La larga cadena del ancla

(Ales Stenar)

 

I

Se cuenta
Que aparecen barcos en el cielo
Y que de algunos, a veces,
Desciende un ancla de larga cadena
Hacia nuestra pasajera tierra.
El ancla busca en nuestras praderas, entre nuestros árboles,
Un sitio para atracar.
De pronto, un deseo allá en lo alto la arrebata,
El navío de allende nada quiere aquí,
Sitúa su horizonte en otro sueño.

No obstante, ocurre a veces
Que el ancla es, digamos, excepcionalmente pesada,
Casi se arrastra por el suelo y golpea los árboles.
Se le ha visto engancharse en la puerta de una iglesia
Bajo el arco en el que nuestra esperanza se borra;
Alguien de ese otro mundo ha tenido que descender,
Sin mucho garbo, a lo largo de la cadena tensa, violenta,
Para librar su cielo de nuestra noche.
¡Ah, qué angustia al batallar contra el arco
Tirando con ambas manos del extraño hierro!
¿Por qué fatalmente
Ha de atorarse también algo en nuestro ser
En esta travesía en que la palabra
Intenta, sin saber nada, llegar a su otra orilla?

 

II

¿Qué quería el príncipe de este país
Cuando hizo plantar sobre el acantilado
Tantas piedras erguidas imitando
La forma de un barco que algún día habría de zarpar
Sobre este mar tendido entre la tierra y el cielo
Para, acaso, vacilante siempre, casi desamparado,
Alcanzar por fin el puerto
Que algunos buscan en la muerte, imaginando
Una vida más intensa, una hilera de fogatas
En el desierto horizonte de una larga costa?
La nave de su deseo
—esta proa hecha de roca, estos hermosos flancos curvos—
Navega inmóvil.
Y yo intento leer en su inmovilidad
El movimiento que él le imprimió en su sueño, él
Que sabía que moriría en combate, luchando
Contra hombres enmascarados que maldecían
En otro de los idiomas de este mundo donde nada, nunca,
Dura más que el asombro y el dolor.

Un desconocido entre ellos
Un enviado de allá, sobre la mar
Envuelto enteramente en una luz blanca,
Le hace una seña, entre la humareda,
Y el príncipe, que devuelve los golpes, ruge y resuella,
Guarda silencio ante el ángel que le sonríe
Y se retira con él a la cabina en la proa.
Toman asiento lado a lado, ante una mesa
Donde planos de navegación, bitácoras y
alimentos de este mundo
Carecen ya de sentido, igual que las imágenes
Que su memoria le reparte con destreza:
Ya cae la noche en el extraño país donde se nace y se muere.
Recuerdos de horas sin batallas
Recuerdos de palabras reprimidas
Recuerdos de la oscura dulzura
Que comienza a convertirse en vino en las grávidas uvas,
Recuerdos de lo que se ha visto sin ser comprendido
Y de momentos demasiado breves de torpe afecto.

Soñó, partió. Pero hoy, aquí,
Nada hay ante nosotros ni alrededor nuestro
Más que el cielo de este mundo, rayos, nubarrones,
Después, sobre las piedras que se ennegrecen y se confunden,
La flecha del trueno y la lluvia repentina.
Un vehemente torrente de agua nos envuelve,
Las estelas no son ya sino una sola presencia;
Surge aquí o allá, desaparece,
Aunque el relámpago fluye entre ellas. Y yo quiero creer
Que esta llama es una suerte de paz que abraza
Con infinita emoción y alegría
A quien lucha en medio de tal caos,
Contra demasiados atacantes, a diestra, a siniestra, y va a morir.

Más tarde, al volverme
Hacia el navío de piedra, bajo el cielo
Que es nuevamente el de una mañana estival
(¿Y qué hacer, sino mirar atrás en esta vida
En la que todo pasa y se acaba?)
Veo que sobre la piedra que quiere ser la proa
Una gran ave marina se ha posado: un instante
De misteriosa inmovilidad de la que es capaz
Una vida simple, sin lenguaje.
El ave mira a lo lejos, escucha, espera,
Dirige el navío, y los otros, los otros
Están allí, alrededor de ella, circunvolando,
Gañitando, bajando a pescar en la marea.

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