No solemos tener muy presente cuánto debemos a una existencia tan prolífica como la de Arthur C. Clarke, maestro de la ciencia ficción, divulgador consumado y fabulador incansable. A cien años de su nacimiento, lo que sigue es un fragmento maestro de biografía intelectual, un recuento de sus inventos, obsesiones, lecturas y encuentros que germinarían en un fruto singular: una de las imaginaciones más fértiles del siglo XX.

El habitante de otro mundo

Hace cien años, el 16 de diciembre de 1917, en Minehead, Somerset, Inglaterra, en el seno de una familia de granjeros, abrió los ojos el científico, escritor y futurista Arthur Charles Clarke. Celebramos aquí que él mismo haya estado casi una centuria entre nosotros, y también, que quienes conocen su obra científica, literaria y humanista se hayan enriquecido, mirando con ojos bien abiertos el asombroso cosmos que nos rodea. De una manera u otra, directa o indirectamente —aunque muchos no lo sepan o estén conscientes de ello— la presencia de Clarke sobre nuestro planeta ha tocado las vidas de buena parte de la humanidad.

Habiendo visto a Arthur C. Clarke una “luminosa tarde” en la otrora Ceilán, en las afueras de Colombo, sobre la terraza del Hotel Lavinia ante el Océano Índico, Octavio Paz, en su libro La llama doble 1, escribiría: “No me atreví a dirigirle la palabra: me pareció un visitante de otro planeta…”. Comprensible aquella percepción del gran poeta, “lector asiduo” de los libros de Clarke, “fascinante unión de ciencia y fantasía”. Si el novelista explorador de los límites de las ciencias nos visitó o no desde otro planeta, sí propuso en vida y obra que, tarde o temprano, tendremos que abandonar este.

En algún momento de su infancia, Arthur C. Clarke miró el cielo nocturno y debió intuir que su tiempo en este mundo estaría ligado a las estrellas, a la historia y los misterios del universo y de la Tierra. Cierta vez apuntó: “El recuerdo más viejo de mis días de escuela es de estar parado al frente de la clase contando historias sobre animales prehistóricos”. Años después le dedicaría “Los nueve mil millones de nombres de Dios” —uno de sus cuentos más célebres— al Capitán E. B. Mitford, “Mitty”, su “primer editor” y maestro de ciencias.

Conquistar el espacio

A los 13 años ya había construido su primer telescopio. En 1933, a los 16, escribía para Huish Magazine —la publicación de su escuela secundaria— sobre la Luna, ulterior escenario de su cuento “El centinela”(1951), cuya historia en 1968 figuraría en la película 2001: Una odisea del espacio, aunque el famoso monolito del filme fuera originalmente una pirámide cristalina.

El intelecto sobresaliente del polímata en ciernes sería estimulado —lo dijo en muchas ocasiones— por tres lecturas, de 1929, 1930 y 1931 respectivamente: el número de noviembre de 1928 de Amazing Stories, una revista pulp de ciencia ficción; la canónica y “titánica” novela The First and Last Men de Olaf Stapledon, y el libro de divulgación The Conquest of Space de David Lasser.

En el renglón de la narrativa especulativa formalizada por Amazing Stories, Clarke llegaría a ser —con sus contemporáneos Isaac Asimov y Robert A. Heinlein—  uno de los “tres grandes” del género,2 considerando su vertiente de ciencia ficción dura. En sagas de aspiración cósmica, llevaría a niveles técnicos insospechados (y siempre actualizados respecto a las ciencias) la visión fundacional y mística de Stapledon3 y, siguiendo los pasos científicos de Lasser, contribuiría históricamente a la conquista del espacio, convirtiéndose a su vez en autor de docenas de obras de divulgación científica.

La bibliófila ambición de su adolescencia tardía de coleccionar todas las revistas de ciencia ficción de su época —objetivo que casi logró— se vio interrumpida por la Segunda Guerra Mundial. En filas, durante el conflicto, de 1941 a 1946, sirvió en la Royal Air Force como asesor e instructor de pilotos de combate en el uso del radar de aproximación de control terrestre (GCA radar). Al finalizar la guerra, con rango de Flight Lieutenant, concluyó una Licenciatura en King’s College en física y matemáticas, con honores, y se unió a la Asociación Británica Interplanetaria, de la que fue presidente en dos ocasiones. De 1949 a 1950 fue editor asistente de Science Abstracts (Síntesis Científicas), trabajo que al paso del tiempo lo impulsaría a escribir notables obras de divulgación.4


Arthur C. Clarke en la Royal Air Force. Fuente: British Interplanetary Society

Su primera venta formal de ficción científica, en 1945, fue Rescue Party (Misión de rescate), a la revista estadounidense Astounding, dirigida por John W. Campbell. Su pluma, máquina de escribir o teclado de computadora, ya no se detendrían hasta 2008, cuando publicó la novela The Last Theorem.5

Satélites en órbita: los honores despegan

En 1945 publicaría en Wireless World (Mundo inalámbrico) el célebre artículo sobre satélites de comunicación que le daría fama mundial: “Extra-Terrestrial Relays. Can Rocket Stations Give Worldwide Radio Coverage?” (“Retransmisoras extra-terrestres. ¿Pueden las estaciones de cohetes repetidoras brindar cobertura mundial de radio?”).6

Solo 17 años después orbitaba la Tierra el Telstar 1, el primer satélite de comunicación de la historia, transmitiendo imágenes televisivas y telegráficas y llamadas telefónicas. Hasta la música pop lo celebró con una pieza instrumental que, batiendo récords, también dio la vuelta al mundo.

A lo largo de su carrera como autor —más de treinta novelas, varios cientos de cuentos, docenas de libros de divulgación, cientos de artículos científicos, y guiones para varias exitosas series de televisión— Clarke acumuló fama y fortuna, premios y honores. Por solo mencionar algunos, en 1961 recibió el Premio Kalinga de la UNESCO por sus trabajos de divulgación científica; en 1969 fue nominado para un Oscar, con el director Stanley Kubrick, por su guion de 2001, considerado por muchos el mejor filme de todos los tiempos. Fue nombrado Comandante del Imperio Británico en 1989 (distinción en artes y ciencias), y nombrado Caballero en el 2000. Ganador de múltiples premios Hugo y Nebula7 —entre otros galardones— por sus cuentos y novelas, hoy lleva su nombre el más prestigiado laurel británico para obras de ciencia ficción, el Arthur C. Clarke Award (de la Clarke Foundation).

En 1956 emigraría a Ceilán. Ahí, además de llevar a fruición su pasión por el buceo y de encontrar tesoros piratas hundidos y hacer notables exploraciones y descubrimientos de arqueología submarina, realizó una inmensa labor promocionando el uso educativo de los primeros satélites de comunicación en India y en su país adoptivo; la labor de divulgación y actualización científica y en medios digitales que impulsó en la actual Sri Lanka mereció que el Instituto de Tecnologías Modernas del país lleve su nombre.

Parecería que la humanidad no agota aún la posibilidad de darle su nombre a todo lo que sea posible: a un asteroide, el “4923 Clarke”; a un dinosaurio ceratopsiano descubierto en Australia, Serendipaceratops arthurclarkei; a una órbita, la órbita de Clarke (geoestacionaria sobre el ecuador terrestre); y a un evento estelar único en la historia, el GRB 080319B —Gamma-ray burst o explosión de rayos gamma, del 19 de marzo de 2008— una de cinco descargas ocurridas a millones de años luz que se vio en la Tierra unas horas antes de que él falleciera, y que entonces establecía récord como el suceso más intrínsecamente brillante jamás observado por seres humanos en el universo.

Vivir en un árbol: declaraciones y proverbios

Siendo que una lista puntual de los logros y obras de Clarke rebasaría la superficie del famoso monolito negro que aparece al inicio de 2001, aprovecharemos el espacio editorial restante para recordar algunas agudas respuestas y contundentes declaraciones del hoy por hoy autor de ciencia ficción más célebre del universo conocido. Cuando le preguntaron que si era gay (que en inglés como en francés significa, originalmente, “alegre”), sonrió y con típico wit británico respondió: “Solo moderadamente bienhumorado”. A la pregunta, en entrevista para Playboy: “¿Ha tenido una experiencia homosexual?”, respondió: “¡Claro! ¿Quién no?”

Cuando le sugirieron a Kubrick que el autor de El fin de la infancia podría quizá colaborar en la “proverbial [i.e. inexistente] gran película de ciencia ficción” que él quería filmar, comentó con cierto malhumor que no le parecía práctico ya que Clarke “es un recluso, un deschavetado que vive en un árbol” (allá en Ceilán). El escritor, británicamente ecuánime, respondió por telegrama: “Espeluznantemente interesado en trabajar con enfant terrible”.

Cuando le preguntaban, muy a menudo, por qué no había patentado la idea de satélites de comunicación geoestacionarios declaraba: “En realidad, una patente es un pretexto para ser demandado”.

Siguen vigentes tres sentencias, o “leyes” de Clarke:

1. Cuando un científico distinguido pero entrado en años declara que algo es posible, casi siempre tiene la razón.  Cuando declaran que algo es imposible, probablemente están muy equivocados.

2. La única manera de descubrir los límites de lo posible es aventurarse un poquito más allá de ellos hacia lo imposible.

3. Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

Un comentario que a nivel planetario le mereció interminables críticas de tirios y troyanos políticamente correctos: “Una de las grandes tragedias de la humanidad es que la moral ha sido secuestrada por la religión”.

En el prefacio a la edición del milenio de 2001: Una odisea del espacio escribió: “Tras de cada hombre que vive hoy se yerguen treinta fantasmas, pues esa es la proporción en la que los muertos superan a los vivos. Desde el principio de los tiempos, aproximadamente cien mil millones de seres humanos han caminado sobre el planeta Tierra”. Y resulta que esta cifra es interesante, ya que, por una curiosa coincidencia, existen aproximadamente cien mil millones de estrellas en nuestro universo local, la Vía Láctea. De manera que por cada hombre que alguna vez ha existido, en este universo brilla una estrella.

En su introducción al capítulo “Computers and Cybernetics” de The Visual Encyclopedia of Science Fiction, citando primero estas palabras del matemático I. J. Good: “Si construimos una máquina ultra-inteligente, estaremos jugando con fuego. Ya antes hemos jugado con fuego, y ha ayudado a mantener a raya a otros animales”, Clarke remata: “Pero cuando finalmente llegue la IA, nosotros seremos los otros animales; y observen lo que les ha ocurrido a ellos. Será justicia poética”.

En cuanto a la “cosquilla” de producir secuelas de algunas de sus más célebres novelas, como 2001 y Cita con Rama: “Ninguna trilogía debe tener más de cuatro títulos”.

Sobre la definición de science fiction, en una edición especial dedicada al género de la revista Soviet Literature, de 1984, Clarke aportó lo siguiente:

Es el más grande error atribuirle a la ciencia ficción el papel de algún tipo de profeta. Su papel es el de desarrollar la imaginación de las personas, de educar a las gentes capaces de pensar en categorías del futuro. La ciencia ficción puede advertirle a la gente acerca de los peligros que el futuro les reserva, y puede hacerlo con mucho mayor efectividad que hacer proyecciones utópicas. Yo la llamaría un sistema de alerta temprana acerca de catástrofes venideras.

Denunció incansablemente la religión y los nacionalismos que llevan a guerras y crueldades interminables, pero cierta vez comentó: “No creo en Dios pero ella me interesa mucho”. En una línea paralela diría: “Es esperanzador que las banderas no ondean en el vacío”, refiriéndose al espacio exterior.

Y, cereza en el pastel, su definición favorita de un/una “intelectual”: “Alguien que ha sido educado/educada más allá de su inteligencia”.

Gracias a la tecnología moderna que tanto lo motivó, y que en buena parte pronosticó, sir Arthur C. Clarke se despidió del mundo en 2007, cuando una recurrencia de polio de su infancia lo confinaba a una silla de ruedas. En su adiós, sereno, pausado y lúcido, recorriendo brevemente su vida, expresó sus tres últimos deseos: dar fin a la adicción humana al petróleo, que llegara la paz a su nación adoptiva desgarrada por la guerra civil, y la esperanza de tener confirmación de la existencia de vida extraterrestre. También: la actividad por la que a fin de cuentas quisiera ser recordado: escritor. Fue una despedida estelar entre cien mil millones de estrellas…

 

Rémy Bastien van der Meer
Guionista y traductor. Sus traducciones recientes son: la saga The Sandman y La fotografía vernácula (Ediciones Ve).


Bibliografía comentada

· Brian Ash (editor), The Visual Encyclopedia of Science Fiction, Harmony Books, 1977.

· Isaac Asimov, Asimov on Science Fiction, Avon Discus, 1982.

· Arthur C. Clarke, Childhood’s End, Ballantine Science Fiction, 1964, y Childhood’s End, Del Rey, 1990. Los prólogos de las ediciones son diferentes, ya que Clarke actualizó la segunda en vista de las diferencias reales que se dieron en la Carrera Espacial que libraban entonces EE. UU. y la Unión Soviética.

· —, 2001: A Space Odyssey, Roc Science Fiction, 2000.
     – 2010: Odyssey Two, A Del Rey Book, 1984.
     – 2061: Odyssey Three, A Del Rey Book, 1989.
     – 3001 The Final Odyssey, A Del Rey Book, 1998.
Las cuatro novelas de la “trilogía” no representan una secuencia tradicional. Escritas a lo largo de treinta años, las novelas van reflejando cambios científicos y descubrimientos espaciales que iban dándose en la realidad. Deben considerarse como narraciones paralelas, mas no realmente con una sucesión estrictamente ordenada, aunque en todas aparecen personajes de la primera.

· —,  The Collected Stories of Arthur C. Clarke, Tom Doherty Associates, 2002. A la fecha, es la mejor compilación, pero faltan, por ejemplo, “The Haunted Space-Suit” (“El traje espacial embrujado”) y “Take a Deep Breath” y “The Other Tiger” (“Respira hondo” y “El otro tigre”), incluidos, respectivamente, en Isaac Asimov-Groff Conklin, Editores, 50 Short Science Fiction Tales, Collier Books, 1973, y Microcosmic Tales, Isaac Asimov, Martin H. Greenberg y Joseph D. Olander (editores), DAW Science Fiction, 1992.

· —, El mundo es uno, Ediciones B, 2015. No ficción; historia de las comunicaciones, del telégrafo a los satélites.

· Groff Conklin (editor), Great Science Fiction by Scientists, Collier Books, 1972.

· James Gunn, Alternate Worlds-The Illustrated History of Science Fiction, A & W Visual Library, 1975.

· Octavio Paz, La llama doble, Galaxia Gutenberg, 2014.

· Angus Wells (editor), The Best of Arthur C. Clarke 1956-1972, Sphere Books Limited, 1977.

· Donald A. Wolheim (editor), The 1985 Annual World’s Best SF, DAW Science Fiction, 1985.

 

 

 

1 En su obra, Paz retoma esta cita de Clarke: “Considero que el hombre es una especie transitoria, que será suplantada por alguna forma de vida que va a incluir tecnología de computadoras”. Luego, Paz concluye en el texto dedicado al escritor de ciencia ficción: “La imaginación religiosa concibió un Dios superior a sus criaturas; la imaginación técnica ha concebido un Dios-ingeniero inferior a sus inventos”.

2 En un viaje en taxi en Nueva York, hacia 1964, Asimov y Clarke habrían acordado el “pacto del taxi” para lidiar con la pregunta constante de prensa y medios: “¿cuál de ustedes dos es el mejor?”. Ambos escribían obras de ciencia ficción y de divulgación científica. En palabras del propio Asimov: “Yo debo insistir en todo momento que Arthur Clarke es el mejor escritor de ciencia ficción del mundo (aceptando el segundo lugar para mí), mientras que Arthur debe insistir igualmente que Isaac Asimov es el mejor escritor de divulgación científica en el mundo (aceptando el segundo lugar para él)”. En las encuestas de aquella época, invariablemente, los tres autores de ciencia ficción favoritos del público eran (en orden alfabético): Asimov, Clarke, y Heinlein. Sobre este punto, humorísticamente, Asimov escribiría: “¿A qué hora se metió Heinlein en esto?”.

3 Clarke manejó en sus ficciones la idea de la final trascendencia humana mediante la evolución de nuestra especie. Estas ideas siguen la ruta marcada en las obras de Stapledon, quien imaginó la evolución de la especie a lo largo de 2 mil millones de años, y menormente, por ideas de algunas narrativas de Lord Dunsany. La evolución humana es realmente el tema de las sagas de Odisea del espacio y de Cita con Rama. También de El fin de la infancia (1953): la Tierra queda destruida y borrada del cosmos en el futuro, habiendo emigrado los niños y niñas evolucionados al estado siguiente de la humanidad, escoltados por los Overlords, los amos supremos de apariencia demoniaca quienes a su vez obedecen a una entidad infinitamente superior, cósmica, que ha trascendido la materia.  En la ciencia ficción, tanto la de Stapledon como la de Clarke, estas ideas son lo más cercano a una religión, una aspiración hacia, o añoranza, de Dios.

4 De sus múltiples libros de divulgación destaca Perfiles del futuro: Una indagación sobre los límites de lo posible (1962), que el autor revisaría en 1973, 1984 y 2000.

5 A mediados de la década de 1980, al mermarse su salud, Clarke se apoyaría en otros autores. Entre ellos destacan Stephen Baxter, Gentry Lee y Frederik Pohl, con quien escribió al alimón su postrera novela El último teorema.

6 Erróneamente se le atribuye a Clarke la idea original o invención del sat-com o satélite de comunicación, geoestacionario o no. Clarke fue el primero en describir esta transcendental posibilidad, en inglés. La idea ya estaba en el aire desde 1923 en escritos del ingeniero austro-húngaro-alemán Herman Oberth, y en textos del pionero de la cosmonáutica eslovena Herman Potocnik (1928).

 7 Mereció un Hugo (entre otros) por el cuento “La estrella”, en el que la explosión de una supernova destruye a toda una raza alienígena. Esa misma explosión, millones de años después, es percibida en la Tierra como la Estrella de Belén. Ganó uno de varios Nebula otro cuento, “Encuentro con Medusa”, que relata detalladamente el encuentro de un solitario astronauta explorador con un ser fantástico (pero científicamente verosímil) en la atmósfera de Júpiter. Tan increíble, o más aún, es “Out of the Sun” (“Salido del Sol”), cuento que describe a un ser o criatura que emerge de una fulguración solar. Son ejemplos de la mejor prosa de Clarke, maravillas de descripción limpia y precisa que, si bien no alcanzan niveles “literarios”, no están exentas de gracia y belleza, y del contagioso asombro de un autor cuya imaginación lo llevó al límite ante las vistas planetarias, galácticas y cósmicas que exploró a lo largo de su vida y obra.

 

 

 

Un comentario en “Estelar entre las estrellas.
El centenario de sir Arthur C. Clarke