The Nondescript: poemas inéditos

Los siguientes poemas pertenecen a Salir el cuerpo, libro de poemas que aparecerá bajo el sello de la Universidad de Querétaro próximamente. Entre sus cuatro secciones heterogéneas —Lección de anatomía (poemas sobre enfermedades o padecimientos); Su ritmo contagioso (poemas sobre algunas tensiones entre amor y violencia); y Epistolario (cuatro poemas que son cartas a distintas personas)— ofrecemos aquí fragmentos de la segunda, The Nondescript, con poemas sobre la inolvidable Julia Pastrana.

Julia Pastrana fue una mujer mexicana nacida en algún lugar de la sierra de Sinaloa, alrededor de 1834. Julia vino al mundo con una rara condición llamada hipertricosis —también conocida, despectivamente, como “síndrome del hombre lobo”: su rostro y su cuerpo estaban cubiertos totalmente de pelo negro y lacio. Sus orejas y nariz eran inusualmente grandes, y sus dientes, irregulares. Por su apariencia, fue exhibida durante años, en Estados Unidos y Europa, como una atracción circense, y causó especial revuelo en el mundo científico. Con todo, algunos de los testimonios que se conservan de ella apuntan a que era una mujer alegre, con especial vocación por la música. En 1857 se casó con Theodore Lent, su futuro representante. Lent, pues, se encargó de exhibirla y lucrar con ella, aunque de nueva cuenta hay ciertos testimonios paradójicos sobre su relación: acaso Lent y ella llegaron a un acuerdo de mutua conveniencia: Julia sería exhibida, sí —parecía no haber alternativa—, pero sería bajo sus propios términos: no como una atracción circense, sino como una cantante, bailarina y actriz peculiar. Tocaba la guitarra. Era mezzosoprano. Aprendió alemán e inglés. En Leipzig estrenó una obra de teatro escrita especialmente para ella. No sé si allí se asoma cierta dignidad o resignificación del símbolo que fue su cuerpo, o si no hay escapatoria y su vida fue una tortura, si bien breve: murió en Moscú en 1860, tras dar a luz a un hijo con el mismo padecimiento. Los cuerpos de ambos fueron embalsamados y exhibidos durante muchos años más. La llamaban “The Nondescript”: la indescriptible.

—Emiliano Álvarez

* * *

The Nondescript

I. Julia Pastrana: epitafio en primera persona

 

Vine;
fui vista;
me vencieron.

II. Cuatro diagnósticos

Diagnóstico primero
Dr. Alexander Mott

Edad: 20 años
Estatura: 1.36 m
Peso: 25 kg

El más extraordinario de los seres: mujer y orangután, ella misma es el bosque y la persona.

       De su madre, los pechos —pezón oscuro, tierna la textura y la piel, libre de pelo—, el color del pelambre —del brillo y del negror que se ve en el dorso de una pulga—, la proporción de brazos y de piernas.

       Seguramente estéril, como mula, declara en buen inglés —un logro sin igual para su parte simia— que sangra cada mes, como cualquiera.

       Medio oculta, persona del bosque de sí misma, el marrón de su iris brilla a la luz como un espejo rojo.

       ¿Podríamos llamarla Pongo sapiens? Linneo y Lacépède se hubieran fascinado.

 

Diagnóstico segundo
Dr. S. Brainerd

Constituye una especie completamente aparte de la nuestra.

       Para clasificarla hay que partir, por supuesto, de la orden de Primates, de la suborden Catarrhini, de la familia Hominidae.

       Lo largo del lanugo que la puebla, no nos deja, no obstante, hacerla también parte de nuestra subfamilia. En ella reina el hombre, sol y satélite de sí.

       Asimismo, que tenga el don del habla no permite considerarla póngida, como quería Mott.

       Con su poblado rostro, con sus filosos dientes, con su voz armoniosa y dulce como una flauta mansa, es ella el árbol y la fruta única.

       Sola y al borde de extinguirse, ríe al final del examen.

Diagnóstico tercero
Dr. Weiss

Se trató de un trabajo peligroso: una dama tranquila y, sin embargo, algo había de instinto en su quijada —un olor a zarpazo; un tono de metal y vengativo.

       Tomé las muestras rápido: hasta los perros educados con el mayor esmero sucumben al instinto si sienten amenaza.

       Un canino y dos dientes incisivos faltan en su mandíbula. La paciente declara que los perdió ensayando equitación.

       La hiperplasia, común en los primates y los lobos, enrojece e hincha sus encías.

       Su quijada es más recia que una trampa de caza.

Diagnóstico cuarto
Dr. John Zachariah Laurence

Edad: 25 años
Estatura: 1.37 m
Peso: 30 kg

A juzgar por su altura, la madre debió de ser una pigmea. Su estrechez vaginal fue demasiada, y el esfuerzo al nacer le rompió el rostro, deforme desde entonces.

       Asimismo, la piel se contagió de su vellosidad: las cerdas negras de la vulva se unieron a su carne.

       Su sudor huele a almizcle. Sus brazos tienen algo de materno.

 

III. Plus ultra.
Julia Pastrana es embalsamada, y embalsamada sigue viajando por el mundo.

Preparación

Era pequeña la palma de su mano huesuda: nopal tierno, arrojaba su amenaza al poniente desértico de butano y alcanfor. Al cerrarle los dedos, aparecía una tuna engordada. Así su corazón. O mejor: como un erizo. Un corte de hombro a hombro, debajo de esa llave de hueso (la llave de las puertas de la descomposición (no iba a ser su caso)), y era entrar en la hondura de un mundo donde ese tosco pez y la marina esponja dual de los pulmones. Luego el hígado y el bazo; los intestinos y el estómago. Sukolov, que había pagado al esposo por el cuerpo, era un buzo deturpando ese arrecife carnoso. Con precisión maniática, arrancaba el nudoso coral del cráneo y limpiaba la arena. Todo era un ganarle terreno al mar, un ponerle diques a su flujo. Sobre su permanencia asegurada, se levanta la piedra cerrada de un puerto ajetreado y laborioso.

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Julia Pastrana, la mujer barbuda, embalsamada, grabado en madera, 1862. De Wellcome Images, via Wikimedia Commons, con licencia Creative Commons CC BY 4.0.
Julia Pastrana, la mujer barbuda, embalsamada, grabado en madera, 1862. De Wellcome Images, via Wikimedia Commons, con licencia Creative Commons CC BY 4.0.

 

* * *

Itinerario

Moscú, 1860: a la entradadel Instituto
Anatómico, justo debajo de un domoque concentra
la poca luz del día,ella y su hijo soportanel zumbido
insistente, la avidez y la revoltura, el atosigamiento.
Gracias al egipto de la taxidermia, no hay carroña
posible y, sin embargo, cómo atraen a las moscas.
(¡Señor!, da a cada quien su muerte propia. Una muerte emanada
de su vida, en la cual hubo amor, comprensión, desinterés.)

Londres, 1862: la roída
y manchada cortina roja —ya vieja cuando Saartjie
“Sarah” Baartman movía su trasero hotentote,
esteatopígico, en escena— cubre, pesada, su sosiego.
Lent, de nuevo Lent, es la mano que rasga ese vientre
para que nazca, ante los ojos exaltados, su volumen.
(¡Señor!, da a cada quien su muerte propia. Una muerte emanada
de su vida, en la cual hubo amor, comprensión, desinterés.)

Escocia, c. 1863: en cada
pueblo, se detienen: miren, pasen a mirar, la mujer
mono, lobo u oso —según el día y la audiencia— y su hijo,
igual que ella, y un lagarto nacido de un pingüino.
La gente, al ver a la mujer en su vestido de flores,
piensa que es todo un artificio, y exige su dinero.
(¡Señor!, da a cada quien su muerte propia. Una muerte emanada
de su vida, en la cual hubo amor, comprensión, desinterés.)

San Petersburgo, 1880: el esposo
anuncia, feliz, que ha vuelto a reunir a la familia —y no sólo
lo dice por las momias: Zenora, perdida hermana
de su esposa, se integra, risueña, al espectáculo.
Han viajado ya juntos por Europa; terminará aquí
su unión: para él, una clínica; para ellos, la persistencia.
(¡Señor!, da a cada quien su muerte propia. Una muerte emanada
de su vida, en la cual hubo amor, comprensión, desinterés.)

Munich, 1889: Zenora
y su hermana se siguen reencontrando cada noche,
y hasta han ideado cómo bailar juntas, y bromean,
y comparten historias de su infancia selvática.
Se despedirán también ahora: un hombre ha pedido
la mano de Zenora, mientras otro ha comprado la de Julia.
(¡Señor!, da a cada quien su muerte propia. Una muerte emanada
de su vida, en la cual hubo amor, comprensión, desinterés.)

Viena, 1895: en una
convención circense, se decide hacer una subasta;
la puja empieza en mil y tantos, y la sube el hombre
del fondo, y luego el de adelante, y luego el de la izquierda.
Viaja, igual que siempre, en el vagón de los otros animales,
pero ahora no acaricia a los caballos ni a los perros.
(¡Señor!, da a cada quien su muerte propia. Una muerte emanada
de su vida, en la cual hubo amor, comprensión, desinterés.)

Oslo, 1921: Mr. Lund
se enorgullece de su “cámara de horrores”: la gente
sale siempre gritando, con el gesto descompuesto,
persignándose, y esperando no tener pesadillas.
Ha vestido a la madre de puérpera. Ha logrado
vencer el rigor mortis para poner en sus brazos a su hijo.
(¡Señor!, da a cada quien su muerte propia. Una muerte emanada
de su vida, en la cual hubo amor, comprensión, desinterés.)

Oslo, 1943: los uniformes
cafés, negros y verdes, con una banda roja rodeando
el brazo izquierdo, patrullan la ciudad. Han decidido
destruir la colección de Mr. Lund, por indecente.
Él les ruega y los convence: quemen todo, pero ella,
la “Apewoman”, merece más que la medalla del fuego.
(¡Señor!, da a cada quien su muerte propia. Una muerte emanada
de su vida, en la cual hubo amor, comprensión, desinterés.)

1943 a 1945:
el Káiser, con tal de entretener a sus nuevos aliados,
organiza funciones en toda la extensión del Tercer
Reich, desde los Pirineos hasta los necios Urales.
Visitan Creta y Bulgaria, Serbia y Rumania, y regresan
a París. Al final de la guerra, Noruega los recibe de nuevo.
(¡Señor!, da a cada quien su muerte propia. Una muerte emanada
de su vida, en la cual hubo amor, comprensión, desinterés.)

1970: en Estados Unidos, se duelen
los del público, y logran su retiro de las tablas y al estéril
refugio de una plancha de acero. Seis años después,
invadirán su exilio brilloso; lastimarán la momia del hijo.
De sus restos de oso niño, se alimentan los ratones
y las ratas; mueren hartos de formol y de aldehídos.
(¡Señor!, da a cada quien su muerte propia. Una muerte emanada
de su vida, en la cual hubo amor, comprensión, desinterés.)

1979: en los diarios jardines
de tinta, sigue brotando su figura de hierba hosca:
“La mujer más fea de la historia está suelta de nuevo.
Se ofrece recompensa ante cualquier indicio útil”.
Y regresó Julia a su encierro estudioso, sin que nadie supiera
cómo ni adónde había seguido su laboriosa migración.
(¡Señor!, da a cada quien su muerte propia. Una muerte emanada
de su vida, en la cual hubo amor, comprensión, desinterés.)

2013: desde los fiordos de Noruega,
viene chillando su sombra de murciélago, rajando
la porcelana del cielo—la imagen es de otro,
ya se sabe—con su zafia estatura, su indolencia.
Bajará a buscar raíces con los ojos abiertos, y vestida,
y con el pelo permanente, y con las manos sueltas.
(Pues sólo somos la corteza y la hoja. Y la gran muerte
que cada uno lleva en sí es el fruto en torno al cual todo gravita.)

* * *

Réquiem

¿Todas las cosas integran a su volumen la energía de su uso?  
¿La taza bebe del que la bebe, y la madera?
Cada mirada transforma los objetos; cada mirada los va embebiendo  
de mutación, casi nunca perceptible, acaso porque existimos,
las cosas y nosotros, tocándonos pero ajenos.
 
Se hablaba de que volvías
a buscar la disolución en el país donde naciste.
Mi familia y yo solíamos bromear entonces:
preguntábamos “¿Quieres conocer a la tía Julia?”, y enseñábamos tu foto,
y disfrutábamos las muecas de estupor y desagrado, y la risa.
 
“La tía Julia”: por un rato pensamos que era cierto. Había manera,
y mis tíos insistían, por sacarle más jugo a la anécdota, en que sí,
en que tu hermano o tu primo era el padre del abuelo del abuelo.
Algo por el estilo. Lo cierto es que una vez digerido el embotamiento, 
tu figura me rondaba, de vez en vez, interrumpiendo,
desarreglando, sacudiendo la mano que había trazado la línea.
¿Fue por eso que me hablaste?
Te escuché, pero no eran palabras lo que decías:
en un solo momento, la pesadez de un sentido completo
caía sobre mí, con la rotundidad del ingrediente último  
que articula el hallazgo buscado hasta el agotamiento y esperado con ansias.
Le pongo yo palabras a esa voz, a la tuya, y no sé si malentiendo lo que dices,
y tú no me respondes si te pregunto. Tú no me escuchas.  
Me hablas, pero no me escuchas. ¿O es que no me hablas?. 
Hablas, y yo, no sé por qué, estoy ahí para oírte. ¿Es que es eso lo que pasa?
 
Nada respondes. ¿Qué hubieras preferido? ¿Regresar como lo hiciste,
como te hicieron regresar, amen del arte, o quedarte en otro sitio? ¿O, sumida en la muerte,
hundida en la gran indiferencia, te daba igual lo que hicieran contigo?
¿Hay algo aún de ti en ese cuerpo recién entregado a la esperada
podredumbre, pero arrebatado de vínculos
con lo orgánico? ¿Puedes aún desaparecer, o, si mañana
decidimos buscarte, vas a seguir ahí, tan sólo sucia,
con los ojos abiertos, y mirando a un futuro que no acaba?
¿O si ese cuerpo tuyo es ya una cosa, como cosa guarda algo 
de lo que fuiste, algo de la usura de tus negociantes,
algo del morbo de los que te vieron, algo de la anhelante
vibración de tu música, algo del roce pasmoso de los caballos
en tus muslos y en tus pantorrillas, algo de la trepidación de los aplausos,
algo de lo que fue parir un hijo como tú, y no saber, luego de muerto, 
si alegrarte porque no se enfrentaría a un mundo como el tuyo? 
Dime: ¿está en tu materia, en las sustancias del embalsamamiento,
esa pátina de cansancio por rondar el mundo
en tu fijeza que no acaba de morirse?
 
Nada respondes. Nada quieres decir sobre estas cosas.
Dices lo que te place, y nunca parece suficiente para acabar de aprehenderte,
para acabar de entender lo que produces, no ya por tu apariencia,
sino por esa forma tuya de estirar la mano más allá del encierro
—ese pelo hecho encierro que te cubría— y mecerla, livianamente, como una rama.
 
¿Pero importa, acaso, entenderte? Tal vez se deba llegar a ti como a la música
que tanto te gustaba: bastaría, entonces,
con sentirte vibrar en el oído, y mirar cómo, de tu voz,
va nevando una ceniza que mancha mis cosas
y las mueve.
                  Cae tu voz sobre las cosas.
                                                            No me deja ver tranquilo lo que pasa.
 
Te entrometes. Desacomodas. Sacudes mi apellido con tus manos de mono.
Muerdes, apoyándote enérgica con tus encías grandes, ese fruto cerrado,
y lo dejas incompleto y oxidándose.
 
Selva entre jardines, vas echando tu hierba atípica.
¿Cómo desafanarme de tu tacto velloso? ¿Cómo no verte al fondo
de cada diferencia, de cada rostro allanado por ese ímpetu?
Porque tu pelo abriga la exclusión más pura, tu semblante radical
se ha vuelto una piedra de toque. Como una cámara oscura,
absorbe la luz y voltea la imagen.
Porque el mundo que habitaste se formaba podando
y tú supiste, a tu manera tosca, resistirlo. 
Porque el mundo que habitaste es éste todavía.

 

Emiliano Álvarez
Poeta y ensayista. Es co-fundador y editor de La Dïéresis. Su poemario Sólo esto ganó el Premio Elías Nandino 2017.

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Publicado en: Florilegio