Entrevista realizada por Didier Jacob

Uno de nuestros más grandes poetas confiesa, al referirse a varios libros suyos de reciente aparición, su deuda con Julio Verne, y evoca su pasión juvenil por el surrealismo.

Nacido el 24 de junio de 1923 en Tours, Yves Bonnefoy es autor de numerosos libros de poesía, de ensayos sobre poesía y pintura, y de traducciones (especialmente Shakespeare y Yeats). Es profesor honorario en el Collège de France.

Desde su oficina en esa institución, Bonnefoy ordena sus asuntos, que son los de la poesía. De todo el mundo le llegan solicitudes de colaboraciones, propuestas para reeditar libros suyos (como su primer libro de poemas: el hermoso Corazón-espacio) con nuevos y largos prólogos, así como para traducir su colección más reciente: La larga cadena del ancla, en la que, mago sin varita mágica, nuestro discreto profesor convierte en oro lo que describe. ¿Bonnefoy es una gran poeta? He aquí por qué.

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Fotografía cortesía de Milenio


—Para comenzar, ¿por qué prefiere, en general, responder por escrito las preguntas de los periodistas?
—Porque eso me permite decir lo que pienso. La simple conversación es demasiado rápida, incita las ideas, los argumentos que uno ya tiene dispuestos en la mente, y al manejarlos se desgasta lo que podría revelarse con un poco más de tiempo para la reflexión. Yo padezco de aquello que Voltaire llamaba “el sentimiento de la escalera”, es decir, pienso en lo que debería haber dicho cuando ya no puedo decirlo. Y, sobre todo, creo, como Cézanne, que la verdad está en el matiz.

—Usted proviene de un medio modesto, de una familia de maestros, para ser más precisos. ¿Nos podría hablar, brevemente, acerca de su padre, cuyo recuerdo parece estar asociado, según lo que usted escribe en la introducción al Tratado del pianista, al recuerdo de Julio Verne?
—Mi madre era maestra, hija de un maestro de pueblo, por lo que de su lado había un cierto hábito por la palabra escrita. Pero mi padre era un obrero, lo que a él le daba, me temo, la sensación de no pertenecer al mismo mundo, e hizo que se retrajera un poco de la vida familiar, no sin cierta tristeza. Yo lo veía regresar del trabajo, silencioso. Me parece que imaginaba que ni siquiera el niño que yo era podía hablar con él. Y es por eso que, como he escrito recientemente, ha significado tanto para mí Los hijos del Capitán Grant, la magnífica novela de Julio Verne. En ella, falta el padre. Ha naufragado en una playa desierta, en las antípodas, y sus hijos —en especial Robert, el varón— quieren encontrarlo, pero es difícil porque el mensaje que él ha enviado dentro de una botella se ha borrado por el agua del mar y sólo es parcialmente legible. Yo me identifiqué con esa situación, quería recuperar a ese padre aislado en su silencio, y como el mío habría de morir al poco tiempo, creo que una de las razones por las que escribo, y para escribir como lo hago, se debe a mi deseo de darle la palabra, de hacer que él hable a través de mí.

—Usted creció en un “medio con pocos libros”, libros que sin embargo muy pronto hicieron que percibiera, como tan hermosamente lo ha escrito, una “irisación” en el contorno de las palabras. ¿Puede ser más específico? ¿Qué libros lo marcaron de niño?
—No me quejo de no haber crecido en un hogar con muchos libros. Es cierto que había muy pocos en casa de mis padres o, en todo caso, pocos libros que fueran dignos de ese nombre, pero por ese mismo hecho cada uno de ellos tenía la capacidad de desplegar sin restricción su naturaleza, en cuyo seno se descubría un segundo nivel de la palabra. Que un libro baste para llamar la atención de un niño en la infancia, y que gracias a él sus palabras se ensanchen, se vuelvan más profundas, se conviertan en el medio para soñar una realidad distinta de la ordinaria, es una experiencia metafísica que los grandes libros de la literatura, fuentes de otras preocupaciones, no permiten como tal. Leí poco en la infancia, ni una línea de los libros clásicos de esa edad; Alejandro Dumas, por ejemplo, sigue siendo desconocido para mí, y yo estaba feliz de leer poco, de quedarme con unos cuantos libros, breves y modestos, que el azar me había proporcionado. Quizás yo haya llegado a pensar, siempre con el recuerdo de mi padre en mente, que en ese tipo de libros se encontraba él, allá en su isla, abandonado, enviando cartas. Pero pronto comencé a leer también poesía, porque también ella me permitía presentir otro nivel de realidad.

—Usted ha publicado, en Tratado del pianista, varios escritos antiguos, de filiación surrealista. Uno de esos textos, “El corazón-espacio”, escrito en 1945, sorprende por su pasión, por su fulgor. Usted recuerda bajo qué circunstancias precisas lo escribió?
—Sí, era el final de la guerra, el descubrimiento de la magnitud del desastre. Era evidente que el discurso social predicado durante siglos había sido poco más que ilusiones y embustes; y por otra parte había aprendido de André Breton y de Max Ernst a cuestionar de manera radical la realidad cotidiana. El entusiasmo  que usted advierte es el de quien hace tabula rasa. Sin embargo, para lograr la renovación de la relación con uno mismo no basta con que el espíritu la sueñe, y por lo que a mí toca, en esas páginas veo sobre todo la irrupción de conflictos, carencias y dramas por los que había tenido que pasar en los años anteriores.

¿Pasión, fulgor? Es cierto que es emocionante tener tanto por hacer y, además, yo acababa de descubrir lo que ocultaba el surrealismo, que quiere soñar más que vivir: a saber, que hay un ritmo en las palabras que puede tener prioridad sobre su sentido, revolucionarlas y, a través de su desorden, revelar la verdad. El ritmo para provocar una ola de imágenes y cambiar la vida. El ritmo, esa fue mi liberación, en ese “espacio-corazón”.

—Usted había frecuentado a los surrealistas. ¿Qué fue lo que le atrajo de ese movimiento? ¿Recuerda sus reuniones con André Breton?
—Lo que me atrajo del surrealismo fue su empleo de aquella frase imperativa de Rimbaud, “cambiar la vida”. Pero proclamar es también exponerse a la crítica, y muchos de los que llegaron al surrealismo en los años posteriores a la guerra no podían dejar de ver que la manera de vivir de los mayores estaba muy por debajo de esa gran exigencia. Del movimiento en el que deposité mi confianza retengo la lucidez política del Breton de entreguerras, y ese instrumento: la imagen que agrupa las palabras de una manera a veces tan novedosa que su sentido se altera, y entonces emerge una realidad profunda, no desecha. La imagen que hace caer las barreras entre el inconsciente y la conciencia, algo tan necesario y que tan rara vez se practica hoy en día.

—De allí que haya publicado, bajo el sello de Mercure de France, esa colección de textos antiguos. ¿Diría usted que su poesía, con los años, se ha acercado a lo esencial?
—¿Qué es lo esencial? Mantenerse en contacto con los deseos, con los sentimientos de ese ser que sabemos mortal, un mero destello y que, por ende, puede retomar su lugar en la luz. Dicho de otra manera, se trata de anteponerse al “yo”, que no quiere saber de este tipo de conocimientos. ¿Acaso me he acercado a esa hondura que la poesía designa? Evidentemente no. Pero veo en las páginas del último libro que no puedo impedir que formen parte de mi voz seres de los que no sé nada, hombres y mujeres. Y tengo la impresión de pasar a un nivel por debajo del cual el yo opera sus síntesis y se encierra en sí mismo, es decir, en su quimera.

—Usted escribe, en La larga cadena del ancla: “¿La escritura de poesía? La tierra bajo nuestros pies, pero empapada como después de la tormenta, cruzada por la huella de grandes ruedas que han pasado y se han alejado. Tierra llena de surcos de la cual ascienden breves destellos”. Magnífica definición, arraigada en la tierra a un grado extremo. ¿La poesía es más tierra que cielo?
—¡Sin duda!, puesto que se trata de emplear palabras y cada palabra se refiere a un aspecto o elemento de la tierra, nuestro lugar. El cielo no es sino una parte de la tierra. Lo valoramos por esas nubes cuya variedad de colores lo convierten en una región de la tierra en el cielo. O porque se refleja en un charco. Y si bien es infinito las hojas de un árbol son también un infinito del mismo poderío. Si yo fuese un creyente, colocaría mis dioses en un árbol, en un arroyo, o en un enjambre de abejas, como los griegos. O en la delgada capa de agua de un charco que se evapora.

—¿Quiénes son los poetas, entre aquellos que lo han acompañado a lo largo de su vida, por los cuales siente usted un afecto especial?
—Me hace una pregunta a la que no puedo responder con pocas palabras. Pero subrayo la palabra afecto, porque de eso es de lo que se trata. En primer lugar, los poetas que cuentan, cuentan por el afecto que uno siente por ellos. Es a partir de un sentimiento de este tipo, irracional, que uno siente la necesidad de conocerlos mejor y que uno puede aprender sobre ellos. Y posiblemente se me dirá que esa no es la mejor manera de apreciar una obra, porque uno se vincula más a aquellos que sufren o son débiles que a los que son fuertes y felices, y que no obstante también escriben. Pero la poesía no está precisamente del lado de los que tienen éxito. La transgresión de las representaciones del mundo que el poeta debe llevar a cabo, de esos velos con que lo cubrimos, pasa primero a través de la persona del poeta, no sin desgarrarlo, ya sea que lo manifieste o que lo oculte, ya sea que busque la felicidad o no, que sepa o no sacar provecho de lo que el azar de la vida le propone. ¿Quién me gusta entre los poetas? Aprovecho la oportunidad que usted me ofrece para destacar una vez más el nombre de Pierre-Albert Jourdan,1 cuyas páginas me estremecen.

 

Publicado originalmente en Le Nouvel Observateur, el 26 de junio de 2008.


1 En vida, Pierre-Albert Jourdan (1924-1981) fue un poeta secreto, salvo para un pequeño grupo de amigos en el que figuraban poetas tan importantes como el propio Bonnefoy (con quien compartía el amor por la naturaleza y por la pintura), René Char, Philippe Jaccottet y Roger Munier. Tras su muerte, a causa de un cáncer pulmonar, se publicó el conjunto de su poesía en dos volúmenes.