I

Hace un mes murió el poeta francés Yves Bonnefoy, justo una semana después de haber cumplido 93 años de edad. Él mismo se decía sorprendido y agradecido por su longevidad cuando cumplió los 90, justo el mismo año en que vino a México a recibir el premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Ese premio, en buena hora conferido a un poeta y pensador de tal magnitud, sirvió para llamar una vez más la atención sobre su obra, de ninguna manera desconocida entre nosotros —en 1995 Elsa Cross y Ulalume González de León publicaron sus versiones de un notable y nutrido conjunto de Poemas escogidos (1947-1993) bajo el sello de Editorial Vuelta—, aunque no lo suficientemente traducida, si se considera que está compuesta por un centenar de títulos (un tercio de ellos, volúmenes de poesía) y que hay entre nuestros poetas excelentes traductores de francés.

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Fotografía cortesía de Milenio

Se dice siempre que su obra es compleja. Y lo es. Pero esa complejidad no implica que su escritura sea hermética u oscura, o que plantee a sus traductores problemas irresolubles. La complejidad de la poesía de Bonnefoy no tiene que ver con su legibilidad sino con su hondura y su densidad. Hay que leerla y releerla con detenimiento para comprenderla y disfrutarla. Aun ante sus poemas breves el lector sabe que está a punto de internarse en aguas profundas. Con esa misma conciencia, por supuesto, los escribió Bonnefoy: una conciencia poética siempre insatisfecha, que se debate entre la esperanza de encontrar un sentido a través de la palabra y la desconfianza hacia la capacidad de la palabra para conseguirlo.

Su relación con el lenguaje, que considera una materia esencialmente inestable, es tensa y difícil. Lo que Bonnefoy procura con sus poemas es restarle volatilidad, hacerlo más preciso. Empeño científico y filosófico, reflejo de su formación académica. Quizá la mejor ilustración de ese empeño se encuentra en las palabras que en junio de 1992 le dijo a la escritora iraní Shusha Guppy, quien le hiciera una extensa y espléndida entrevista para la Paris Review:

…no hay nada antes del lenguaje, porque no hay conciencia —y por ende no hay un mundo— sin un sistema de signos. De hecho, es el ser parlante el que ha creado este universo, incluso si el lenguaje lo excluye de él. Esto significa que las palabras nos privan de una intimidad auténtica con lo que somos, o con lo que el otro es. Necesitamos la poesía, no para recuperar esa intimidad, algo que ya es imposible, sino para recordar que la añoramos y para darnos cuenta del valor de aquellos momentos en que somos capaces de encontrarnos con otras personas, o árboles, o cualquier cosa, más allá de las palabras, en silencio.

 

II

Yves Bonnefoy nació el 24 de junio de 1923 en Tours, una pequeña ciudad en la ribera del Loire. “La ciudad jardín” la llaman hoy los franceses, pero en la infancia de Bonnefoy era una población bastante pobre y sus recuerdos infantiles más felices se relacionan más bien con la huerta de los abuelos maternos en el pequeño pueblo de Toirat, al sur de Francia, donde solía pasar las vacaciones. En esa huerta recogería muchas de las estampas de la naturaleza que saturan su memoria y su poesía: árboles, pájaros, piedras, arroyos, montañas, nubes… Su poesía vuelve una y otra vez a ese sitio (“la infancia no termina nunca”) y a los seres y cosas que lo pueblan.

Como lo menciona en la entrevista que aquí presentamos, su madre era maestra de educación básica y su padre trabajaba en un taller en el que se armaban locomotoras. La temprana y trágica muerte de éste en 1936, a los 48 años de edad (cuando Yves tenía 13) ensombrece la vida del niño y lo vuelve especialmente sensible a la fugacidad de la vida y al valor de la memoria. La necesidad de comprender a ese padre silencioso, insondable, de dialogar con él, está presente en muchas de sus páginas y explica en buena parte su relación con el lenguaje:

Recuerdo, era una mañana de verano,
La ventana estaba entreabierta, me acerqué,
Vi a mi padre al fondo del jardín.
Estaba inmóvil, miraba qué, hacía dónde,
No lo sé, algo más allá, quizás fuera de este mundo.

Había dejado de lado el pico y la pala.
Aunque era ya un hombre encorvado, enderezaba
Su mirada hacia lo irrealizado o lo imposible.
Aquella mañana del mundo había un aire fresco,
Pero a veces, aun la frescura es impenetrable, y cruel
El recuerdo de las mañanas de la infancia.
Quién era él, quién había sido bajo la luz,
No lo sabía entonces, y no lo sé todavía.1

“Creo que una de las razones por las que escribo y para escribir como lo hago —dice Bonnefoy en la entrevista que aquí presentamos—, se debe a mi deseo de darle la palabra, de hacer que él hable a través de mí.” Darle la palabra es, por supuesto, recuperarlo.

 

III

Bonnefoy estudia filosofía y matemáticas en el bachillerato en su ciudad natal, y continuará estudiando matemáticas en la Universidad de Poitiers con miras a convertirse en ingeniero, de acuerdo con el deseo de su padre, pero desde que en 1941 uno de sus profesores pone en sus manos un ejemplar de la Petite Anthologie du surréalisme, de Georges Hugnet, se da cuenta de que lo que realmente quiere es escribir poesía y convertirse en escritor. Cuando se muda a París para proseguir sus estudios en la Sorbonne, en 1943, ha decidido estudiar filosofía. Hará dos tesis: una sobre la pintura del Quatrocentto italiano, dirigida por André Chastel, el notable crítico de artes plásticas, y la otra sobre Baudelaire y Kierkegaard, dirigida por el filósofo Jean Wahl. Con esta última busca emparentar filosofía y poesía.

En junio de 1946, con Éliane Catoni (su primera esposa) y un par de amigos pintores, Victor Brauner y Raoul Ubac, funda y codirige La Révolution la Nuit, una pequeña revista de dieciséis páginas, de filiación surrealista, de la que sólo aparecerán dos números. Breton demuestra aprecio por la poesía y la inteligencia del joven Bonnefoy, y en octubre lo invita a reunirse con él. Pero la amistad se trunca antes de que logre crecer. Menos de un año después de sus primeros acercamientos, en junio de 1947, Breton planea la publicación de “Ruptura Inaugural”, una declaración del grupo surrealista contra la política del Partido Comunista Francés. Bonnefoy se niega a firmarla. Su espíritu crítico lo lleva a separarse del movimiento, que juzga excesivamente idealista, y el creciente interés de Breton por el ocultismo le resulta por completo ajeno. No obstante, quedará entre ambos un perdurable vínculo de estimación y respeto, cosa que también se transparenta en la entrevista con Didier Jacob.

Pero quizá la etapa más importante en la definición de Bonnefoy sea la década de 1950, en la que comienzan a dibujarse todos sus intereses vitales: viaja por Italia, Holanda e Inglaterra, para estudiar a sus pintores; alcanza notoriedad con el que suele considerarse como su primer libro de poemas (Del movimiento y de la inmovilidad de Douve); publica el primero de medio centenar de libros relacionados con las artes plásticas (Las pinturas murales de la Francia gótica, en colaboración con Paul Hartmann); empieza a traducir obras de Shakespeare (traducirá todas las tragedias, todos los sonetos, todos los poemas); viaja por primera vez a los Estados Unidos, a donde habrá de volver muchas veces como profesor universitario. Los viajes, la poesía, la pintura, la traducción, la reflexión sobre la poesía… en el recuento anterior sólo falta su creciente interés por la mitología, que permea muchos de sus poemas (como lo muestra “La larga cadena del ancla”). Es un interés tan serio que lo llevará a dirigir la redacción de un magno Diccionario de las mitologías y de las religiones de las sociedades tradicionales y del mundo antiguo, publicado en 1981, en dos volúmenes de mil páginas cada uno.

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Fotografía cortesía de Milenio

 

IV

En 1990 Yves Bonnefoy viajó a Suecia para presentar la traducción de una selección de sus ensayos realizada por John Sundkvist, quien le habló de la existencia de un monumento megalítico situado al sur del país, en un pueblo de origen medieval llamado Skane, a orillas del mar Báltico. El monumento, de 67 metros de longitud, erigido alrededor del año 600 d.C., se conoce en sueco como Ales Stenar, o Piedras de Ale, nombre de un rey vikingo tradicionalmente denominado como Ale el Fuerte. Está compuesto por cincuenta y nueve bloques de granito desplegados para evocar la forma de un barco, bajo el cual, según el folklore, se encuentra enterrado el legendario rey.

Pero también se ha dicho que la enorme barca pétrea no es un monumento funerario sino un santuario dedicado a Heimdall, dios del sol, que según las Eddassumma de los textos mitológicos, religiosos y poéticos nórdicos y germánicos— habrá de renacer y convocar a los demás dioses para librar un gran combate final (el dato lo recoge Régis Boyer, redactor de una de las entradas correspondientes a la mitología nórdica en el mencionado Diccionario de las mitologías).

Obviamente, Bonnefoy escribe su poema con base en esta información, y en la difundida leyenda, de la que hay ecos en muchas partes de Europa, de barcos que surcan el cielo. También Seamus Heaney escribió un poema, a partir de una leyenda irlandesa del siglo X, sobre un barco volador que aparece sobre el monasterio de Clonmacnoise mientras los monjes rezan. El ancla se atora en el altar y los monjes tienen que ayudar a uno de los marinos celestes a destrabarla (véase la octava parte de “Lightenings” en Squarings, 1991).

En “La larga cadena del ancla”, Bonnefoy hace un ejercicio de arqueología poética y mientras intenta escuchar lo que dicen las estelas, él —o el narrador del poema— tiene una visión y mira absorto al rey legendario, enfrascado en una batalla perdida, en el umbral de la muerte, asistido por el dios solar —o uno de sus mensajeros— en medio de una tormenta que se disipa poco después y deja ver un luminoso cielo azul. Y en ese mismo instante, bajo la brillante luz del sol, tiene otra visión: un ave, quizás el espíritu de Ale el Fuerte, capitanea la nave de piedra, a su alrededor, otros pájaros, encarnación de sus guerreros, retozan en el mar. Concluida su vida de constante lucha, disfrutan del reposo del guerrero.


1 “La maison natal” (La casa natal), del libro Les Planches Courbes (Mercure de France, 2001). La traducción de este fragmento es mía.