboral inesperado, Campbell aceptaría el cargo de editor de Astounding Science Fiction, función que ejerció hasta su muerte, el 11 de julio de 1971. Dejó de escribir ficción, y apareció el editor estricto, controversial, visionario y obsesivo que definiría nuevos rumbos, vistas y mecánicas de creación para la ciencia ficción.

Un objetivo general del Campbell editor sería dejar atrás la ecuación “ciencia ficción = público juvenil”, y llegar a lectores más sofisticados, adultos pensantes, incluyendo a científicos, a través de ficción especulativa que fuera literatura, bien escrita. La meta era publicar “cuentos de gente viviendo en un mundo donde una Gran Idea, o una serie de ellas, y una Máquina, o máquinas, formen el marco de fondo. Pero es el hombre quien debe ser la esencia, no la idea ni la máquina”. Es decir, no solo analizar las nuevas tecnologías, sino las formas en las que podrían afectar a sociedades futuras, al utilizar “la comprensión de cómo reaccionan los esquemas políticos y sociales ante los cambios tecnológicos”. La ciencia ficción, entonces, debía funcionar como “una manera de considerar el pasado, presente y futuro desde un punto de vista diferente, para considerar cómo podríamos hacer las cosas… un sistema conveniente, analógico, para pensar en nuevas ideas científicas, sociales y económicas, y para examinar nuevamente ideas viejas”.

En resumen, Campbell visualizaba algo que Gernsback nunca contempló: ofrecer una agenda literaria que podrían admirar y apreciar los lectores más eruditos. Quizás el autor que mejor plasmaría esta visión particular, el que primero entendió cabalmente a Campbell y elevaría exponencialmente la calidad de la ciencia ficción, cambiándola para siempre, sería Robert A. Heinlein, cuyo primer cuento, Life–Line (Línea de universo o Línea de vida), sería publicado precisamente en Astounding Science Fiction.

Aparecen las sombras

Pero hacia 1950, las sombras de Campbell se manifestarían cuando —a pesar de su formación como físico— se entusiasmó y enarboló banderas de varias pseudociencias, como las teorías sobre Percepción Extrasensorial (ESP) de J. B. Rhine, o esa creación de un otrora prolífico escritor de ciencia ficción, Ron L. Hubbard, la Dianética, que acabaría convirtiéndose en la Cienciología de hoy, registrada como iglesia, uno de los muchos negocios multimillonarios, tipo cultos, al parecer inevitables en las sociedades actuales. Hoy, la anécdota ya es legendaria: un día, Hubbard, agotado, cansado de ganar un centavo por palabra produciendo a “velocidad del rayo” novelas y cuentos de CF y de muchos otros géneros, le habría comentado a su esposa: “Esto no es negocio. Voy a inventar una religión”.

El extrañamiento que generó Campbell, y el distanciamiento que provocó con las mentes más preclaras de la science fiction, que combatieron sus obsesiones pseudocientíficas en privado y en público, se resume en un botón de muestra, mesurado y lacónico, nuevamente de Asimov: “le causó dolor a muchos de los hombres a quienes había formado (incluyéndome a mí)”. Sin embargo, para no concluir en umbras, recordemos otras luces del personaje de John Wood Campbell, Jr., en palabras de Malcolm Edwards: “Más que cualquier otro individuo, él ayudó a darle forma a la ciencia ficción moderna”.10

 

Rémy Bastien van der Meer
Guionista y traductor. Sus traducciones recientes son: la saga The Sandman y La fotografía vernácula (Ediciones Ve).

Bibliografía

Hasta donde sabemos, las novelas y cuentos de Hugo Gernsback no tienen traducción formal al español. En internet se ofrecen algunas traducciones al español de Ralph 124C 41+. De John W. Campbell se encuentran compilaciones de su obra y de cuentos que encargó, como editor, publicadas en España y Argentina, y cuentos sueltos suyos en antologías de ciencia ficción publicadas por Editorial Bruguera. Quizá los cuentos producidos durante “la era Campbell”, en la llamada “Era Dorada de la Ciencia Ficción”, no resulten atractivos para los lectores de hoy. Sin embargo, buena parte de la ciencia ficción actual —incluso en el cine—, en realidad, no es más que “vino viejo en botellas nuevas”.

• Hugo Gernsback, Ralph 124C 41+. Descargable en inglés aquí.

• The Best of John W. Campbell, Edited by Lester del Rey, Nelson Doubleday, 1976.

• The Astounding Science Fiction Anthology, Edited by J. W. Campbell, Jr., Berkeley Medallion Books, 1967.

• The Science Fiction Hall of Fame, Volume I, Edited by Robert Silverberg, Avon, 1971, Twelfth Printing.

• The Encyclopedia of Science Fiction, Edited by Peter Nicholls, Granada Publishing, 1971.

• Science Fiction Today and Tomorrow, Edited by Reginald Bretnor, Penguin Books, 1975.

• Rewired, The Post-Cyberpunk Anthology, James Kelly & John Kessel, Editors, Tachyon Publications, 2007.

• Isaac Asimov, Asimov on Science Fiction, Avon, Discus, 1982.

• Isaac Asimov, Gold, The Final Science Fiction Collection, Harper Prism, 1995.

• Jean Gattégno, La ciencia ficción, México, FCE, 1985.

• James Gunn, The Road to Science Fiction #2 From Wells to Heinlein, New American Library, 1979.

• Franz Rottensteiner, The Science Fiction Book, An Illustrated History, Thames and Hudson, 1975.

• David Seed, Science Fiction, A Very Short Introduction, Oxford University Press, 2011.


1 Para efectos prácticos se considera a Frankenstein, novela de 1815 de la británica Mary Shelley, como la primera obra formal de ficción científica. Desde luego son precursores también los “viajes extraordinarios” de Julio Verne y los “romances científicos” de H. G. Wells, ambos considerados también “Padres de la ciencia ficción”. Y una correcta perspectiva histórica debe incluir asimismo las notables contribuciones de autores rusos y soviéticos. Ver: Electrizante: breve historia de la ciencia ficción rusa y soviética”.

2 El curioso título de la novela prima de Gernsback debe leerse así: Ralph 1 (Ralph, one), 2 (to), 4C (fore-see), 4 (for) 1+ (all), siendo que “1+” puede equivaler a “todos” o a “muchos”. Así, por ejemplo, el título puede traducirse como: Ralph, Uno que preverá por todos (Ralph One to Foresee for All). Su trama es sencilla: en el siglo XXVII, en 2660, Ralph, amo de los gadgets, rescata a una doncella prisionera de un “cerebro criminal”, en el espacio exterior. La obra, dispersa, sí contiene una cantidad notable de predicciones, correctas extrapolaciones científicas y técnicas (cine sonoro, telefonía con video, uso de energía solar, alimentos sintéticos, viajes aéreos transcontinentales, vuelos espaciales), así como algunas tonterías de antología. En otras novelas, Gernsback ubicó al fantástico y descocado personaje literario, Barón de Munchausen, creación de Rudolf Erich Raspe (1785), en varias aventuras espaciales.

3 Además del “trío dorado” integrado por Robert A. Heinlein, Isaac Asimov y Arthur C. Clarke, destacaron autores como A. E. Van Vogt, Fritz Leiber, Clifford D. Simak, y Lester del Rey, entre muchos otros. Y siguen leyéndose obras de creadoras como Leigh Brackett, Catherine L. Moore y Anne McCaffrey, primera autora que ganó el Hugo (y también el Nebula, otro premio anual importante de la CF).

Para más detalles, ver: “El mundo sin noche: el nacicmiento de Isaac Asimov”. Ver también: “Estelar entre las estrellas. El centenario de sir Arthur C. Clarke”.

4 El Hugo Award actualmente abarca 15 categorías, y la de novela es la más importante. La primera novela premiada, en 1953, fue The Demolished Man (El hombre demolido) de Alfred Bester. En 2016, recibió el Hugo la escritora N. K. Jemisin, primera afroamericana en ganarlo, por su novela The Fifth Season (La quinta estación). En 2017, espectacularmente, volvió a ganarlo con The Obelisk Gate (El portal de los obeliscos), segunda parte de su trilogía The Broken Earth (La tierra fragmentada). Todas estas novelas se han editado en español.

5 En 1974 Frederik Pohl escribió en Science Fiction Today and Tomorrow: “Mi primera venta, lo recuerdo, fue a Amazing Stories. Era un poema; lo escribí en 1935, fue aceptado en 1936, fue publicado en 1937—y fue pagado en 1938. Eso no fue un récord. Hay escritores a quienes les pagaron mucho más lentamente y todavía, hace algunos años, había algunos a quienes aún no les pagaban, más de treinta años después”.

6 El cuento de Gibson que alude a Gernsback haría par con otro, más célebre aún: Disneylandia con la pena de muerte, sobre Singapur, publicado en la revista Wired, y prohibido en el país asiático. Ya en el siglo XXI, el cyberpunk quedó relegado ante tendencias más recientes de la ciencia ficción —feministas, afro-futuristas y queer, por solo mencionar tres— y sus propios creadores señeros, como Gibson, Bruce Sterling y el matemático Rudy Rucker, lo reconocen.

7 En 1973, ganó el primer John W. Campbell, Jr. Award la novela Beyond Apollo, del estadunidense Barry N. Malzberg. En 2017, mereció el galardón Central Station, del escritor israelí Lavie Tidhar.

8 El término space opera fue acuñado en 1941 por un fan, Wilson Tucker (1914-2006), que posteriormente escribiría cuentos, novelas, y estudios críticos sobre CF.

9 Twilight (Crepúsculo, 1934), relata un encuentro casual con un viajero del tiempo, del año 3059, quien viajó siete millones de años al futuro, equivocando su regreso a 1932. Cloak of Aesir (Manto de Aesir, 1939), a través de un personaje alienígena femenino, describe una sociedad matriarcal cuatro mil años en el futuro, que esclaviza a la especie humana. Who goes there? (¿Quién anda ahí?, 1939) sigue siendo escalofriante, describiendo a un despiadado ser alienígena que puede adoptar la apariencia de cualquier ser viviente de la Tierra.

10 Malcolm J. Edwards, respetado crítico británico de ciencia ficción y egresado de Cambridge, ha dirigido prestigiadas colecciones del género (Gollancz, Orion), y ha sido editor de Philip K. Dick, J. G. Ballard, William Gibson y Terry Pratchett, entre muchos otros.